EL CUBO DE LOS ESCRITORES
Escrito por Starknight
CAPITULO 18: LAS GEMAS
SAGRADAS
- No se como hiciste para pasar a los guardias, pero ninguna triquiñuela servirá conmigo.
La mujer recién llegada comenzó a caminar hacia Anji y la asustada Zaeta, amedrentándola con su porte imponente, clavándole directamente sus ojos oscuros y penetrantes mientras echaba hacia atrás su cabello negro y largo para que no le estorbara la visión. Vestía un conjunto de lycra morado, ajustándose perfectamente a su figura, llevando una especie de cinturón blanco con la imagen de un ojo, y completando su atuendo con un par de botas blancas que terminaban en la mitad de sus piernas y unas hombreras a modo de armadura. Se detuvo cuando estuvo a pocos metros de los dos pequeñines, sin dejar de mirar a la Kokiri. Anji fue quien le dirigió la palabra movido más por el respeto que la familiaridad.
- Señora Nekocha... yo...
El resultado fue un potente coscorrón.
- Ya te dije que soy Gata Lunar, no Nekocha – le dijo con severidad – más respeto para la próxima.
Zaeta se sintió aliviada solo por un instante, pero el escrutinio de Gata Lunar la volvió a tensar.
- Nombre ¬¬
- Ehh... si... Zaeta Ketchum ^^U
- Quiero que me expliques como fue que entraste al palacio ¬¬
La Kokiri le contó su hazaña desde su llegada al Mercado, hasta su juego del Gato y el Ratón con los guardias en los jardines. Gata Lunar no se movía, e incluso no parecía respirar, solo escuchaba atentamente el relato de Zaeta mientras Anji, temeroso, se mantenía al margen.
Al finalizar el relato, Gata Lunar soltó un breve suspiro.
- Muy interesante tu cuento pequeña... ahora largo o te mandaré a encerrar ¬¬
- ¡Espera, no lo hagas! – dijo de pronto el Príncipe, provocando que la mirada penetrante de Gata Lunar se clavaran en el niño.
- ¿No sabes todo lo que pudo significar esto?, el Rey tarde o temprano abandonará el trono y tu tomarás su lugar, y seré la responsable si permito que cualquiera te venga a ver. No sabes todo el riesgo que estabas corriendo.
- Pero... pero... – Anji agachó la cabeza en señal de vergüenza.
- Pero nada, tu y yo sabemos que la visita de la Reina de los Gerudos es suficiente sospecha. Puede estar tramando algún atentado en contra tuya y tu permites que gente desconocida llegue al Jardín Interno, ¿no eras tu quien me decía que soñabas que ella te perseguía para matarte?, pues con tus poderes extraños de percepción del futuro ese sueño podría volverse verdad.
- Es que ya se está volviendo verdad – contestó Zaeta, provocando Gata Lunar volteara a verla, pero esta vez, con severidad en sus ojos para concentrar su enojo en el sermón al Príncipe – An... que digo, el Príncipe... ¿no le ha contado que ve en sus sueños a una niña con una túnica verde?
Gata Lunar miró al suelo escudriñando en su memoria, tratando de recordar si entre todos los sueños de Anji, había visto a la mencionada niña. Fue en ese momento que recordó que si era cierto: Anji le contó una noche, después de tener la misma pesadilla varias noches, que ahora había aparecido la niña en cuestión.
Poco a poco levantó su mirada hacia Zaeta, y se dio cuenta que la descripción de la niña concordaba con la intrusa que había burlado la seguridad interna del palacio.
Ese momento de silencio, provocado por la sorpresa de semejante descubrimiento, fue interrumpido por la aparición de un guardia. El gendarme se alarmó al ver que la intrusa había sido encontrada (la reconoció porque no la conocía, ni era habitual en los visitantes estar en ese jardín) pero inmediatamente Gata Lunar se interpuso en su camino.
