EL ÚLTIMO VIAJE DE WANDERLEY CARDOSO

Wanderley Cardoso quería estar solo, como otras noches. A solas, con su pipa de marihuana y sus pensamientos. Tenía su lugar especial para fumar, y hacia allí se dirigía, de forma ya casi rutinaria, desde que había descubierto ese rinconcito del mundo donde podía esconderse de todo y de todos por un ratito.
El lugar especial se encontraba al fondo de una casa quinta, que lindaba con un baldío, cada vez más invadido por las precarias construcciones del asentamiento. Tenía que saltar un endeble muro, y una vez del otro lado, se instalaba tranquilo entre éste, y la pared de un baño casi en ruinas, próximo a un galpón en idénticas condiciones. La casa de la familia, estaba ubicada a unos cincuenta metros al otro lado del terreno, y Wanderley pensaba que seguro nunca andaban por el sector donde el ya era “habitué”, dado lo salvaje del yuyal que crecía en él.
Sin embargo los perros sí, ya lo conocían. Ya ni le ladraban, y hasta parecían disfrutar de su compañía, arrimándose tímidamente cuando lo sentían saltar el muro. Solo Kaia, la perra pitbull, se mostraba algo recelosa y de vez en cuando le gruñía sin muchas ganas, como dándole a entender que ella debía cumplir _al menos simbólicamente_ con su rol no muy asumido de guardiana y perra de presa. Pero la verdad era que a Kaia le fascinaba la compañía de Wanderley, e incluso le agradaba ese olor dulzón que despedía en bocanadas su peculiar amigo. Ese aroma la tranquilizaba, la hacía olvidarse por un rato de su compulsión por escarbar en los canteros y tirar la ropa de la cuerda.
Era de noche, Wanderley saltó el muro, encendió su pipa con deleite y se quedó parado apoyándose en la pared, mirando las estrellas, mientras fumaba lento y en paz.

