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Corazón de vaca (final)

Por supuesto, mi madre no se dio por vencida. Lo invitaba a comer y a tomar café, creyendo que el papel de suegra es el más seguro para sellar alianzas. Tuvimos ración de Joaquín casi todos los días y en ese periodo la mayoría de mis amigas se prendaron inútilmente de él. Este seguía con los ojos puestos en Lucrecia, soñando con sus maternales abrazos, confiado en que algún día poseería su cuerpo lento y ausente y que podría entrar por fin en esa gruta marginada y apacible.
Cinco meses duró el acoso, cinco meses durante los cuales Nacho y yo veíamos angustiados toda la tensión que provocaba el ciclón de Joaquín, la ansiedad de mi madre y la inmutabilidad de Lucrecia. Cinco meses desde el día en el que entró el aspirante a novio dispuesto a comerse el mundo y a ganar el amor de mi hermana a toda costa, hasta la tarde en que salió derrotado con todas sus ilusiones carbonizadas y toda la seguridad en sí mismo diluida en la oscuridad de las tazas de café.
Mi madre no pudo con aquello, fue superior a sus fuerzas. Lucrecia había perdido la oportunidad de ser una persona normal, y la había perdido porque así lo prefería. Pasó dos días llorando por los rincones de la casa, quejándose en voz alta, hablando de la inutilidad de su sacrificio y del castigo que significaba tener una hija como aquella.
Pero al tercero, cambió de actitud y le agredía con palabras que iban a tocar directamente su corazón vacuno. Por más que Nacho y yo intentábamos interceder, mi madre arrastraba una frustración desde hacía años que en ese momento se le había mezclado con un torbellino de intransigencia carnívora.
Una noche fue tan dura la discusión que mantuvieron, o mejor dicho, el monólogo de mi madre, que vimos llorar a la impasible Lucrecia por primera vez en nuestra vida mientras se dirigía al cuarto sin cenar.
Aún recuerdo con pena y liberación la mañana siguiente en la que el frescor de la tierra me rozaba suavemente el cuerpo. Creía que me había levantado la primera, por lo que fui a la cocina a desayunar sin hacer ningún ruido. Sin embargo, al abrir la nevera me di cuenta de que esta no funcionaba. Aquel frío artificial había dejado de recibir su suministro de luz. Pero además, algo había pasado con todo lo que se encontraba en su interior. Bullía una especie de desazón, un cambio continuo, que había transformado todos los alimentos: la leche era yogur, el queso era suero; la mantequilla aceite y todos los vegetales estaban floreciendo.
Me aparté asustada y me di cuenta de lo que habitaba en ese momento en el frigorífico: no era más que un miedo profundo, un miedo que yo había tratado de ignorar durante toda mi vida y al que ya le había llegado la hora de encarnarse.
Corrí a la habitación de Lucrecia mientras la llamaba a gritos. Pero ya no estaba. Ni siquiera había dejado sus plantas, las había mordido todas. Sólo quedaba el socavón en la cama tras una noche entera soportándola.
A mis gritos acudieron Nacho y mi madre. Les mostré lo que había ocurrido y mi hermano y yo salimos a la calle mientras nuestra madre nos perseguía haciendo preguntas que no recibían contestación.
- Nunca has entendido -le dije- y ahora ya no te hace falta.
Seguimos su rastro gracias a las frutas y verduras mordisqueadas en los puestos callejeros y a un persistente olor a establo. Detrás oíamos quejas, frases de compasión y preguntas que se quedaban sin responder. Nosotros seguimos hasta que la ciudad empezó a desaparecer y la tierra sustituyó al asfalto, siempre con la sensación de que era demasiado tarde.
Avanzábamos guiados por el olor, aunque las únicas huellas que encontrábamos las de cuatro sosegadas pezuñas. Al doblar una colina vimos una pradera llena de ganado vacuno. Los animales no se dieron cuenta de nuestra presencia. Sólo una preciosa vaca de color blanco y canela volvió un momento la testuz y nos dedicó un cariñoso mugido, mientras permanecía indecisa entre su camino y el nuestro, hasta que al final, se volvió hacia un toro gallardo y zaíno que la miraba con ojos tiernos.
Fue entonces cuando entendí que la vida es plural y disuelta y a través de mi hermana empecé a amar esos objetivos.

Patricia Sánchez-Cutillas.

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