Corazón de vaca (cont)

En resumen, su adolescencia fue insoportable.
Yo me negué a seguir durmiendo con ella porque nuestro dormitorio olía a establo y además se pasaba la mayor parte del día acostada sin que yo pudiera hacer ruido. Mis padres me arreglaron una pequeña habitación para mí sola, y mi hermana aprovechó las circunstancias para llenar mi vacío con plantas y flores diversas. Convirtió su dormitorio en una especie de invernadero, en un paraíso próspero y minúsculo que sólo ella podía disfrutar. Se pasaba horas observando cómo las ramas principiantes y enrevesadas se iban convirtiendo en flores de colores.
Fue más o menos por aquella época en la que Nacho y yo empezamos a salir y a descubrir lo fascinante de las discotecas y las pandillas, cuando nuestra madre nos obligaba a cargar con Lucrecia. Y digo cargar porque era ella la primera que no quería venir, y sólo accedía bajo la presión de pequeños chantajes a los que le sometía la autoridad familiar. Llevarla era como arrastrar un arado que frena al que quiere ir más rápido. Siempre se sentaba en un rincón, taciturna y herida, sin disfrutar de nada y sin nadie. Tratábamos de disimularlo, pero nunca cuajó en aquel mundo adolescente donde lo distinto se condenaba con mucho más ahínco que en la niñez.
Pasaron esos años difíciles y Lucrecia se convirtió en una mujer más segura de sí misma, y más gorda también. Su cuerpo se llenaba de curvas bien colocadas y sus ojos brillaban con un destello de pasiva coquetería. Cuando andaba, se movía con ceremonia, a cámara lenta, provocando rítmicas vibraciones en todos sus músculos y formas que la dotaban de una sensualidad fuera de lo común. Aun así mi madre se negaba a ver en ella su peculiar atractivo, aceptar que simplemente tenía una hija ajena. Y se lamentaba en voz alta poniendo siempre de ejemplo al resto de la humanidad.
Por es, cuando mi hermana le rompió el corazón al verdulero de la esquina, mi madre no se lo podía creer. Pensaba que aquella hija era incapaz de enamorar a ningún hombre que estuviera en su sano juicio, e incluso aunque no lo estuviera. Él se presentaba todas las tardes y le regalaba ristras de ajo, macetas con el mejor perejil de la temporada y pequeñas cestas de frutas y verduras formando bonitos cuadros de animales. Mi madre, sorprendida, miraba de arriba abajo a aquel joven meticuloso y tímido trabajador respetable, que había sido capaz de poner los ojos en su hija Lucrecia. "Si me hubiera tocado la lotería, no habría sido más feliz", nos decía. Y nosotros observábamos en silencio, temiéndonos lo peor, porque sabíamos que ese joven tan cortés no le haba movido a nuestra hermana ni el más ligero sentimiento de atracción.
Acabó desapareciendo un día, cansado de tanto esperar, envuelto en una desesperación caballeresca e inútil. La última noticia que nos llegó de él unos años más tarde es que se había casado con una vaquera de Tomelloso y que era feliz y respetado aunque, alguna vez en su soledad, estoy segura de que debió de evocar la ternura de las formas de mi hermana.

Mi madre se desesperó pensando que su hija había perdido la oportunidad de tener un hueco en el mundo. Pero por suerte o por desgracia, en seguida llegó Joaquín.
Ël era un ingeniero agrónomo, un hombre fuego que no acostumbraba a perder. A mi madre casi le dio un vuelco el día que le abrió la puerta por primera vez y se encontró ante ella a un joven alto y bien parecido que con unos ojos verde hierba atravesaba cualquier otra mirada con fuerza. Irrumpió en la casa como un vendaval, llamándole "mi ternura grasa", "mi tocinillo de cielo" y hablando sobre el deseo de tocar su piell vacuna y acariciar sus curvas de paisajes difíciles. Joaquín se había enamorado de Lucrecia, y mi madre se había enamorado de tener un yerno así, de modo que hizo un pacto con él prometiendo ayudarle en todo lo que estuviera en su mano..
Pero, aunque éste hiciera todo lo posible por ganársela, mi hermana tomó la actitud de dejarse querer sin dar nada a cambio. Por más que se la llevaba de excursión al campo, de paseo a El Jardín Botánico o al Zoo, Lucrecia se mantenía circular en sus sentimientos y no dejaba que su pretendiente atravesara la enredadera que separaba su mundo del otro.

Patricia Sánchez-Cutillas

continuará

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