HISTORIANDO
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"Alvarez Thomas escribió en 1839 el primer 'Bosquejo Histórico' de Manuel Belgrano, y se lo dedicó a su hija Manuela Mónica. Es también, el primer documento histórico cuya trascripción textual integramos a nuestra página. Leeremos la palabra de un testigo y de un protagonista de la guerra. Este Coronel Mayor, tomó la pluma cerca de la Colonia de Sacramento, en el exilio, y dio a la luz estas palabras. Esta breve biografía es tan valiosa como conocida por los historiadores. Pero el gran público lo ignora. Y se trata del primer esfuerzo por contar la vida de este hombre extraordinario, que nos dejó un ejemplo de vida muy especial. Creemos que, tanto los docentes que no hayan tenido acceso a este material. como todos aquellos que aún no lo conozcan, se emocionarán al leer las palabras de un hombre que conoció bien a Belgrano y que lo contó mucho antes que Bartolomé Mitre diera su magnífica obra sobre la vida del intelectual, político, estadista y militar revolucionario, cuya muerte se recuerda en pocas horas. Nosotros lo recordamos hoy, el 18 de junio del 2000, en -Hoy puede ser un Gran Día- junto a Carlos Clerici, en RADIO DEL PLATA - AM 1030. Ahora, compartimos con ustedes lo prometido con Carlos en la radio, la primera biografía de Belgrano." Si es su deseo, puede contactarse con nosotros para emitir sus opiniones sobre este servicio, a: argentinalibertad@hotmail.com
Bosquejo
Histórico del General Don Manuel Belgrano escrito en el año 1839, por un
contemporáneo. ¡Belgrano
no esciste! Y este nombre Venerable a todo
corazón Argentino reclama a los ojos de sus conciudadanos algunos rasgos
que recogerá la historia para adornarse con el recuerdo de uno de los hombres más
ilustres que han figurado en la grande escena del continente Americano. La
familia Belgrano una de las más distinguidas y acomodadas en Buenos Aires,
tiene origen en su padre, natural de Italia, casado con una Señora oriunda de
Santiago del Estero, cuyo afortunado enlace produjo una numerosa
prole de que Don Manuel es el tercer hijo nacido en 1770, baja el dominio
de la Corona de España. Como en el sistema colonial de aquel tiempo, la
educación elemental era prohibida, tenían los jóvenes americanos que
atravesar el Océano para adquirirla en las Universidades de la Península.
Allí fue en donde Belgrano completó sus estudios hasta el grado de
Bachiller, y Cuando
en 1806 la Guerra con los Ingleses se hizo sentir Belgrano
hacía parte del movimiento popular que se agitaba en las sociedades patrióticas,
aunque secretas, en el tiempo en que derribada del trono la dinastía reinante
de España por el poder de Napole6n, empezaba la Nación a armarse para resistir
al Conquistador de media Europa. Un bastago (sic) de aquella (la Señora Carlota
Joaquina de Borbón) que los mismos sucesos habían trasplantado con la Corte de
Portugal a sus dominios del Brasil, entablo relaciones privadas para abrirse un
camino a la Regencia de los países de su cautivo hermano; y fue entonces que así
Belgrano, como muchos otros patriotas estimables, juzgaron oportuno el alimentar
tales esperanzas, para comenzar por este medio, la grande obra de la regeneración
Americana. Algunos sin buen criterio, han pretendido hallar poco Republicanos
