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| La opinión de los expertos |
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JORGE
VALDANO |
| Los talentos de
París | |
| Si sumamos las tres “T” que definen
la categoría de los futbolistas (Talento, Técnica y Temperamento),
los cuatro promedian una nota altísima. Medidos en conjunto tienen
otros puntos en común: son excelentes profesionales, aman el fútbol,
tienen sentido de equipo... Pero empecemos a separarlos, porque el
gran partido está cerca y ellos representan la línea de flotación
del Real Madrid y del Valencia. Si analizamos el duelo por parejas,
lo podríamos anunciar diciendo: “En este rincón, los zurdos: Redondo
y Raúl; en este otro rincón, los derechos: Gerard y Farinos”. |
Farinós - Gerard y
Cía. Para Farinos y Gerard, Raúl es veterano. Lo digo para
recordarles que la columna vertebral del Valencia, es la más joven
del fútbol europeo. Se entienden tan bien y cambian de posiciones
con tanta naturalidad, que todavía no se sabe si Farinos es el
guardaespaldas de Gerard, o Gerard es el escudero de Farinos. Ellos
son el cogollo de un centro del campo que, con Mendieta, Kily
Gonzalez y Angulo (aunque se disfrace de delantero), son capaces de
jugar y de destruir, de atacar y de defender. Farinos, antes de
convertirse en medio centro, jugó en todas las posiciones, de manera
que a sus veinte años ya tiene un plano completo del medio campo.
Gerard tiene menos participación en el juego, pero esa carencia la
compensa con un instinto aventurero que lo llevó un poco más lejos:
además del centro del campo conoce a fondo los secretos del área
adversaria. Juntos simbolizan el nuevo fútbol español: bueno,
atrevido y ganador.
Farinós. Caballo chico, jugador
grande Vi a Farinos por primera vez en un entrenamiento donde
estaba jugando un partido amistoso, y me convenció su sentido de la
participación, la corrección con la que resolvía todo y su carácter
competitivo. No se trataba de un jugador deslumbrante, sino sólido.
Como era pequeño y tenía poca imaginación, su fútbol no causaba
asombro, pero se hacía notar por su astucia, su capacidad de
servicio y su incansable esfuerzo. En aquellos momentos, en la
Ciudad Deportiva del Valencia existía un prejuicio físico que, el
hoy presidente Pedro Cortés, resumía en una frase: “Ande o no ande,
caballo grande”. Basta con pensar en Maradona, para medir la
estupidez de esa tendencia. Farinos me gustó de entrada, pero cuando
me interesé por él me advirtieron que era un tipo difícil, hasta el
punto de que en un entrenamiento se había pegado con el entrenador.
Puse cara de preocupado, pero el dato me encantó. Sólo había que
enseñarle que a los entrenadores no se les pega, lo demás lo sabía
casi todo. Es más fácil aplacar una fuerte personalidad, que
fortalecer una débil. A Farinos le sobraba carácter. Poco después de
su debut como profesional, jugamos frente al Sevilla y pretendió
tirar un penalti que le correspondía al ‘Burrito’ Ortega. Fue un
partido caliente donde se puso el equipo al hombro con un estilo
eufórico y desordenado. Cuando el árbitro pitó el penalti, Farinos
se abalanzó sobre el balón y dijo que lo tiraba él. Empezó un
forcejeo con Ortega que llegó a ser violento y que aún recordaran
los buenos aficionados que vieron aquel partido. El penalti lo tiró
Ortega, pero ese día supe que a Farinos no lo detendría nadie. Desde
entonces, su propia madurez, sus entrenadores y el tiempo, que
también hace su trabajo, se encargaron de corregir esos excesos. Hoy
Farinos puede jugar, de notable para arriba, en cualquier lugar del
centro del campo. Cubre el campo a lo ancho (de banda a banda) y a
lo largo (de área a área) para presionar, quitar, tocar y ofrecerse
siempre a sus compañeros. No será un caballo grande, pero ya no hay
ninguna duda de que anda.
