S.

Un verano cualquiera, un día cualquiera, a cualquier hora, en una comarca cualquiera, en una población cualquiera, en un camping cualquiera.

Pero tuvo que ser ese verano preciso, ese día preciso, a esa misma hora, en aquella comarca, en aquella población, en aquel camping.

Allí la vi por vez primera. Tez blanca como la leche, como la luna llena en una clara noche primaveral; largo cabello rubio que le caía por la espalda y el pecho cual cascada de dorada miel; y esos profundos ojos de un azul tan intenso que parecían penetrar en el alma, desnudándola de sus secretos, pasiones, deseos y confesiones.

Me quedé observándola con detenimiento a medida que se iba acercando a donde yo estaba y, por un breve instante, nuestras miradas se cruzaron. La suya reflejaba la intriga típica que se experimenta al ver a un desconocido en un sitio conocido. La mía no reflejaba sino estupor...

Tras realizar las presentaciones de rigor (se presentó como S.), se nos comunicó que íbamos a estar trabajando en el mismo turno durante todo el verano, pero que S. tardaría todavía unos días en incorporarse pues antes debía formalizar no sé qué papeles debido a que ella había pasado una larga temporada en el norte de Europa.

Durante los días previos a su incorporación estuve preguntándome cómo sería ella; simpática o antipática, alegre o triste, inteligente o tonta, cariñosa o áspera, delicada o basta?, aunque la impresión que me había dado durante esa brevísima presentación era la de ser una persona de una extraordinaria simpatía, inteligencia, sentido común y, por descontado, belleza.

Al llegar el tan ansiado día, por muy extraño que me resultara a mí mismo, no me sentí en absoluto nervioso sino todo lo contrario. Su formidable presencia y su exquisito carácter me ayudaron a despejar mis dudas y mi desasosiego hasta tal punto que estuvimos todo el día charlando como si lleváramos conociéndonos toda la vida.

El verano transcurrió tranquilo, sin demasiados altercados a nivel profesional, y, en lo que respecta a lo personal, debo decir que nunca hasta entonces había sentido tanto aprecio por nadie en tan poco tiempo, puesto que yo no soy muy dado a confiar en nadie excepto en aquellos a los que conozco bien.

S. y yo llegamos a hacer muy buenas migas, íbamos forjando, aún sin quererlo, una amistad que se asentaba sobre fuertes y sólidas bases tales como confianza, sinceridad, simpatía e inteligencia.

Charlábamos por los descosidos, jugábamos a cartas en recepción, bromeábamos sobre la gente que veíamos pasar, merendábamos juntos e incluso, en alguna ocasión, quedamos para salir los dos a tomar unas copas.

Por desgracia para mí, al finalizar el verano, S. debía volver a ocuparse de sus estudios en otra ciudad bastante lejana para ocuparme yo, por mi parte, de los míos. El resultado fue el de un año de pérdida total de comunicación, si exceptuamos un par de veces en las cuales nos encontramos por casualidad, actuando como viejos amigos que vuelven a verse y que prometen llamarse para quedar, pero que nunca acaban haciéndolo.

Yo fui dedicándome a mis asuntos y a mis problemas, pues bastantes tenía ya en mi casa, sintiendo en ocasiones nostalgia de aquellas largas charlas que teníamos S. y yo en las cuales nos hacíamos las más inverosímiles confidencias...

Quiso el destino que al verano siguiente volviéramos a coincidir en el mismo lugar, durante la misma época, con lo cual retomamos aquellas costumbres que habíamos adoptado el año anterior; pero durante ese verano algo cambió en mi interior, mientras que ella parecía ser la misma, parecía no haber cambiado en absoluto durante ese largo lapso de tiempo en el que no nos vimos.

Lentamente, día tras día, me iba dando cuenta de lo mucho que empezaba a significar S. para mí, de los celos que sentía cada vez que un chico se paraba a mirarla y a coquetear con ella, de lo desdichado que era en cada ocasión en que la veía riendo, charlando o tomando una copa con algún otro que no fuera yo.

