¿Para qué constitución?

¿Para defender los derechos del pueblo o los derechos del Pacto?

 

Jorge Bolaños

 

Creo que La Epopeya de la Insurección, por el General Humberto Ortega, es un libro muy importante dada la coyuntura actual que se vive en Nicaragua. ¿Por qué?

El libro resalta claramente la existencia de tres hilos fundamentales en la historia política de Nicaragua. El primer hilo es la larga lista de pactos y contrapactos entre los caudillos de turno para siempre reformar la constitución, permitir la reelección, repartirse los cargos en los poderes del estado y así garantizar políticamente lo pactado o contrapactado. El segundo hilo es la naturaleza politiquera de todos los partidos políticos, incluyendo el mismo Frente Sandinista, del figureo y del ninguneo (y del besuqueo), para así el caudillo mantener el control personal sobre las estructuras partidiarias. O sea, la silla es siempre para mi o mis ungidos. Y el tercer hilo es la larga lista de resistencia, los miles de muertos, la tanta sangre derramada en vano, ante los abusos y represiones de estos caudillos o dictadores.

O sea, tanto esta constitución, como todas las constituciones del pasado de Nicaragua, solamente han sido escritas en nombre del pueblo a quien aducen servir, en nombre de la democracia, pero todas en esencia han sido lo contrario. Sin excepción, todas han sido el producto de los pactos y contrapactos entre los caudillos de turno para así garantizar su permanencia en el poder, y para los otros actores del pacto, su suficiente acceso a prebendas. O sea, nuestras constituciones no han sido escritas para el beneficio del pueblo, sino para el beneficio de los caudillos, para el beneficio de las dictaduras. Han sido instrumentos de represión, de exclusión, de totalitarismo.

En la verdadera democracia, la constitución es el instrumento para que el ciudadano pueda defenderse y defender sus intereses contra el gobierno, contra el estado, contra los elegidos a ocupar los cargos en los poderes del estado. Un sistema, por muy institucional o constitucional que diga ser, si solamente permite a aquellos que ganan las rifas seguir violando el mandato para el cual fueron electos es un sistema anti-democrático, no importa el papel sellado en que se escriba.

Aquí en Nicaragua la constitución parece existir solamente para ser reformada. Nuestra constitución se halla a una enorme distancia de ser la intocable Carta Magna destinada a iluminar la conciencia de un pueblo y a gobernar con justicia su conducta. Para tal efecto, la constitución debería ser la obra de muchos años de trabajo de hombres sabios capaces de legislar, dotados de un gran sentido humano. Además se la hace resistente, inatacable, intocable, y se emplean veinte años en hacerla. Se hace algo que ningún improvisado pueda tocar ni, menos aún, alterar por la fuerza o de un movimiento político. Además, no se reforma sino cuando va a darse un paso profundamente meditado y analizado, que habrá de acarrear un beneficio nacional claramente establecido. Y no se aplican los cambios hasta la nueva legislatura para así eliminar los conflictos de interés politiqueros. Una constitución debería ser, en efecto, política, pero la política, al menos en Nicaragua, no es política, es politiquería de la más cínica.

Todos sabemos que las últimas reformas constitucionales que ha realizado la Asamblea Nacional son una escalada más del Pacto. Su intención es decirle abiertamente a todos y a cualquiera: "aquí mandamos nosotros, aquí manda el Pacto".

Entonces, la constitución, ¿sirve para defender los derechos del ciudadano, del ser humano, o para defender los derechos del Estado, de los que ocupan los poderes del estado? ¿Sirve para defender los derechos del pueblo o los derechos del Pacto?

Y si es así, entonces cabe la pregunta: ¿Para qué tanta epopeya, para qué tanta revolución?

¿Y el pueblo?