estos primeros pasos de la infancia revolucionaria. No tardaron los sucesos políticos en amontonarse para poner en acción al partido demócrata. La dispersión del Gobierno Central por los franceses en principios de 810 que se trasladó eléctricamente al Nuevo Mundo, dió la señal del Combate. En Buenos Aires, la Asamblea de notables declaró caduca la representación del Virrey Cisneros, asociándole en el mando dos ciudadanos, en cuya forma mixta de Gobierno ocupó Belgrano la Secretaría General. Mas la desconfianza de los patriotas era inmensa y esta armazón gubernativa, solo contó horas de existencia, y tuvo que ceder el puesto el memorable 25 de Mayo, a una Junta de nueve individuos, presidida por Saavedra, entre cuyos Vocales fue contado Belgrano. Las tareas de este Cuerpo, aunque llevando por escudo el nombre del Monarca destronado, eran encaminadas a uniformar la opinión de todas las provincias comprendidas en la demarcación del Virreinato, hacia un punto de vista de que bien pronto se apercibieron los mandatarios españoles, oponiéndose al reconocimiento del nuevo Gobierno. Entonces
fue que empezaron a tomarse medidas enérgicas para sofocar la resistencia, que
consagran los actos públicos de aquella época. Los más marcados son: el
cambio de tropas auxiliares para favorecer el libre pronunciamiento de los
pueblos, tanto al Oeste, como al Norte de la Capital. Las que tomaron esta
dirección eran mandadas por Belgrano, nombrado Coronel, y revestido del alto
carácter de Representante. Su marcha fue triunfal hasta pisar el territorio del
Paraguay en donde le esperaban peligros y dificultades que vencer. El Jefe
español puso sobre las armas un número prodigioso de hombres que Belgrano
deshizo en los primeros encuentros con su pequeño Ejército de bravos, casi a
las puertas de la misma Capital. Más forzado a reconcentrar sus recursos para
acometer de nuevo, se halló cortado en su retirada, en el preciso paso del Río
Tacuarí por fuerzas todavía mayores, y que se aumentaban por instantes. Tuvo
que combatirse sin tardanza de un modo heroico para obtener el tratado que
salvando al Ejército entero, cubrió su nombre de una gloria que lo asemeja a
Carlos XII, no solo en valor y pericia, sino también en afrontar las duras
privaciones de que dió repetidas pruebas en esta memorable Campaña, la primera
en que se ensayaba un hombre acostumbrado a los goces de la vida pasiva1 a quien
sostenía el mas noble patriotismo. No fueron efímeras las ventajas que se
reportaron, porque la sagacidad de Belgrano supo al tiempo de combatir, abrirse
comunicaciones, con los jefes y personas influyentes del país, que más tarde
derrocaron al Partido Europeo sirviendo así a la causa pública.
Llamado a la Capital, se le confirió el mando
del Regimiento I de Línea, que era el antiguo Cuerpo de Patricios en que sirvió,
y como el estado de su disciplina pidiese mejoras, Belgrano las emprendió con
el tezón infatigable en llenar sus deberes que tanto le distinguía, más
cuando se lisonjeaba de haberlas alcanzado, un tumulto inesperado en la mayor
parte de estos valientes soldados, puso en alarma toda la población (Diciembre
811) que la autoridad, con acuerdo del mismo Jefe, reprimió pronto y
severamente. Ya entonces, la forma de la Administración había cambiado en un
Poder Ejecutivo de tres personas que se encontraba envuelto en dificu1tades para
atender a la defensa común del territorio de la Unión. La plaza de Montevideo,
enarbolaba el pendón de Castilla mientras que un Ejército portugués penetraba
hasta la margen izquierda del Uruguay, en ademán hostil.
Las fuerzas enviadas al interior de las
Provincias Peruanas habían arrollado al principio todas las resistencias que
los jefes españoles le opusieron hasta situarse en los confines. Más las
organizadas al otro lado del Desaguadero, las asaltaron alevosamente, y
desbarataron. Los restos se concentraron en Tucumán, mientras que el enemigo
ocupando hasta Salta amenazaba caer sobre ellos. Jamás el peligro de la Patria
se mostró tan de cerca. La misma Capital inspiraba cuidados, en donde acababa
de sofocarse una terrible conspiración de los Europeos domiciliados en ella.