Durante más de medio verano estuve, noche tras noche, devanándome los sesos pensando si en ese mismo instante ella yacía con algún descerebrado que había logrado hacerla suya, atraerla con sus encantos para finalmente gozar de ella. Esos pensamientos acababan conmigo, me destrozaban interiormente llenándome de un profundo pesar, provocando que acabara sollozando en la soledad de mi habitación en más de una ocasión. Al día siguiente intentaba, en vano, averiguar qué había hecho la noche anterior, con quien había estado, en quien había pensado, cosa que hacía que yo estuviera de un mal humor constante. S. se dio cuenta de mi repentino cambio de humor y se interesó por ello, mas, lejos de decirle que me estaba enamorando de ella, yo optaba por soltarle una excusa cualquiera. La confianza y sinceridad mutua que habíamos puesto el uno en las manos del otro empezaron a perderse.

Finalmente resolví dejarla que hiciera lo que le diera la gana pues para eso era su vida, en la cual yo no tenía derecho a inmiscuirme; dicho y hecho, como todos los jóvenes de mi edad intenté encontrar alguna extranjera con la que pasar alguna noche de intenso placer pero, al entablar conversación con alguna mujer que se me antojaba interesante empezaba a compararla con S., hecho éste que hizo que yo sistemáticamente rechazara a todas las chicas que se me acercaban en busca de sexo fácil y de una noche.

Día a día me decía que no podía continuar así, pues el verano se estaba acabando y debía decirle finalmente a S. lo que yo sentía por ella, la de noches que me había pasado en blanco pensando en su hermosa sonrisa, sus extraordinarios rasgos, su preciosa melena y su encantadora y desenfadada personalidad.

Cuando por fin llegó el día de mi declaración, me destinaron a otra sección del camping, desperdiciando así lo que podía ser una gran oportunidad, por lo que decidí llamarla para que viniera a hacerme una visita, cosa que hizo.

Al principio no lograba sino balbucear frases incoherentes, pues su sola presencia me turbaba en exceso y sobre todo, le temía al hecho de que ella me rechazara. Cuando finalmente le dije lo que sentía por ella, me sonrió con el semblante apesadumbrado, diciendo que se sentía halagada pero que no era posible, pues yo era demasiado joven para ella (S. es 4 años mayor que yo) además del hecho de que ese mismo mes volvía a Alemania y tenía en mente quedarse, inicialmente, durante un año, si no más.

Ése día mi vida perdió todo el sentido pues mis temores se habían hecho realidad. Esa noche no pude dormir, acabé llorando, en la soledad de mi habitación con el corazón totalmente destrozado.

S. se fue, no sin antes llamarme para desearme lo mejor y, durante meses, estuve manteniendo correspondencia con ella, no sin buscar por mi parte una mujer que pudiera sustituirla en mi pensamiento y en mi corazón. Debo decir que resultó imposible, a pesar de que alguna oportunidad se me había presentado, pues S. se había convertido para mí en una obsesión. No pude olvidarla y, lo cierto es que las cartas que yo le enviaba en respuesta a las suyas no ayudaban a que la desterrara de mi mente.

Mi infierno personal se prolongó mucho más de lo que me hubiera gustado, pues seguían atormentándome imágenes de S. en brazos de otro, haciéndolo feliz, yaciendo y despertándose junto a él, besándole en la boca con esos labios tan rojos que parecía que sangraran, tocándole con esas pequeñas y finas manos, rodeándole la cintura, riendo junto a él, compartiendo sus alegrías y sus temores... día tras día, noche tras noche, me convertí en un ser frío, irascible, apático, frívolo, cruel y terriblemente insensible.

Con cada insinuación que yo le hacía en las cartas, ella me contestaba con evasivas, cosa que hizo que empezara a odiarla y a despreciarla. ¿Quién era ella para amargarme mi vida con su indiferencia? ¿Todavía merecía mi total devoción y sumisión alguien que permanecía mudo ante mis súplicas?

La respuesta me llegó cuando anunció que volvía a pasar una temporada durante las vacaciones de Navidad y mi amor volvió a renacer con tan sólo verla...había cambiado, lucía una corta melena que le llegaba hasta los hombros, había adelgazado ligeramente y su piel había adquirido una palidez casi mortecina que le confería una belleza espectacular asemejándose así a una hermosísima princesa de hielo, cosa que demostró al rechazarme por segunda vez.

