Runny
Runny caminaba lentamente entre las rendijas del enlosado. Todo iba
bien, como de costumbre, trabajo, sol, abundancia de trabajo y abundancia
de sol. Esto hizo que Runny sospechara un instante y que abriera bien
las antenas. Ya era tarde, o quizá ya todo había sucedido
antes de que Runny se diera cuenta. El niño J. L. G., con 100.000
veces más masa corporal que Runny, acababa de pisar su cuerpo sin
darse cuenta, mientras corría detrás de una pelota. Runny
no pereció en el instante. Dos guijarros impidieron que su cuerpo
fuera chafado completamente. Runny miró hacia atrás y comprobó
que los dos tercios inferiores de su cuerpo parecían dos bolitas
de caviar aplastado. -Joder- pensó Runny, y sintió asco.
Con la fuerza motriz de sus patas delanteras Runny se desplazó
hacia una cabina de teléfonos y marco el número de su chica.
Ella cogió el teléfono contenta, como siempre, pero la actitud
de Runny fue bien diferente.
-Ya no te quiero zorra-,
-¡Pero Runny!-,
-¡Qué no te quiero
zorra! Métetelo en tu jodida cabeza de hormiga.
Runny colgó el teléfono,
satisfecho y triste, acababa de cumplir con su obligación. Inmediatamente
busco un lugar donde morir placidamente, y lo encontró en el interior
del hueco de un palo de chupachúps. Poco a poco la sangre abandonaba
su cuerpo mezclándose con el caramelo, y Runny cada vez se iba
sintiendo mejor. Pronto todo fue placer para Runny, que dedicó
los últimos instantes de su vida a recordar una película,
una de esas de acción y tiros, de esas que nunca le habían
gustado
Rob.
Whiteglove
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