- El intruso escapó, esta niña es una invitada del príncipe – los dos pequeños y el guardia abrieron los ojos estupefactos por la respuesta.
- Pero Señora Gata Lunar, se supone que las invitaciones deben pasar a manos del Rey – contestó el guardia.
- Yo soy la protectora del Príncipe, y todo lo que tenga que ver con su bienestar puede ser decidido por mí aparte del Rey. Ese es el poder que su Alteza me dio para cuidarlo y lo estoy usando en este momento, ¿está claro?.
Ante esa respuesta terminante, el guardia no tuvo mas que hacer sino retirarse, presto a dar la orden de detener la búsqueda.
Zaeta y Anji aún no salían de su asombro, pero volvieron en sí cuando Gata Lunar volvió a dirigirse a la Kokiri.
- ¿Sabes por qué te doy el beneficio de la duda?, el Príncipe posee una magia especial innata, y puede ver el futuro cercano o lejano – Zaeta ya conocía la parte de los poderes por el sermón anterior, pero no dijo nada más por temor que por respeto – si él te vio en sus sueños, es porque tiene razón y puedo confiar en ti... pero no significa que mi posición ha cambiado. Si descubro que le has hecho algo al Príncipe, o has cometido algún otro delito, yo misma te encerraré en las celdas.
Silencio total, Zaeta quedó hecha piedra ante semejante advertencia.
- Ahora, te llevaré a la cocina para que comas algo. Mañana a primera hora te iras de aquí.
En cuanto se mencionó la palabra “cocina” toda el hambre que Zaeta había olvidado volvió de pronto. Además, el tiempo había avanzado y ya el sol comenzaba a ocultarse, permitiendo que el débil resplandor de las estrellas comenzara a aparecer en el cielo vespertino de Hyrule.
*** *** ***
Anji había acompañado a Zaeta todo el rato que estuvo comiendo en una de las pequeñas mesas donde comía la servidumbre. Allí, el Príncipe le contó que Gata Lunar tenía esa actitud por que era una Sheika, una raza de valientes guerreros que le han jurado lealtad a la familia real durante generaciones. Mientras Zaeta escuchaba las fantásticas aventuras de los Sheikas, engullía unas ruedas de pan con queso y un consomé, mientras bebía la deliciosa leche de las vacas de Lon Lon Ranch.
Gata Lunar llegó poco después, se llevó al Príncipe por un momento, y después este regreso indicándole a la recién alimentada Zaeta que dormiría en los aposentos de la doncella con porte de guerrera (quizá con la excusa de mantenerla vigilada más de cerca).
Ya era entrada la noche cuando Gata Lunar condujo a Zaeta a su habitación, que se encontraba a unas puertas del cuarto de Anji. Una habitación bastante amplia con una cama de tipo matrimonial, un escaparate bastante antiguo en diseño pegado a la pared, y un sofá al frente de la cama. Los ventanales, que daban a un pequeño balcón, estaban cerrados por unas amplias cortinas, oscilando como fantasmas danzantes por el pasar del viento susurrante.
Gata Lunar le dio la orden a Zaeta que se sentara en el sofá mientras buscaba algo en su escaparate. Cuando regresó con la niña, tenía una caja pequeña en sus manos... una cajita que en cuanto fue abierta, una tonada melodiosa y melancólica comenzó a inundar la habitación, mientras un pequeño flautista de plástico oscilaba de un lado a otro.
Zaeta se perdió en sus propios pensamientos mientras escuchaba la tonada, como si el tiempo se hubiera detenido... como si esa música la perturbara de alguna manera.
- Estoy segura que esa mujer... la Reina Saotome... vino al castillo por esto – dijo cerrando la cajita inmediatamente, sosteniendo en su mano una preciosa esmeralda, rodeada por un arco de oro con forma de 9. Zaeta no pudo explicarse porque se tardó tanto en decirle eso, pero quizá fue porque no se tardó en decirlo, sino porque la música la indujo a una especie de trance, que tuvo la facultad de doblar el tiempo.