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Claudio Peralta llegó a su casa apuradísimo. Esa tarde los compañeros de trabajo lo habían convidado con biscochitos con grasa, y se comió como ocho, de puro glotón. Sus camaradas le decían “el Tobillera” porque siempre estaba prendido del garrón. Pero lo querían igual, por lo buen tipo. El asunto es que le cayeron pesadísimos los bizcochos y venía con unos severos retortijones. Abrió la puerta del frente, percatándose de que la familia ya se estaba sentando a la mesa, lo cual representaba un penoso inconveniente. El baño se encontraba pegado al comedor, y conociendo Claudio las repercusiones ambientales negativas de sus deposiciones, era obvio que le impedían por pudor, sentarse al “tualé”, cuando los demás estaban en plena cena.
_Caludio ¡ Al fin llegaste ¡ Hay guiso de poroto con charque y tocino, sentáte que ya te servimos, sentáte ¡ Le ordenó su suegro.
_Que compromiso! pensó Claudio. El aroma exquisito a porotada lo envolvió. Dudó por un instante, pero haciendo un rápido chequeo general de su sistema digestivo, consideró que podía aguantar un poquito más y comer la deliciosa cena que ya humeaba rebosante en el plato hondo, frente a su silla, en la otra cabecera de la mesa. Una vez tomara cuenta de ella, correría al bañito del fondo, cruzando el terreno. Como un caballero que vuelve de la justa, sentóse Claudio entonces a devorar la cena con fruición, ante la mirada de dulce reproche de su esposa. A pesar de los retortijones que se volvían, por momentos casi insoportables, se permitió comer otro platito, total , no iba a cambiar la historia. Sudaba, aguantando a duras penas el llamado urgente de la naturaleza. Sudaba, mientras masticaba un ladrillo de dulce de membrillo con leche de postre. Sudaba, mientras le contestaba incoherencias a su suegra que le preguntaba algo sobre el trabajo y no sé que cosa sobre la cuenta de luz, o no sé qué…en realidad no podía prestarle atención. Todos sus esfuerzos estaban aunados tratando de mantener el control sobre sus colapsantes esfínteres.
Ese choque violento de sensaciones placenteras y desagradables, generaban en su organismo un sinfín de efectos muy curiosos, como calambres en el abdomen, escalofríos, escozor en los dedos de los pies y manos, etc. Aún masticando el dulce, con hilillos de leche escurriéndose por ambas comisuras de la boca, farfulló Claudio un ininteligible: Ñof!! ….bfvoalbño!!! Ybngof!!!! Y acto seguido salió como una exhalación, ante la perplejidad de su esposa y suegros. Corrió raudo hacia el fondo, a toda la velocidad que sus agarrotadas piernas le permitían, saltando por encima de los perros que le salían alegres a su paso cual si fueran vallas olímpicas. La oscuridad del patio no le impidió llegar en pocos segundos al fondo del terreno, y sin aminorar la carrera se introdujo en el baño, casi al borde del desastre.
A pesar de todo alcanzó a percibir un inusual olor a humo dulzón, pertinaz, como si alguien estuviera quemando yuyos, y con el rabillo del ojo, creyó ver antes de cruzar la puerta, a una figura humana, apoyada contra la pared. Pero automáticamente descartó la idea, su visión lateral lo engañaba, los perros ladrarían, se equivocaba, no había nadie…Se sentó en el viejo water empapado en sudor, cuando, Cof!!! Una tos, una maldita tos, profunda, seca, inconfundiblemente humana, se escuchó, proveniente del mismo lugar donde creyó ver una silueta.
Sintió que el corazón le dejó de latir. Se le erizaron todos los pelos del cuello, espalda y nalgas. Ni que hablar que interrumpió su actividad instantáneamente. Un ramalazo de terror lo recorrió de punta a punta, y un terrible retortijón, mutaba en ese preciso instante en un cólico ardiente e insoportable que lo llevó al umbral de la locura. Se puso en pie impelido por una fuerza sobrehumana. La adrenalina invadió su torrente sanguíneo hasta la saturación, haciéndolo saltar fuera del baño como un gorila enorme y furibundo. Se plantó frente a la forma humanoide recostada contra la pared.
__¿ Qué ?…pff…!glug!, ..hacés aquí ? (todavía tragaba dulce y escupía leche)…Estás en propiedad privada, oíste ? PROPIEDAD PRIVADA !!! HEEE??? Fue lo único que atinó a gritar, aturdido por la sobrecarga de estímulos.
A esas alturas Wanderley Cardoso ya estaba voladísimo. Vio de frente a aquel hombrón que le gritaba en la oscuridad, arrojando por la boca aquella extraña sustancia lechosa y no entendió lo que sucedía. Despreocupado, concluyó que estaba muy pirado, y estaba viviendo una especie de ensoñación.