Gerard. Tres jugadores en
uno La naturaleza fue generosa y le dio un toque de balón a
lo Guardiola, una llegada imprevista al área adversaria a lo
Guerrero, y una potencia de salto para el juego aéreo a lo Zamorano.
Se llama Gerard y, con todas esas virtudes a cuestas, no tiene más
remedio que ser un gran jugador, pero aún no lo dio todo. Primero,
porque sólo tiene 21 años; segundo, porque los jugadores longilíneos
(como él) tardan en desarrollarse muscularmente; y tercero, porque
ha sido un jugador nómada (Barcelona, Vitoria, Valencia) que todavía
no encontró estabilidad. Son razones suficientes para justificar su
irregularidad y para hacernos muchas ilusiones con respecto a su
futuro. Hay jugadores, como Gerard, que se hacen hombres tomando
decisiones. Se fue del Barcelona dando un portazo (caro, todo hay
que decirlo) porque entendió que, en la sala de espera para entrar
al primer equipo, había demasiada gente. Llegó a Valencia con ganas
de comerse el mundo, pero se encontró con Ranieri, un entrenador
refractario al talento que hizo todo lo posible para sacárselo de
encima. Gerard emigró al Alavés, decisión arriesgada que tuvo dos
grandes ventajas: le ayudó a conocer otra realidad, y complementó su
juego. Le ganó a una ciudad (Vitoria) de clima duro, a un entrenador
(Mané) de táctica estricta, y al peligro de caer (no era este
Alavés) a Segunda división. Cuando volvió a Valencia ya le había
visto los colmillos al fútbol, y estaba preparado para batallas
mayores. Cuper le dio confianza y el equipo fue creciendo con él
adentro hasta alcanzar, con todo merecimiento, ésta final de Copa de
Europa. Sería un buen momento para terminar este cuento, pero la
historia acaba de empezar. Sus actuaciones, algunas soberbias como
aquella frente a la Lazio con tres goles incluidos, pusieron en
estado de alerta a los clubes más ricos del mundo. Gerard será
tentado por el mezquino fútbol italiano, pero en este momento no le
conviene cambiar, no le conviene reprimir las posibilidades de su
fútbol, no le conviene jugar aburriéndose. Y a nosotros tampoco nos
conviene dejar de disfrutarlo.
Redondo - Raúl, sociedad
ilimitada Cuando Raúl entró al vestuario del Real Madrid,
Redondo ya estaba ahí. Se miraron serios, se reconocieron como de la
familia de los machitos peleones, y se respetaron para siempre. En
ser amigos tardaron un poco más porque los dos son orgullosos y les
separa una generación, pero a estas alturas ya se admiran, se
entienden y se quieren. Vivieron juntos y muchas veces, las dos
exageraciones que propone el fútbol: el sufrimiento y la felicidad.
Eso les unió, les hizo cómplices y se les nota jugando. En el campo
les basta con una mirada para decirse un montón de cosas. Si el
partido marcha bien, Redondo se encarga de poner la casa en orden y
Raúl se las arregla para hacer sus cosas, que siempre tienen
relación con el gol. Si el partido se complica se juntan en el medio
y empiezan a buscarse porque los dos saben que, en fútbol, de los
problemas sólo te saca el balón. Siempre y cuando esté en los pies
de los buenos jugadores.
Raúl. El extraordinario
normal Nadie sabe aún de donde sacó, este flaco con piernas
de alambre y cara de persona cualquiera, su seguridad casi
insolente. Lo cierto es que no tiene dudas, ni para vivir, ni para
jugar. Como nació con una inteligencia portentosa para el fútbol,
acepta todos los desafíos, se adapta a todas las posiciones, y cada
día resuelve las cosas de un modo más simple. Se trata de un jugador
sustancial que sabe distinguir con tanta claridad lo importante de
lo secundario, que nunca lo veremos irse por las ramas, hacer una
tontería, o distraerse en polémicas absurdas. Conoce cual es la
importancia y el esfuerzo que merece cada competición y cada
partido, cuál es el segundo clave para dar el golpe definitivo,
cuando hay que mandar un mensaje emocional para contagiar al público
y a los compañeros... Cuidado, porque en partido tan señalados como
esta final, los animales futbolísticos del estilo de Raúl huelen la
gloria y sacan a relucir hasta las virtudes que no tienen. Enfoca
sus objetivos con tanta puntería, que con sólo veintitrés años, ya
acertó a meterse en la historia del club más prestigioso del mundo.