- ¿Qué es esto? – le preguntó la Kokiri, tratando de volver al presente, mientras tomaba la esmeralda.
- El Príncipe la llama... “Esmeralda Kokiri”.
“¿Cómo saben de la existencia de los Kokiris?” se preguntó Zaeta, ya que era ella (según recordaba) la primera Kokiri en salir de los Bosques Perdidos... ¿o había alguien más?.
- Esta piedra ha pasado de generación en generación entre los gobernantes de Hyrule – prosiguió Gata Lunar – pero no es la única que existe.
- ¿entonces cuantas son? – preguntó Zaeta movida por la curiosidad.
- Existen tres... esta es una, la otra está en el Reino de los Zoras en el Lago Hylia, al sur de Hyrule... y la otra está en la ciudad de los Gorons, en lo más alto de la Montaña de la Muerte.
Zaeta no se sorprendió cuando le mencionaron a los Gorons y Zoras, ya que en ocasiones los Dekus, quienes salían más seguido de los bosques, les relataban historias a los niños Kokiris, pero estos nunca se atrevieron a verlos. A Zaeta le estaba emocionando la idea de conocer a esos extraños habitantes de Reinos desconocidos, a pesar que ya los había oído nombrar.
- Quiero que me hagas un favor... es uno demasiado importante no solo para el Príncipe, sino para toda Hyrule.
- ¿Qué debo hacer? – preguntó Zaeta con seriedad, después de escuchar el tono de preocupación que Gata Lunar había empleado.
- Quiero que vayas a buscar las otras dos piedras, y te lleves la Esmeralda contigo... si esa piedra se queda aquí, corremos el riesgo que Lina la encuentre.
- ¡Pero no se como llegar a esos sitios que me dijo!, y no se que tan lejos están.
- Pues mañana, antes de tu partida, te diré todo lo que debes hacer... por ahora ya hablé demasiado, y las paredes tienen oídos.
Gata Lunar se levantó del sofá y recogió la Esmeralda, guardándola en la misma cajita. A diferencia de la vez anterior, no hubo ningún sonido o tonada.
- Debes estar cansada, por lo que dormirás aquí en la cama, yo dormiré en el sofá – dijo sacando del escaparate una sabana nueva y una almohada.
- No creo que deba... soy una intrusa... no quiero abusar de su hospitalidad.
Se formó una pequeña discusión, pero Gata Lunar, usando un método muy “sutil” convenció a Zaeta para que durmiera en la cama (“o haces lo que digo, o doy la alarma de invasión”), mientras ella acomodaba el sofá para descansar.
Zaeta estuvo largo rato despierta en aquella cama suave con almohadas de plumas de pato, pensando en todo lo que había ocurrido en todo ese día (el primero de su viaje) y en todo lo que vendría en esta aventura... “Celestine... ¿en qué lío me has metido?” pensó antes de conciliar el sueño, y dormir profundamente
Con los primeros cantos de los gallos, y los rayos de la luz matutina, Gata Lunar y Zaeta Ketchum salieron del palacio rumbo a la caballerizas ubicadas al este del mismo. Cuando llegaron a las amplias estructuras de madera que servía de hogar a los caballos y yeguas, había un pequeño paje esperándolas.
- Señora Gata Lunar, su yegua está preparada – les dijo haciéndole señas a ambas para que lo siguieran. Adentro, el relincho del animal de pelaje marrón no se hizo esperar. Zaeta estaba maravillada ante las misteriosas bestias, pero la doncella guerrera no se dio cuenta.
Zaeta comenzó a acariciar el suave pelaje y la crin de la pequeña yegua, que comenzó a masticar unas zanahorias picadas de su comedero. Para ella, esa yegua era un animal mitológico; un animal de tiempos de dioses fantásticos y grandes guerreros, pero para Gata Lunar, no pasaban de ser meros transportes para grandes jornadas, o competidores en las carreras hípicas.