Claudio Peralta, al no obtener respuesta alguna por parte del intruso, barruntó, olvidándose por completo de sus urgencias fisiológicas: ¡ A la pucha, este loco está muy falopiado ! ¡ Debo hacer algo! ¿Y si está armado? . Primero que nada , debo asumir una posición defensiva adecuada, cuadrándome de tal forma que proteja el lado izquierdo de mi tórax, donde está el corazón. Si está, en efecto armado, la chance de que una bala alcance mi corazón es mucho menor.
De pronto, en un microsegundo, se percató de que los perros estaban en la escena, pero impasibles, sin repeler la invasión como corresponde a una jauría de perros de ataque, entrenada por años por él mismo para destruir a cualquier intruso que osare invadir su propiedad. Un relámpago de ira y estupor lo acometió. _Traición !!! ¡Uno les da de comer, los entrena para matar, con paciencia, con disciplina,...y no hacen nada!!! Se quedan ahí, como cachorritos juguetones ! El tipo está parado ahí, y ¡ no lo atacan ! KAIA !, gritó. ¡ ZÚCALE KAIA ! ¡ATACK ! ¡ATACK!
La perra entendió el mensaje, pero hacía un buen rato que el aroma dulzón reinante la mantenía en un estado de arrobo, y aunque quiso ladrar solo atinó a mover el rabo y emitir un aullido corto y lastimero que la hizo sentirse algo cohibida. Avergonzada, no se le ocurrió otra cosa mejor que tenderse panza arriba, haciendo el muertito.
Desencajado, Claudio se percató de que estaba solo contra el extraño. ¡Ay! Un retortijón brutal en el recto lo paralizó, y sintió que se partía en dos. Desesperado, le gritó al hombre algo así como un …!Por qué no te vas he! Ayy ay, andáte haay ¡!!. Lejos de proferir su habitual grito gutural de intimidación, tan varonil, que le llevó tiempo perfeccionar, (muy usado por él cuando iba con los muchachos al estadio los domingos), sólo pudo emitir un chillido histérico en un falsete chirriante y ridículo, que lo único que logró fue que los perros se sobresaltaran, mirándose entre sí.
Sin dar crédito a sus ojos, Claudio observó como una luz incandescente, seguida de una densa bocanada de humo, surgía de la figura ominosa.
¡ KAIA! AGÁRRELO !!! ATACK ATACK!!! La perra, en un momento de claridad, comprendió vagamente que su amo, a pesar de su extraña actitud, le ordenaba….¿qué le ordenaba? …¿tal vez olfatear al visitante? Se incorporó y acercándose al humeante homínido, intentó olerle la entrepierna. Pero el susodicho le propinó con desgano una patada indolente que sin quererlo, le dio de lleno en el hocico, arrancando un gemido del animal, que corrió a esconderse tras unas artemisas.
Eso fue la gota que derramó el vaso para Claudio: _Ha no, con la perra no te metas heee??? Me estás faltando el respeto, le espetó iracundo al desvergonzado, agitando su enorme dedo índice acusador.
Pero el sentido común pudo más que la rabia enloquecedora. _ ¡Debo pensar en algo ya! Pero…! Saz!, otro embate de la fuerza peristáltica inquebrantable de su tracto excretor lo fustigó, y haciendo un esfuerzo sobrenatural logró apretar los glúteos, intentando frenar lo irrefrenable. Adoptando una posición muy extraña, como si tuviera las piernas y espalda enyesadas, se paró ante su enemigo (siempre ofreciéndole su lado derecho). Este cada vez más estaba convencido de que soñaba que veía a un mono gigante que le aullaba de costado, furibundo. Su incoherencia era tal, que hasta creyó escuchar que el mono le gritaba un ¡Hay, me cago! , mientras lo apuntaba con el dedo, amenazador. Wanderley comenzó a inquietarse…el viaje se estaba poniendo malo. El mono le hacía acordar a su vecino Claudio, aquel pardo grandote que lo miraba con bronca solo por que una vez lo pescó vichándole a la esposa en la feria. Después de todo, los ojos se hicieron para ver…
Claudio colapsó. Ya no pudo aguantar el embate de sus cólicos. Parecían llevar la fuerza de un volcán. Se estaba haciendo encima en ese momento, la verdad sea dicha. No había duda, y actuando a puro reflejo, se bajó los pantalones para evitar que el desastre alcanzara proporciones épicas (para no cagarse en la ropa, bha!). Pero horror! No consiguió agacharse pues sus piernas estaban tan entumecidas por el esfuerzo que no le respondieron.
Ahí fue cuando Wanderley se asustó. Entre las brumas de su incipiente pesadilla, observó a ese gran mono peludo, escupidor de leche, bajarse los pantalones, sugerente. Además escuchó por segunda vez un reverberante y sicodélico: ¡me cago!.
Del susto pasó automáticamente al pánico. Arrojó la pipa y dando un brinco, dio media vuelta y saltó el muro con la agilidad de un acróbata de circo. El terror desbocado le dio alas en los pies y mientras corría en la noche oscura, todavía creyó escuchar un espeluznante : !!!ME CAGUEEEEEEEE!!!!
Mirando al cielo, y sin dejar de correr con alma y vida, el pobre Wanderley Cardoso pensó que ya era hora de largar el vicio. Los viajes se estaban poniendo cada vez más horrorosos.


FIN

Nicolás Benítez


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