En tan difíciles circunstancias, Belgrano fue
mandado a hacerse cargo de las reliquias del Ejército en Tucumán, llevando
consigo algunos destacamentos. Su ya restablecida reputación,
su celo y constancia, reanimaron el espíritu marcial como por encanto, y
cuando todos esperaban con temor el éxito de una acción tan desigual, la
admiración sucedió al común abatimiento, al recibir la noticia del triunfo
alcanzado sobre el enemigo el 24 de Septiembre de 812, en los arrabales de la
misma Ciudad. Tan luego como remontó el Ejército llamado Auxiliar del Perú,
busco al enemigo, que reforzado con nuevas tropas le aguardaba orgulloso en
Salta. A La vista de sus Torres se dió la famosa batalla que lleva aquel
nombre, en donde el Mayor General Tristán, dobló el cuello a la espada de
Belgrano, después de un combate sangriento (Febrero 20 de 813) a quien por
respeto a su calidad de Americano, como lo eran la mayor parte de sus oficiales
y tropa, concedió los honores militares para rendir las armas, y el restituirse
a sus hogares, a condición expresa, de no tomarlas durante La Guerra de
Independencia, promesa que violaron tan pronto como reentraron en Perú por
mandato de las autoridades Españolas, que reputaban no obligatorios los
pactos con aquellos a quienes denominaban “Insurgentes”. Desde que fue
conocido este acto de perfidia, la rivalidad quiso asestar sus tiros contra el
General Belgrano, acusándole de “imprevisión”, reproche que juzgaba por
solo el resultado, una política que prometía al vencedor las más alagüeñas
esperanzas, según los datos en cuya posesión estaba, y que otros incidentes
vinieron a malograr por entonces. En el desenlace de la porfiada lucha con la
España, se ha conocido cuanto influjo produjo en los Peruanos tal generosidad. Mientras
que el General Belgrano se aparejaba para penetrar al Alto Perú (hoy Bolivia),
con su victorioso Ejército, en Buenos Aires, se celebraban sus triunfos con
entusiasmo. El Ejecutivo presentó al Congreso, en gran ceremonia, las Banderas
y Estandartes arrancados L enemigo que hoy adornan los Templos para su eterna
gloria. La Soberanía Nacional declaró que el General Belgrano había merecido
la gratitud de la Patria, y le decretó un premio de “cuarenta” mil pesos
sobre el Tesoro, además de los honores acordados al Ejército. Empero este, con
un desprendimiento sin ejemplo, a pesar de su escasa fortuna, los adjudicó
por entero al establecimiento de Escuelas de educación en las Ciudades de
Tarija, Jujuy, y Santiago del Estero, que llevan su nombre. La Municipalidad
también le ofreció un magnifico bastón, y dos riquísimas pistolas con los
emblemas e inscripciones que realzan su mérito. La autoridad del General
Belgrano era tan marcada era todos sus actos, que jamás quiso emplear su
influjo para mejorar la condición de sus deudos. Así fue que, despojados de
sus empleos dos de sus cuñados, en consecuencia de la Ley que exigía a los
Españoles la Carta de Naturaleza pan continuarlos, se negó a los clamores de
ambas hermanas, aunque bien convencido del carácter pacífico y honrado de
sus esposos. Al
emprender su nueva Campaña Belgrano, vióse con cuanto anhelo recibían los
Peruanos a sus libertadores auxiliares. El enemigo abandonó la mayor parte de
las Provincias, concentrándose en Oruro, mientras que el Ejército patriota
disciplinaba numerosos cuadros para atacarlo. El orden y la conducta de los
Vencedores, era admirable. Belgrano incansable, velaba personalmente en todos
los detalles. Era el ídolo del Soldado, y el amor de los Pueblos. Aún el
fanatismo respetó su persona, porque supo acomodar las prácticas religiosas
con el deber de la espada. Quizá antes de tiempo se vio precisado a arriesgar
un combate. La impaciencia democrática ha malogrado muchas empresas. Cediendo
a ellas, el General Belgrano buscó y atacó a los Realistas en la Pampa de