- Esta yegua se llama Epona, es la favorita de Anji – comenzó a decir Gata Lunar - dentro de poco traerán tus provisiones.
- Eres muy hermosa, bebita ^_^ - le decía Zaeta a la yegua, que movía la cabeza de gusto mientras le acariciaba su alargado rostro.
- Aquí está la piedra, y el mapa de las Sabanas de Hyrule, con esto podrás cumplir la misión... y también están estas cartas para los soberanos de aquellas razas, si se las muestras, te cederán sus piedras.
Al mismo tiempo que Gata Lunar le entregaba a Zaeta una bolsita de cuero con la mística piedra, el pergamino y los sobres con el sello real de Hyrule, el paje con otros ayudantes traían los paquetes con comida para momentos críticos, como carne seca y frutas. No le dieron muchos paquetes para agilizar la jornada debido a los malos tiempos que la Reina Saotome había atraído con su misteriosa visita.
Con muchos deseos y bendiciones otorgados por Gata Lunar, Zaeta montó a Epona (con un poco de dificultad debido a su baja estatura y corta edad) y se dispuso a partir a los destinos asignados. La despedida ocurrió en la gigantesca puerta que separaba el Mercado de la Sabana, pero antes de irse, le dio media vuelta al caballo y quedó frente a la Gata.
- Cuando tenga las piedras, ¿qué hago con ellas?
- Eso lo sabrás a su debido tiempo.
Así comenzó su larga y peligrosa jornada por las Sabanas rumbo a su primer destino: el Lago Hylia. Ubicado al sur de Hyrule, este gigantesco lago a sido hogar de los Zoras, los hombres peces, durante tiempos inmemoriales. Allí pudo encontrarse con el Rey Ryoga, quién era el dueño del “Zafiro de los Zoras”, y su hija, la Princesa Nadia
Su viaje fue bastante largo, de unos dos días, hasta el Lago. Pero no fue un viaje tranquilo, ya que durante las noches, unos misteriosos soldados esqueleto aparecían con el único propósito de perseguirla, ignorando lo que hay a su alrededor. Zaeta utilizó por primera vez su Espada y su Escudo, evitando que los esqueletos se apoderaran de la Esmeralda, pero no podía evitar que su yegua se asustara y saliera corriendo desbocada buscando refugio. En una de sus escapadas, Zaeta tuvo que desviarse bastante llegando a los lindes del Valle Gerudo, y como la Kokiri obviamente no quería encontrarse con ellos, galopó lo más rápido que pudo llegando por fin al Lago Hylia. Afortunadamente no pasó más nada allí, y pudo sumergirse con ayuda de los Zoras a la parte mas profunda, donde se alzaba el Palacio del Agua. Pero no todo fue color de rosa, ya que la Princesa Nadia había sido secuestrada por unos pescadores y llevada al puerto del Lago, donde sería subastada al mejor postor.
El rescate no tomó mucho tiempo. El puerto del centro de Pescadores no estaba muy lejos y pudo vencer a los trabajadores marinos muy fácilmente, haciéndole jurar al regente del Puerto que no se volvería a meter con los Zoras nunca más. Nadia estaba tan agradecida con la Kokiri que le juró una amistad eterna e imperdurable (Zaeta obviamente la miró un poco “raro”: ¬¬) pero eso quedó borrado de su mente cuando el Rey, en agradecimiento, le entregó la piedra.
Tomó solo un día de descanso antes de comenzar el viaje a su siguiente destino: La Montaña de la Muerte, un inmenso volcán ubicado al Oeste de Hyrule. Luego de visitar un pequeño poblado donde descanso lo suficiente, comenzó su peligrosa escalada para encontrarse con los Gorons, los seres de piedra, para así obtener la segunda y última piedra. Este viaje le tomó otro día más debido a lo lejano de la Montaña
Sólo escaló hasta la mitad del volcán para llegar a la ciudadela de los seres de piedra, ubicada en el interior de la caverna. Pero no todo sería tan sencillo esta vez, ya que el Gran Hermano Starknight, líder de los Gorons, estaba atrapado en la Caverna Dodongo, al otro lado de la montaña.
