Dos artistas en un gran escenario

Redondo y Raúl coronaron con un golazo una noche mágica para el Madrid en Manchester

DIEGO TORRES, Manchester
Redondo y Raúl se movieron en el corazón del equipo que empujó al Manchester al precipicio. Lo destacó el entrenador del Manchester, Alex Ferguson. Lo señaló Arrigo Sacchi -aunque reconoció que su preferido es Helguera- y lo describió el propio Redondo. El medio centro argentino arrastró a todo el Madrid en una jugada sensacional, que él mismo explicó ayer conteniendo una sonrisa pícara para no parecer descortés con el rival humillado: "Me llevé la pelota con el tacón izquierdo, junto a la banda, y lo recogí detrás de la espalda del defensa". Redondo se escapó así de una encerrona. Se fue de tres defensas, despegó a través de la línea de fondo por el área rival y le puso un balón de gol a Raúl. Fue una jugada entre amigos, porque Redondo no reconoce mayor amistad con nadie en la plantilla más que con Raúl.

Y también fue el 0-3. El estilete clavado en las entrañas del Manchester. Un resultado impensable hace unos días. "Impensable, pero no para nosotros", explicó Redondo. "Antes del partido nos juntamos en el vestuario y dijimos que había que salir a imponerse, que no podíamos jugar a controlar el partido, porque en ese caso estaríamos perdidos. Teníamos que meter un gol y teníamos que salir a ganar porque en nuestra plantilla hay jugadores de jerarquía para hacerlo. Nos dimos cuenta de eso en el Bernabéu, hace dos semanas, en el partido de ida".

El Manchester tenía un par de puntos flacos y eso quedó en evidencia en la ida, según Redondo. El medio centro fue el capitán del equipo ayer, y el encargado de ordenar los repliegues y los avances a fuerza de levantar la voz. Su interlocutor más próximo fue Raúl, que suele merodear en su entorno antes de arrancar hacia el área rival. La diagonal que trazó Raúl hacia el área, mientras Redondo desarbolaba al flanco derecho del Manchester, fue colosal: el argentino se iba hacia la línea de meta y Raúl, pequeño, casi como un roedor, fue a ubicarse al mejor sitio posible y allí la recibió, solo, más inteligente que nadie, para marcar a placer el tercero. Fue el mejor momento del Madrid en todo el partido, la jugada que demostraba, después de 52 minutos, la superioridad del Madrid.

"Giggs es extraordinario"

Redondo elogió al Manchester United al salir del vestuario ayer. Habló de un momento "histórico" para el madridismo. Quizá la de ayer le recordara a una de sus actuaciones más brillantes como jugador blanco, como el partido de semifinales de Liga de Campeones de la temporada 1997-98, contra el Borussia en Dortmund. En cualquier caso, aseguró saber la clave de la superioridad del Madrid: "Fuimos eminentemente superiores, eso me parece que es incuestionable. Ellos juegan muy bien, eso también está claro. Giggs es extraordinario, parece que lleva la pelota atada. Es el que más me gusta. Scholes también. Pero me parece que son muy esquemáticos. Que siempre juegan a las bandas o, juegan con sus delanteros para descargar y entrar con los centrocampistas desde atrás. Daba la impresión de que no tenían otras opciones más imprevisibles, y les cogimos la vuelta. En la ida nos dimos cuenta de que les podíamos ganar. Y a mí, la verdad, me salió un buen partido".

Redondo considera que hizo un buen partido y Ferguson lo destacó sobre cualquiera. Le sorprendió el Madrid, dijo, sobre todo por dos cosas: porque jugó con tres defensas centrales (Helguera de libre) y porque Redondo absorbió todos los balones divididos. "Me sorprendió que siendo un equipo ofensivo el Madrid haya salido al campo a jugar con tres centrales. Eso lo hicieron porque evidentemente nos respetan, y vinieron precavidos. En su favor tengo que aclarar que no basta con defenderse para ganar en este campo, es preciso jugar muy bien, y eso es lo que ha hecho el Madrid. También me llamó la atención una cosa. Que en los momentos cruciales del encuentro los balones no iban a los jugadores de las camisetas rojas sino a Redondo. ¿Qué tiene en las botas ese jugador? ¿Un imán?".

Es grande perder en Old Trafford

JULIO CÉSAR IGLESIAS
El Madrid volvía a Old Trafford, el quinto infierno, unos treinta años después.

Mucho tiempo atrás, los Diablos Rojos del United habían conseguido fortificarse en una leyenda inspirada en varios estilos de combate inconfundiblemente británicos. Todos tenían el antecedente del entusiasmo; indicaban un decidido gusto por las situaciones de máxima ansiedad y eran la fusión de dos antiguas fórmulas de supervivencia probadas indistintamente por los piratas más crueles y los pioneros más abnegados. Una era la agresividad y otra la obstinación.

Pero, antes que nada, los poderes del Manchester estaban unidos a la mística de su territorio. Allí, en el cráter colorado de Old Trafford, la ciudad se congregaba para disfrutar a su manera de los placeres del asedio. Ahora bien, no se conformaba con recrearse en las evoluciones de sus muchachos; participaba en las invasiones y los expolios prestándoles un sonido propio. Escoltado por los cánticos rituales, rodeado por la vibración que precede a las grandes erupciones, el equipo forastero sentía en la médula un temblor apremiante. En realidad los supporters locales sabían impregnar el estadio de la misma pátina de sudor industrial que siempre tuvieron las más duras guerras de desgaste, y al mismo tiempo daban a la ceremonia un misterioso toque gregoriano que convertía el campo en una enorme garganta y en una enorme cripta. Por eso en aquella plaza no importaba demasiado quién era el enemigo ni quién se vistiera de lancero; todos los chicos sabían que la única regla era jugar al abordaje. Durante noventa minutos o durante noventa siglos.

Y por eso en 1956, cuando el Real Madrid había ganado una rudimentaria Copa de Europa sin clubes ingleses, la exigente cátedra internacional dictó sentencia: en cuanto llegasen los británicos a la nueva competición se acabaría la fiesta latina. Por lo visto, el fútbol auténtico se jugaba sólo allí; todo lo demás eran sucedáneos. Luego, en 1957, por una jugarreta del sorteo, Tommy Taylor, la mejor cabeza de Europa desde Churchill, un juvenil Bobby Charlton que ya tenía el aristocrático porte de los Windsor y los demás Diablos Rojos llegaron a Chamartín bajo las órdenes de Matt Busby para destronar al vigente campeón.

Perdieron por 3-1, pero se fueron diciendo: "En Old Trafford resolveremos". No remontarían porque llegó Di Stéfano, les recetó un empate, paró el Big Ben y revalidó el título. Pero la leyenda continuaría.

Ayer, a media tarde, Fernando Redondo comentaba aquella aventura con un viejo amigo. Antes de despedirse le decía: "La única certeza es que con estos tipos no podemos escondernos: o les damos con todo o acaban con nosotros".

Hacia el minuto 60 llegó, recetó el tercero y paró el Big Ben.

La leyenda continúa.

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