Allí mi vida pareció volver a empezar, pues me tomé la noticia con una ligereza asombrosa. Resolví romper del todo el contacto con ella, pues ya no merecía mi atención en absoluto. Yo había perdido, literalmente, el culo por ella, mientras que S. no había hecho sino rechazarme dos veces.

Mayor fue mi sorpresa cuando me llamó al día siguiente, concretamente el 24 de diciembre de 1995, preguntando si podíamos reunirnos en un garito de mala muerte, pues tenía algo que decirme.

Llegados al garito estuvimos tomando algo y, al ver que ella no lograba articular palabra, decidí olvidarme del tema y llevarla a su casa para no volver a verla nunca más.

Fue entonces, en el garaje, cuando esos increíbles ojos azules profundos como el océano se clavaron en mí, desnudando mi alma ante tal belleza. Me dijo que apreciaba de verdad el hecho de que yo hubiera estado esperándola tanto tiempo, luchando por su amor y su aceptación, hecho éste que demostraba que mi interés por ella era sincero. En ese instante me dio el sí.

El último año y medio pasó fugazmente ante mis ojos, pues, de golpe, S. le había dado razón de ser. Todo mi sufrimiento, mis oscuras y tristes noches de verano, mis esfuerzos por conquistarla habían cobrado sentido al aceptarme ella. No cabía en mí de gozo ese primer día que empezamos a salir juntos; así como no quepo en mi de gozo cada segundo que tengo el privilegio de poder admirarla, compartiendo su silencio, sus temores, sus problemas, sus ilusiones, sus alegrías y su vida.

Ha pasado mucho tiempo desde la primera vez que la vi y, cada vez que la miro y me pierdo en sus ojos, buceo entre su cabello, abrazo su frágil cuerpo, acaricio sus preciosos y perfectos senos, admiro su belleza desnuda y gozo haciendo el amor con ella, recuerdo ese momento en el que se giró para dirigirme una tímida y corta mirada inocente que, si bien en aquel instante no significó demasiado para ella, tuvo la fuerza de cambiar mi vida por completo.

Gracias, S. por compartir tu vida conmigo.

Ghorthor, 03/09/99
J.

Dos años han pasado desde la primera vez que la vi dirigirse a mí para regalarme dos inocentes besos como certificado de nuestra presentación. Dos años llenos de altibajos, siempre extremos, nunca triviales, en los cuales el estado de gracia llegaba a tocar el mismísimo techo de nubes del cielo para perder fuerza y caer con más nervio cerca de la tumba y de nuevo volver a empezar el interminable ciclo.

Lo que primero fue una simple y mera atracción sexual debida a sus atributos físicos, atributos que me engancharían por más odio que profesara hacia Ella o por más grande que fuera la distancia (con la misma fuerza con la que un arqueólogo pueda verse atrapado por el descubrimiento de una prehistórica tumba oculta hasta entonces), pasó a ser con el tiempo y la comunicación una relación de amistad totalmente nueva para mí, algo que no sabía si llegaría más lejos o si se quedaría en lo que era por aquel entonces, pero que fuera como fuera y llegara hasta donde llegara, ya se había revelado como algo que nunca jamás me hubiera planteado como una meta, algo por lo que nunca hubiera apostado ni un duro de mi bolsillo.

Cuando estaba con Ella, me sentía feliz y bastante satisfecho. J. me llenaba con su alegría, su espontaneidad, la sensualidad que emanaba y esa timidez escondida que yo siempre creí falsa y producto de mi estado de coma amoroso, aunque debo reconocer que siempre me encantó la existencia de dicha vergüenza. En esto éramos parecidos, pero en lo demás, era tan diferente a mí y a la vez me atraía tanto... supongo que polos opuestos siempre se atrajeron.

Las cosas no son lo que parecen. O al menos eso es lo que debería haber sabido hace ya tiempo, el mismo día que decidí reconocer en mi interior que estaba de nuevo enamorado y que J. era la "culpable" de este tremendo y engañoso error que siempre me ha aportado tan negativas consecuencias.