El rescate fue bastante trabajoso debido a los Dodongos: gigantescas lagartijas que escupían fuego y un caparazón durísimo. En lo más profundo de esta cueva, un Mega Dodongo la esperaba, pero de no ser por las Flores Bombas (Flores explosivas que solo crecían en la Caverna), que eran cortadas y lanzadas al estomago de la Lagartija (el animal se las comía y le estallaban por dentro) Zaeta nunca hubiera rescatado al Goron, y por ende, nunca hubiera conseguido el “Rubí Goron” (además de convertirse en la Gran Hermana Zaeta).
Mientras descansaba otro día dentro de la Montaña (cumpliéndose así 5 días de jornada), intensos nubarrones y sonoros relámpagos anunciaban el vendaval de acontecimientos que probarían el gran valor que tuvo Zaeta al aceptar la misión.
Cuando Zaeta partió de la Montaña rumbo al Castillo ya había anochecido, y a medida que se acercaba a la gigantesca puerta de madera, las primeras gotas de lluvia cayeron en su rostro antes de convertirse en una intensa lluvia que poco a poco comenzó a cubrir el Reino.
- Esto me da mala espina – dijo Zaeta mientras se bajaba de Epona, que relinchaba agitada debido a los relámpagos.
Tan solo dio unos pasos hacia la Puerta cuando comenzó a descender lentamente, cayendo pesadamente en el suelo. El estruendo provocado se confundió con otro relámpago que parecía destruir el cielo.
Zaeta de por sí estaba asustada, pero se aterró al escuchar los cascos de un corcel que venía del interior del Mercado. Tan veloz como un rayo, el corcel blanco había aparecido, y en su lomo viajaba Gata Lunar llevando a Anji acostado boca abajo. Esta en cuanto vio a Zaeta detuvo su carrera, pero lista para seguir la marcha.
- ¡¿Qué debo hacer ahora?! – gritó Zaeta para hacerse notar debido a la fuerte lluvia.
- ¡Debes ir al Templo del Tiempo!
- ¿El Templo del Tiempo? ¿dónde está?
Pero de nada le sirvió la pregunta. Gata Lunar dio la vuelta y continuó su carrera, desapareciendo en la bruma para nunca más volver.
Al poco rato, un segundo relincho la paralizó completamente. Las gotas de agua que la empaparon le provocaban escalofríos, pero nada se compararía con lo que vio después cuando se dio la vuelta.
El corcel negro estaba frente a ella, montada por la Reina Lina Saotome.
- pequeña, quiero preguntarte algo – le dijo Lina clavándola con sus ojos castaños y llenos de malicia – estoy buscando a una mujer y a un pequeño que iban en un caballo blanco... ¿los has visto pasar por aquí?.
Zaeta no contestó. Estaba completamente aterrada.
- Tienes un rostro muy angelical... no me gustaría dañarlo, pero me obligaras a hacerlo si no me dices a donde fueron.
Un gesto vale más que mil palabras... así que Zaeta sacó su espada y su escudo de madera, poniéndose en posición de combate. Sus ojos temblaban de pavor, pero recordó la promesa que hizo de proteger al Príncipe a como de lugar. Sería capaz de luchar con una mujer peligrosa y llena de poder.
- Que tierno... ¿darás tu vida por un príncipe que no conoces?... ¿arriesgaras tu propia vida por salvar a otro? – le dijo Lina despectivamente.
- Por lo menos mi vida no será igual a la tuya.
La sonrisa de Lina desapareció de golpe.
- En eso tienes razón... nuestras vidas no son iguales – su mano izquierda comenzó a emanar un brillo púrpura - ... tu vida será más corta.
