Jueves 16 de marzo de 2000
SELECCION MAYOR Olé
Siempre juega y vive como piensa
Cuidadoso de su imagen y celoso defensor de su posición en el campo, Redondo maduró en Argentinos Juniors, creció en Tenerife y se consagró en el Real Madrid.

EDUARDO CASTIGLIONE


El volante es feliz en España. Eligió quedarse junto con Roberto Carlos y Karembeu.
Cuentan en España, puntualmente en Madrid, que a Fernando Redondo no se le conoce un desliz. Cuidadoso a ultranza de la imagen, medido en sus declaraciones y reservadísimo en su vida privada (por ejemplo su esposa, a diferencia de las mujeres de las grandes figuras del Real, jamás aparece en diario o revista alguna), protege bajo siete llaves lo que no esté directamente relacionado con su actividad profesional. Ni hablar de poner la cara en los talk shows donde los opinólogos de turno hacen del me parece un monólogo de 10 minutos. Imposible, también, será encontrarlo en el boliche de moda. Si ni siquiera es posible que atienda su teléfono celular, a punto tal que hay que dejarle el mensaje en el contestador automático con la promesa de que devolverá la llamada.

Aquel pibe que creció en Adrogué, con el marco de una familia de clase media-alta, alumno destacado y amante de la buena literatura, llegó a las inferiores de Argentinos Juniors con el sello distintivo que todavía lo identifica: muy zurdo, volante central y fina estampa.

En 1985, a los 16 años, festejó una notable conquista en el Campeonato Sudamericano, en aquel equipo que dirigió Carlos Pachamé y junto con compañeros como el arquero José Miguel, el defensor Fernando Cáceres, y esos tres demonios que, desde el medio para arriba, fueron Hugo Maradona, Lorenzo Frutos y Pedro Sallaberry.

Redondo, que hoy podría dar vuelta la frase del Gordo Troilo y afirmar "quién dijo que yo llegué a la Selección, si siempre estoy renunciando", se fue de Argentinos, junto con Silvio Rudman, por un sospechable error administrativo, ya que en el gerente del club se "olvidó" de enviarle el telegrama para la renovación del contrato. Con la libertad de acción en su poder, en 1990 llegó al Tenerife, donde siguió acumulando elogios por su pulcritud para jugar.

Diez años no es nada. La década pasada de Redondo se consumió entre los éxitos personales en el Real, adonde llegó en 1994 por 7.000.000 de dólares, las distinguidas producciones en el Mundial de Estados Unidos (la rompió contra Nigeria) hasta que estalló el doping de Diego Maradona y sus desencuentros con Daniel Passarella, con quien primero se enfrentó por los medios y al que luego le anunció que se bajaba del proceso que tenía a Francia 98 como estación terminal.

Celoso defensor de su posición en el campo, como que tuvo roces con Jorge Valdano y el italiano Fabio Capello, el par de entrenadores con los que festejó dos títulos en el Madrid, nuevamente ahora Redondo es noticia por su monosílabo más temido: no. Como le sucedió a Bilardo en el 89 y a Passarella en el 95, Marcelo Bielsa supo ayer que no puede contar con él.




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