No podía ser. La cosa no podría nunca funcionar bien ya que, si por un lado yo siempre he sido un lobo solitario, con o sin mi aprobación, Ella bien al contrario tenía pareja y bien estable, y amaba (y ama) a su novio. Así me lo hacía saber, para desgracia mía, en muchas de las conversaciones que teníamos, hasta el día en que los dos supimos que nos gustábamos, que había una atracción mutua y recíproca, lo cual produjo, como por arte de magia, que yo dejara de escuchar los comentarios tan favorables que Ella siempre dedicaba a su amante.

Había caído de nuevo en lo que yo ya daba por superado y olvidado, en lo que una vez me dije que no volvería a dejarme atrapar, en el amor, el maldito amor de mierda que nos encierra en una habitación a oscuras y sin salida para, acto seguido, hacernos creer que vemos más que los demás, hipnotizados como estamos, ciegos ante lo que vemos como el éxtasis, la perfección, nuestra salvación, el paraíso... hasta que éste se acaba.

A partir de entonces, de que supe donde se encontraba mi corazón, mi mente y mi alma dejaron de pertenecerme. Era más un esclavo del amor que un mero zombie como hasta entonces.

Soñé tantas y tantas veces con Ella, ya estuviera despierto o yaciera dormido, que no podría ni siquiera atreverme a contarlas, dado que lo más acertado y rápido sería decir que día tras día lo único que tenía mi mente ocupada era J. y todo recuerdo en el que Ella saliera por algún que otro motivo: sus palabras, sus gestos, sus miradas o cualquiera de los escasos momentos en los que la pude tocar (roces tan débiles como la brisa de la mañana, debido principalmente a que a Ella casi nunca le gustó que mis manos acariciaran su preciada y deseada carne), eran el pasto de mi torturada mente.

Soñaba, vivía y respiraba por y para J. Esperaba con ansias desmesuradas que llegara el día siguiente y pudiéramos compartir juntos 5, 10 ó 30 minutos, para estar cerca de Ella, poder mirarla a los ojos y perderme en la inmensidad de su mirada, una mirada que durante una época no sólo me miró con cierta curiosidad sino que parecía succionarme el corazón con verdadero amor, con pasión y deseo hasta los topes.

Iluso de mí.

Y sí, la verdad es que los sueños jugaron un papel importante en el tiempo que duró la aventura, ya fueran los que J. tenía conmigo como principal protagonista o, como digo, los míos escogiéndola a Ella como la única e irrepetible reina de la noche. Contarnos los sueños que teníamos fue una de nuestras distracciones favoritas durante un tiempo. Esos sueños parecían querer contarnos o demostrarnos que realmente había algún tipo de lazo entre los dos, que allí realmente había sentimiento y deseo.

El deseo y la pasión se convirtieron en obsesión, listón al que nunca debí llegar. Mientras yo me estaba tomando todo, aun sin actuar, como si de Romeo y Julieta o de Adán y Eva se tratara, para Ella creo que no pasó nunca de un simple juego o de una vía de desahogo o de pasatiempo.

Y cuando la balanza está desnivelada en un sentimiento tan profundo como es el que aquí rebosa, lo hace para que una de las dos partes descanse arriba, bien alta y segura, mientras que la otra cae, golpea con fuerza el duro suelo y permanece abajo sin posibilidades de volver al lugar inicial durante mucho tiempo (demasiado tiempo).

Por la noche, en medio de mis muchas noches intentando en vano conciliar el sueño, mientras J. era penetrada con intensidad y frenesí por su fornido novio, así mismo una taladradora penetraba mi cerebro con tal dureza y crueldad que pasaba las noches ahogado en mis propias lágrimas, las lágrimas nacidas de un amor imposible y de mis sueños, llenos hasta el límite de falsas esperanzas y de ilusiones utópicas.

Sus gemidos de placer, los mismos que por fortuna para mi salud mental no presenciaba, eran para mí como un ruido ensordecedor que me noqueaba con fuerza; cada susurro de amor, cada largo beso que Ella le propinaba a su compañero de cama, era un nuevo corte en mi corazón. Era inevitable para mí el no poder esquivar tales pensamientos, siempre presentes, nunca carentes de sufrimiento y siempre delante de mí, como algo que formara parte de mí, como si lo estuviera viviendo a pesar de la distancia.