Lo último que pudo ver Zaeta antes de recibir el potente impacto y perder el conocimiento, era la sonrisa de gusto que tenía Lina al momento de dispararle su hechizo.
La pequeña aventurera poco a poco comenzó a abrir los ojos, levantándose rápidamente como si tuviera un resorte en la espalda.
- ¿dónde... estoy? – dijo al mirar alrededor de la habitación desconocida en la que se encontraba, sentada en una cama desconocida y cubierta por una manta - ¿todo lo que pasó... fue un sueño?.
Al dar un segundo vistazo, encontró su espada recostada en la pared, y en una mesita a su lado, estaba el saquito con las tres piedras... pero ¿y su escudo donde estaba?
Al pronunciar un “ya lo recuerdo”, revivió su amarga y dolorosa experiencia: Cuando Lina le disparó su onda de magia negra, Zaeta pudo reaccionar con rapidez y se cubrió con su escudo. El frágil escudo de madera se había desintegrado, y la prueba de eso fue una leve quemadura en su brazo... pero las dudas inundaban su cabeza. ¿cómo fue posible que un simple escudo de madera la haya protegido de semejante golpe?.
Quiso levantarse de la cama para investigar en donde se encontraba, pero al quitarse la manta, se dio cuenta de una pequeña sorpresita.
- ¡¿Mi ropa donde está?! ;_; - replicó al verse solo en ropa interior.
La puerta de la habitación se abrió de pronto, después que Zaeta se arropara nuevamente para evitar que la vieran semidesnuda, pero la voz de la pequeña pelirroja que había entrado la tranquilizó. Zaeta la había reconocido de inmediato: era la hija del hombre de la leche, que había visto en el Mercado cuando ella había llegado.
- Que bueno que despertaste ^^ - dijo la sonriente pequeña, quien se presentó ante ella como Malon, pero Zaeta la miraba un poco asustada y cubriéndose aun más – no te preocupes por tu ropa, se está secando afuera al sol, estaba muy empapada.
La niña rápidamente fue al armario del cuarto, y sacó un vestidito color amarillo – póntelo mientras tanto – fue lo que le dijo antes de irse del cuarto.
No tardó mucho tiempo cambiándose, pero estaba completamente roja de la pena al usar semejante vestido. Extrañaba su túnica que la distinguía como Kokiri. Malon la tomó de la mano y bajaron las escaleras hacia la planta inferior, pero se dio la vuelta poniéndose su dedo índice sobre los labios.
- Mi papá está durmiendo, no hagas ruido – le dijo en voz baja. Cuando terminaron de bajar, salieron de la casa no sin antes pasar al lado de Talon, el padre de la niña, quién dormía profundamente y roncaba como si cayeran árboles.
Zaeta no podía creer donde estaba... Lon Lon Ranch.
No muy lejos de donde estaban había un inmenso corral, y entre caballos y vacas (que era la primera vez que las veía) pudo ver a la pequeña Epona corriendo alegremente siguiendo a unas gallinas.
Malon le preguntó a Zaeta como fue que había terminado inconsciente y empapada en medio de la Sabana, y allí le contaron todo. Malon temblaba de miedo ante el relato y las intenciones de Lina, pero Zaeta le prometió que protegería al Reino pasara lo que pasara.
En cuanto su túnica se secó, salió del rancho rumbo al palacio, no sin antes agradecerle a Malon por haberla ayudado (no pudo despedirse de su papá). En unos pocos minutos, ya estaba atravesando a todo galope las puertas del Mercado.
Pero lo que vio no se comparaba con la primera impresión que se llevó... Muros resquebrajados, cráteres en el suelo, y tarantines quemados. Era la huella de la malvada reina que había pasado sobre su corcel infernal tratando de acabar con la vida de la doncella y del Príncipe. Estuvo consternada un momento, pero recordó su misión al sentir el peso del saquito de cuero.
