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LIGA DE CAMPEONES
Fiesta
Real
La goleada de 3-0
sobre Valencia le dio al Real Madrid su octava Copa de Campeones, el
máximo trofeo europeo de clubes. De esta manera, el equipo de Fernando
Redondo es el más ganador del continente. Y como aquel de los primeros
éxitos con Alfredo Di Stéfano, dejó una marca profunda en la primera copa
del 2000.
MIGUEL
ANGEL BERTOLOTTO. CLARIN EN París, Francia.

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| UN PRINCIPE EN PARIS. Fernando Redondo
alza la copa junto a Fernando Hierro y da la vuelta
olímpica con sus compañeros. El Real Madrid fue fiel a
su traidición.
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La historia no se discute ni se quiebra ni se tuerce,
pareció decir con toda autoridad el Real Madrid. La historia, al menos
esta historia de la Liga de Campeones, no está hecha para nosotros, habrá
maldecido el Valencia. La historia, al cabo, volvió a serle fiel a quien
está más acostumbrado a codearse con ella. La historia dirá que el Real
ganó su octavo título (sobre doce finales jugadas) en esta competencia, la
de mayor jerarquía de Europa a nivel clubes. La historia dirá, también,
que el Valencia se quedó con las ganas de hacer historia, justamente. La
historia, ésta del repleto Stade de France, pareció tener un final
cantado.
Cuando Fernando Morientes, entrando solito por el segundo
palo, selló de cabeza el primer gol del flamante campeón, allá por los 39
minutos de juego, el suspenso comenzó lentamente a evaporarse. El Real,
liderado por un fenomenal Steve McManaman —jugó cuando su equipo todavía
no mandaba en el terreno y jugó, claro, mucho más después, cuando las
diferencias eran notorias—, ya era más que un Valencia
apichonado, desordenado —especialmente del mediocampo hacia
atrás—, al que no se le caía una sola idea y que sólo inquietaba al
arquerito Casillas (19 años) con algún tiro de media o larga distancia, de
Mendieta, del Kily González o del Piojo López. El equipo vestido de negro
empezaba a inclinar la balanza y había cosechado las mejores y más
contundentes llegadas hasta los tres palos rivales.
El gol de
Morientes fue un ejemplo del flan que era la defensa del
Valencia. Porque todo nació en un lejano tiro libre de Roberto Carlos que
rebotó en una pierna adversaria, y siguió cuando Anelka primero y Michel
Salgado después ganaron —en la mismísima área del Valencia— dos pelotas
que parecían perdidas. El centro del lateral del Real, cayéndose y con
zurda, cayó en la cabeza del goleador. Su marcador (Djukic) ni se dio por
enterado. Y Cañizares reaccionó cuando la pelota ya estaba envuelta en la
red.
El famoso miedo escénico que podía sorprender al
Valencia, y del que hablábamos en el anuncio del partido, volvió a la
mente de todos aquellos que veían a un equipo desconocido. Sin creación,
sin potencia, sin personalidad, sin actitud. Y con errores más que
groseros, de esos que se suelen atribuir a desequilibrios anímicos más que
a cuestiones técnicas o tácticas. ¿Cuánto duró el envión del Valencia?
Cinco minutos, apenas, los primeros. Ese lapso en el cual el cuadro de
Héctor Cúper asumió el rol de actor estelar, hizo pensar en un desarrollo
distinto. Fue un espejismo. Sólo eso.
El 1-0, casi cuando se iba la
etapa de apertura, le cayó justo al Real para plantear otro esquema en el
complemento. Se solidificó aún más en defensa —con un muy buen trabajo de
Iván Campo, uno de los grandes discutidos del equipo—, surgió a pleno la
categoría de Fernando Redondo para cortar en el instante indicado y
jugarla siempre al pie, siempre clara, siempre redonda (valga el
juego de palabras), y se agazapó para asestar el golpe definitivo, letal.
Para que la justicia quede absolutamente bien parada, el 2-0 fue por obra
y gracia del mejor jugador de la final: el incansable McManaman. Otro
error de la defensa del Valencia, esta vez fue un rechazo corto. El inglés
la tomó de aire y la clavó —desde la medialuna— junto al palo izquierdo de
Cañizares. A esa altura, 21 del complemento, apenas había que esperar la
caída del telón. O algún nuevo gol del Real, como al fin de cuentas se
dio. Y vaya gol: el talentoso Raúl inventó una corrida de más de setenta
metros, en un contraataque impresionante, eludió al arquero enganchando
con zurda y definió sabiamente con derecha, cruzado, con la frialdad y la
eficacia de los goleadores de raza. Tres a cero. Una goleada que nadie
esperaba.
A las 22.33 de Saint Denis, en los suburbios de París, el
italiano Stéfano Breschi infló los pulmones y pitó tres veces. La última
pelota la jugó Redondo, sobre la izquierda, buscando a un compañero que no
llegó a tocarla. El capitán del Madrid levantó los brazos, apretó los
puños, y se quedó en el mismo lugar, festejando solo hasta que en unos
segundos los suplentes lo sepultaron con decenas de abrazos. La
contrapartida era el Piojo López, derrumbado en el suelo, llorando sin
parar. Y el Kily González, quien tampoco logró gambetear las lágrimas. Y
el dolor del Flaco Pellegrino. Y la mirada perdida de Cúper. Los
argentinos de la final, entre la gloria y el drama.
Llegó la vuelta
olímpica. Y la Copa en alto, una vez más. Y la enorme fiesta madrileña,
que se extendió por Champs Elysées. Y el alma del campeón, el alma del
Real. Esa alma que no tiene el Valencia.
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