El número excesivo de partidos que tiene sobre sus espaldas pueden
cansarlo, pero la ambición sigue intacta. Me temo que su libro de
cabecera es el “Guiness de los récords”, y que aspira, con el
tiempo, a que le dediquen un capítulo entero. Cada año que pasa suma
setenta partidos que se traducen en experiencia, mete treinta nuevos
goles que aumentan su prestigio y pelea algún título para estar a la
altura de la historia. El día antes de su debut le hice una pregunta
para ponerlo a prueba: “¿estoy pensando en ponerte de titular, pero
me da miedo que te asustes?”. Me miró con cara de asombro, pero
enseguida supo lo que yo quería escuchar: “Si quiere ganar póngame a
mí, y si quiere perder ponga a otro”, contestó. Hay jugadores que
nacen sabiendo jugar al fútbol; hay jugadores que son hombres cuando
tienen edad de juveniles, hay jugadores que son ganadores antes de
haber ganado nada; hay jugadores que siguen aprendiendo después del
éxito. Todos estos casos extraños han coincidido en Raúl, un tipo
que, encima, parece normal.
Redondo. Futbolista de la
cabeza a los pies No necesita ponerse la camiseta de
Argentina para ser argentino (renunció a la selección), ni necesita
una camiseta número “5” para ser “5” (lleva el “6”). Ama la pelota,
cree en los estilos, se siente heredero de los clásicos mediocentros
rioplatenses, y juega con esa vergüenza que caracteriza a la mejor
raza de futbolistas. Hay un Redondo invisible, desconocido para la
multitud, que convence a todo entrenador que tiene el privilegio de
trabajar con él. Es el Redondo que ejerce de líder silencioso, desde
el ejemplo. El que entrena con entusiasmo; el que dice siempre lo
justo; el que se pone la camiseta del Real Madrid sabiendo que hay
una historia detrás; el que se siente futbolista mañana, tarde y
noche; el que tiene un gimnasio en su casa para no dar ninguna
ventaja y; sobre todo, el que quiere siempre el balón y juega,
aunque se venga el mundo encima, al grito de: “dame”, “toma”, “te
ayudo”, “toca”... Redondo, como todo gran talento, ha hecho del
defecto, virtud; o mejor: virtudes. Su defecto: no le pega bien a la
pelota (ni tirando a puerta ni pasando en largo). Sus virtudes: es
hábil, inteligente para las asociaciones cortas, entiende lo que el
fútbol tiene de ajedrez, de pocker y de caza, tiene personalidad
para parar un tren, responsabilidad para el trabajo sucio, elegancia
(que no gana partidos, pero tampoco los pierde), valentía para
aceptar las leyes barriobajeras de los partidos que se descarrían.
Lo diré más fácil: sabe jugar al fútbol. Y usted no diga: “hombre,
claro, cómo no va a saber jugar al fútbol si se dedica a eso”.
Porque yo me veo en la obligación de contestarle que el noventa por
ciento de los profesionales saben controlar, tocar, tirar y hasta
regatear, pero no entienden el juego porque no conocen sus claves
colectivas. Desde que llegó al Real Madrid, hay gente que lo mira
con extraños prejuicios de los que se acuerdan siempre que el equipo
pierde. Prefieren admirar a Geremi. A Redondo no parece importarle
mucho porque también fuera del campo eligió el silencio como método
de defensa. |
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