Le preguntó a las pocas personas que estaban en el Mercado si conocían el Templo del Tiempo y como llegar a él, y esbozó una sonrisa de alivio al ver que todos señalaban la Catedral que se encontraba al Noreste de la Plaza y que ella había notado cuando llegó por primera vez sin sospecharlo. Dejó a Epona amarrada al tronco de un árbol y traspasó el umbral de la solemne edificación.
- Señora Camila, por fin ha llegado la elegida – era la voz de un anciano, que atrajo a una mujer de cabello castaño claro que tomó la mano de Zaeta. Esta quedó turbada ante ese recibimiento.
La Nave del Templo era bastante amplia. Sus vitrales tenían la forma del Sagrado Emblema Triangular, y el piso de baldosas negras y blancas era atravesado por una alfombra roja hasta una especie de altar. Los ancianos y hombres que estaban dentro eran sacerdotes vestidos con túnicas blancas y azules. Pero la diferencia con la llamada Camila, era que los demás tenían el emblema de la Trifuerza bordado en la túnica, mientras que ella tenia una corona alada.
- ¿Cómo saben que soy la que buscan? – dijo Zaeta soltándose de Camila, frotándose la muñeca.
- Gata Lunar nos advirtió de tu misión, así que decidimos esperarte aquí... ¿Trajiste las gemas sagradas? – dijo Camila más interesada en los objetos, notándosele la prisa en sus acciones.
Zaeta le entregó las gemas a esta mujer, quién no perdió tiempo en colocarlas en el pedestal a modo de altar. Cuando fueron dejadas por la sacerdotisa, estas piedras comenzaron a brillar. La Kokiri quedó muda de la impresión ante ese brillo que envolvió el altar completamente.
- Ahora procederemos a realizar el Ritual del Tiempo... las puertas a las realidades sagradas se abrirán.
Camila y los sacerdotes entonaron un extraño canto que Zaeta no pudo reconocer, y mientras entonaban el canto, las tres gemas brillaban cada vez con más fuerza cegando a todos los presentes. Cuando terminaron, la pared detrás del altar había desaparecido, y Camila le indicaba a Zaeta que avanzara, mientras ellos la seguían.
Zaeta pasó al lado del altar y atravesó el umbral abierto por el cántico mágico, y detrás, se quedaron Camila y los sacerdotes.
En el centro de aquella habitación abierta, el brillo metálico de una Espada Legendaria brillaba sin cesar, clavada en un pequeño pedestal desde tiempos remotos.
La Kokiri volteó un momento hacia Camila, que se había quedado atrás. Obviamente quería estar acompañada.
- Sólo la Elegida puede estar adentro – dijo solemnemente la sacerdotisa – Deberás tomar la Espada Maestra clavada allí desde la creación de Hyrule, y usar el poder de las Dimensiones Sagradas para derrotar a la Enviada de las Tinieblas.
No había nada más que hacer... estaba sola frente a la fulgurante espada de mango azul con la marca de la Trifuerza que la superaba en tamaño... lentamente se acercó al pedestal, y tomó el mango con sus dos manos. Se volteó una ultima vez para mirar a Camila, y está asintió aprobatoriamente.
Zaeta apretó con todas sus fuerzas la legendaria arma, preguntándose como podría usarla si era más grande que ella... y la sacó de su pedestal.
Los sacerdotes jamás olvidarán el rayo de luz azulada que emanó del pedestal cubriendo a Zaeta, liberando una energía calurosa que cubría los rincones de toda la habitación. Era un momento épico, que sería recordada por siempre en las canciones de los trovadores.
La luz disminuyó su intensidad poco a poco, hasta desaparecer del todo... y con ella, la joven y valiente Kokiri.
Entre voces de asombro y temor, Camila dijo algo más para sí que para los demás.
- Ya cumplí mi deber con ella... ahora es tu turno de enviarla al sendero de la luz... Celestine Schneider.
CONTINUARA...
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