Corazón de vaca
Para mi madre la vida era unívoca y tajante;
por suerte mi hermana Lucrecia pudo encontrar sus propios adjetivos.
Y es que Lucrecia, desde que éramos pequeños, creía
que el tiempo no tenía divisiones, que era una llanura lisa y sin
vallas extendida hasta el horizonte. Por eso llegábamos tarde a
todas partes: a la merienda, a la escuela, al cine infantil de los domingos
por la mañana... No había manera de inculcarle que los relojes
eran moldes para que la gente pudiera organizarse. Siempre encontraba
algo con qué entretenerse, sobre todo si se trataba de comida.
Se pasaba el día masticando vegetales crudos y fruta, y en esa
acción continua, la mandíbula se le movía de arriba
abajo como un columpio que nunca paraba.
En la escuela ocurría lo mismo: era la última de la clase.
Se pasaba la jornada con el libro de naturales abierto, soñando
con prados portentosos y montañas afortunadas. Pero esa era la
única asignatura que le gustaba porque el Lenguaje lo aprobaba
por los pelos. Y es que ella apenas usaba las palabras. Sus ojos animales
y redondos le bastaban para contarnos lo que habitaba en su interior.
La Literatura se la aprendía de memoria y sin entenderla. La Historia
no era más que una sucesión de anécdotas, de hechos
concretos que cualquier persona podría vivir, pero con las matemáticas
se estrellaba contra un universo inalcanzable, contra un dios lejano e
ininteligible ante el que bajaba la cabeza, sabiendo que nunca podría
mirarle a los ojos.
Por supuesto, no le gustaba la escuela. Mi hermano Nacho y yo, sin haberlo
hablado nunca, éramos cómplices en defenderla del mundo.
En cuanto sonaba el timbre del recreo la buscábamos por todas partes.
Si nos descuidábamos, veíamos a lo lejos su figura inmensa,
masticando tranquilamente las verduras del almuerzo, mientras los demás
niños se reían de ella.
Sin embargo, parecíamos solo nosotros los agobiados, como si ella
no tuviera dignidad o no le importara despertar burla. Y es que dentro
su cuerpo inmenso se escondía una vida negada y zahareña
que la atrapaba, desde la que solo veía la realidad de forma apresurada
e insuficiente, como tras la cortina de una frondosa enredadera.
Y esa falta total de tocar el mundo, esa ausencia de asumir lo cotidiano,
provocaba en mi madre un nerviosismo que crecía resentido y avaro
como un zarzal. No aceptaba una hija que viviera al margen de todo, que
se negara a estar en una estructura. No aceptaba haber parido a una exiliada.
Quizá por eso se pasaba el día acosándola, como si
quisiera clavarla en el presente. No le perdonaba nada. Ni siquiera esos
mechones de pelos que crecían rebeldes hacia arriba formando unos
diminutos cuernos. La perseguía inútilmente con el cepillo.
Cuanto más trataba que Lucrecia se integrara, más huía
ésta. Si oíamos su voz aguda e histérica cortar como
una guadaña el aire, mi hermana se refugiaba entre los árboles
y se refugiaba entre los árboles y se quedaba ahí quieta,
de pie, durante un largo rato. Parecía absorta en su universo verde
donde las plantas latían en silencio.
Y en silencio e impropia fue creciendo, sin que Nacho y yo supiéramos
si era feliz o no. Y para desesperación de nuestra madre, cada
vez que crecía hacia arriba, también lo hacía hacia
los lados. Se volvió tan inmensa que hubo que comprarle una cama
especial y reforzada. Esa fue la época en la que fue obligada a
ponerse a régimen.
Primero se instaló una cerradura en la despensa y luego se candó
el frigorífico. Sin embargo, seguía engordando y se pasaba
los días masticando aún no sabemos qué. Aunque en
ese tiempo, casualmente, casi todas las mañanas desaparecía
el ramo de flores del comedor y algunas macetas amanecían mordisqueadas.
Mi madre al final optó por llevarla a un endocrino. Fue inútil:
su metabolismo era excesivamente lento. Para no engordar tendría
que dejar de comer y eso, evidentemente, iría en perjuicio de su
salud. Nuestra progenitora se quedó más tranquila al saber
que había hecho todo lo posible, y explicaba a todas sus amigas
por teléfono que la excesiva gordura de Lucrecia tenía una
explicación científica. Ésta la escuchaba con sus
grandes ojos oscuros entristecidos, sabiendo que su problema era contado
como una excusa ante el mundo.
continuará
Patricia
Sánchez-Cutillas
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