Vilcapujio (Octubre 1º 813). Había éste ya abandonado el campo de batalla,
cuando un accidente inútil de referir, arrancoles el laurel de la victoria
que empezaban a recoger, después de la más sangrienta pelea. impertérrito
Belgrano tomó á dar frente al enemigo a los “43” días, en los altos de
Vilhuma, en donde, aunque se combatió con el mismo denuedo, la fortuna le volvió
a ser adversa. El elogio de ambas acciones lo consignaron en sus partes
oficiales los Jefes realistas. Siendo imposible ya el mantenerse en el Alto
Perú, sin arriesgar los restos y el material del Ejército, que había de
contribuir algún día a sacarle de extraña dominación, fue necesario
evacuarlo, trayendo en pos de sí una numerosa emigración comprometida, y
dejando organizados Cuerpos francos que hostilizasen al enemigo. Las gargantas
del Perú se guarnecieron debidamente, y para remontarse el Ejército, se
estableció el cuartel general en Tucumán. El Poder Ejecutivo, a solicitud de
Belgrano, nombró un nuevo General en Jefe, baja cuyas órdenes, tuvo la
modestia de ponerse a la Cabeza de su Regimiento de Patricios, y presidir á
su instrucción como un simple Coronel. Al
año siguiente (814) fue llamado a la Capital, y enviado á Inglaterra con carácter
público, en consorcio de Rivadavia, de donde regresó en principios de 816.
Esta misión diplomática le causó grandes y penosos sinsabores. Aún
no había descansado en su Patria, de la que casi siempre estuvo ausente, cuando
el Directorio le nombró General de las fuerzas de Observasión en Santa Fé,
que en aquella sazón eran atacadas por instigación del Caudillo Artigas, que
en disidencia del Gobierno Central, despotizaba las Provincias, al otro lado del
Paraná. La
repugnancia de Belgrano en tomar parte en la guerra civil, se templó con la
esperanza de contribuir a un advenimiento que cortase este escándalo, que
tantos males aparejaba á la causa del orden, y para lo que iba ampliamente
autorizado. Cuando se ocupaba de esto, un cambio en la Administración Nacional
y un desaire á su persona, retiraron sus benéficos oficios. Por
este mismo tiempo se reunía en la Ciudad del Tucumán, el Segundo Congreso de
las Provincias Unidas, que firmó el 9 de Julio la siempre inmortal Acta de la
Independencia de España y de todo poder extranjero, llenando así, los votos de
los buenos patriotas que por un sentimiento uniforme habían ya adoptado las
armas y colores, que los diferenciaban de sus antiguos Señores. Aun antes de
este paso Varonil, los Diputados sentían la urgencia con que el bien público
pedía que el General Belgrano reasumiese de nuevo el mando en Jefe del Ejército
Auxiliar, á que el Directorio subscribió convencido de su importancia. Tomaba
á su cargo esta responsabilidad, en circunstancias de que en el año anterior,
había sido dehecho aquél en la desgraciada jornada de Sipe-Sipe dirigido por
otro General. Empeñado Belgrano en corresponder, á tal muestra de estimación,
puso en ejercicio su celo para remontarlo, mientras que su nombre inspiraba
temores al enemigo, y alentaba á las “montoneras” que le hostilizaban en el
mismo país que ocupaba. A favor de la disposición de los naturales, Belgrano
destacando Jefes hábiles con fuerzas volantes, y proclamaciones enérgicas,
obligaba a los realistas á no desmembrar sus tropas para operaciones en que
estaban empeñados por Chile, y el Ecuador; y aún hizo circular la idea de que
se trataba de establecer una Monarquía en los vástagos dispersos de los Incas.
Esto tendía, evidentemente á propagar la deserción en las filas enemigas,
cuya gran mayoría era compuesta de infelices Indígenas arrancados con
violencia de sus hogares. En
el año 819 estaba ya el Ejército en aptitud de empreender la restauración del
Perú, por su moral y disciplina, más el genio del mal había renovado la
discordia intestina, y la Provincia de Santa Fé era el teatro de nuevos escándalos.