El dolor y la angustia en mí cada día iban en aumento. Yo esperaba que Ella no sólo me diera su amistad sino que me diera su cariño. No quería oír la verdad a pesar de saberla, a pesar de que sabía que lo nuestro tenía que acabar pronto o algo malo pasaría. Y yo no quería que finalizara ese dulce camino de miel y rosas por el cual acababa de empezar a andar... pero llegó el momento en el que J. decidió escoger otro camino más saludable mientras yo iba sólo y perdido por el mío, mi camino descendente, un camino sin fin hacia la oscuridad...

La nuestra no fue una bonita historia con final feliz. Las cosas empezaron bien y mejoraron. Después de varios bajones, llegamos a donde ya no podíamos pasar y desde allí hasta el decadente final no fue más que cuestión de tiempo, de personas (muy desagradables) y de sucesos (todavía más desagradables) que hicieron de todo algo ya deplorable, desastroso y con ciertos tintes de catastrofismo, si se me permite usar esta palabra para definir lo que a mí se me antoja aún hoy algo muy difícil de aceptar, de superar.

La perdí para siempre.

Se vio truncada nuestra relación de tal manera que es difícil imaginar una paz absoluta entre los dos. Me convertí rápida y repulsivamente en un estorbo para Ella, dado que mi sentimiento perduró a pesar de los pesares, a pesar de que ya me daba cuenta que intentar establecer una vía de comunicación sería tan difícil como intentar conversar con una pared o entablar amistad con una estatua que no para de mirarte a pesar de que sabes que esos ojos carecen de toda vida.

Vi cosas que no me gustaron. Viví momentos de angustia que debería haber intentado eliminar mucho antes de llegar tan lejos. Descubrí cosas de Ella que hicieron que viera un poco más, que la niebla que tapaba mi vista fuera desapareciendo para ver como se acercaba a mí ese martillo enorme que acabó colisionando con mi cabeza y dejándome en un triste estado de podredumbre.

Me di cuenta que estar cerca del fuego que le hace arder a uno, un fuego que hace arder a más personas, puede ser tan peligroso como adentrarse en la mismísima hoguera de la angustia. Ojos que no ven, corazón que no siente. Eso es... mi error fue no creer en esa frase cuando aún estaba a tiempo (jugar a las carambolas nunca se me dio bien, y menos cuando yo no era más que una de las bolas que estaba en juego y precisamente la que más golpes recibía).

Las escasas últimas conversaciones estaban cargadas de tensión (disimulada, claro), limitadas, rodeando de manera clara y descarada lo que no se quería tocar, esquivando temas que podrían volver a destrozarlo todo, a destrozar lo que ya estaba corrompido...

Jugamos demasiado con las palabras. Abusamos de los medios puestos a nuestra disposición. Escogimos una mal vía para la amistad. Los dos realizamos mal el papel que nos tocó interpretar y, cuando éste se acabó, no supimos volver al punto de inicio como sería de esperar.

El tiempo ha pasado, pero a pesar de todo, a pesar de todo lo mal que lo he llegado a pasar, a pesar de toda la pena que se ha arrebatado de mí, a pesar de lo hundido que haya podido estar, sé que sería capaz de volver a ponerme a tiro, de volver a recibir de nuevo las cuchilladas, aparentemente bañadas de sentimientos afectivos, que me han dejado casi sin sangre y con ganas de más, con tal de repetir ciertos dulces momentos incrustados en mi cerebro para no ser olvidados nunca jamás.

Y ahora...

Ya nada es como fue. Ya nada nunca será como fue. Una historia incompleta en busca de un final oficial que no acaba de encontrar.

Mi mente y mi cuerpo añoran y anhelan esa sonrisa que ya no disfruto, esa voz que ya no escucho, esa carita que ya no me mira, ese cuerpo que ya no observo y que deseo con locura.

recuerdos
plasmados
inolvidables
- yo -
olvidables y
arrinconados
- Ella -
desintoxicación
imposible
mono
industrial
coto
vedado
tierra lejana y prohibida
nostalgia autosuficiente
corazón enfermo
yace sobre la arena
mientras el agua se lleva
los últimos brotes de vida


... y comprendan que mañana no pueda aún levantar la cabeza y mirarla a los ojos sin sentir un estremecimiento...

Aquí debería acabar
lo que nunca se dio...


Damien, 12/09/99