Para reprimirlos, el Directorio, quizá indiscretamente, mandó bajar un Ejército
que tenía que llenar una misión más elevada. Verdad es que él sirvió para
sofocar, aunque momentáneamente, la rebelión administrativa, Belgrano, incapaz
de plegarse á ninguno de los partidos políticos, era poco favorecido de
ellos. Así fué que, al contramarchar se detuvo en la Cruz Alta para esperar
los auxilios que la Autoridad Suprema le tenía prometidos. El tiempo pasaba sin
recibirlos, y tan beneméritos Soldados, se encontraban desnudos, impagos, y
muchas veces, sin alimento. En vano los reclamaba con instancia, y aún despachó
para apresurarlos, á su Mayor General. Los padecimientos del Ejército que
Belgrano miraba con el cariño de Padre, debilitaron su físico, harto delicado
ya con las penurias de una existencia tan agitada, hasta el punto de postrarle.
Los facultativos, sus oficiales, y desde la Capital, su familia, sus amigos, le
rogaron para que viniese a reparar su salud, antes de que el mal tomase mayor
incremento. Todo fue en vano. Miraba Belgrano como una fé de su creencia política,
el no apartarse de sus Soldados en la hora de la común amargura. Este es el más
bello episodio de una vida tan pura. En tal estado de cosas, el Congreso, y el
Poder Ejecutivo, fueron disueltos por el vértigo revolucionario que extendió
su maléfico influjo hasta el mismo Ejército, dechado de tantas virtudes. Los
principales Jefes conspiraron para apropiarse las tropas y parques, bajo
pretextos especiosos (año 820). Así quedaron rotos los vínculos de la
subordinación militar, mientras que la República ofrecía los fragmentos de un
cuerpo despedazado. El espectáculo de tamaños males agravó los que ya sufría
el General Belgrano, física y moralmente. Prefirió en tal desventura, hacerse
transportar a la Ciudad del Tucumán, que presenciar la humillación en que
estaba sumida su Patria. Más allí mismo, lugar de su fama, le esperaban
disgustos preparados por hombres que llevaron después al sepulcro, la
execración de sus Compatriotas. En fuerza de ellos, se arrastró al seno de su
familia casi moribundo, en donde a pesar de los esfuerzos del Arte, y de los
cuidados afanosos de sus deudos y amigos, expiró con la serenidad del Justo,
el 20 de Junio en la casa paterna que lo vio nacer, á los 50 años de edad. Así
desapareció de entre los mortales, un nombre inmaculado que es la admiración
del Suelo Argentino, y el ornamento de la República por sus virtudes cívicas,
por su moral severa, y por el desinterés más patriótico. De Belgrano no queda
sino un Vástago ilustre, en una virgen educada en el seno de su familia, que
lleva sus facciones y que tanto recomendó en su agonía. Sus restos fueron
depositados, sin pompa, baja sencilla loza, en el atrio de la Iglesia más
cercana á su morada. Allí reposan como en depósito sagrado, hasta que llegue
el día en que la gratitud de su patria los coloque en el Panteón destinado
para los grandes hombres. Desde su celestial descanso. mira con ternura la
suerte desastrosa de la Ciudad - Cautiva, que gime bajo el peso de la más
brutal tiranía, e interpone sus ruegos para que sus buenos hijos la saquen de
la desolación en que está sumergida por tan largo tiempo; y éstos entonan en
sus fervorosos anhelos, la estrofa con que lloró la muerte del héroe, el
malogrado Poeta Don Juan Cruz Varela, a quien recientemente ha arrebatado también
la Parca. “¡Ven
ó grande Belgrano!”
“¡Ven
ó Sombra Sublime!” “Del
llanto nos redime”
“Del
luto y del dolor” Ofrecido
I.Az. (Ignacio Alvarez) Quiritón, Setiembre 12/1839.
En la República Oriental del Uruguay.
Desde el 15/06/2000
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