A la mujer que me quitó la vida

A la mujer que me quitó la vida yo le diría que pensara en el motivo que causó mi partida hacia el otro lado, que piense en el pasado, en la época en la que yo no pensaba ni de lejos en la posibilidad de que ella, con la que yo planeaba compartir mi vida, acabara asestándome el peor golpe de todos, en esa época que los dos vivimos en la que uno cree saber o sabe que cree que la persona que tiene al lado es la mejor de todas y que no hay ninguna mejor ni aquí ni en ninguna otra parte.

Le haría pensar en el fallo de la relación, en la tara de la unión de los dos, en los errores que fueron pudriéndolo todo poco a poco, en cuál fue la chispa que hizo encender la mecha que condujo a la explosión que me llevó a la tumba desde la cual ahora escribo sin aparente rencor y con el pensamiento lleno de preguntas, mientras un poco más abajo, en el pecho, el corazón se me parte de pena y de rabia por no entender ni el porqué ni el cómo ni el qué.

La miraría fijamente para que viera que en mi mirada no hay ni un solo atisbo de maldad, que supiera de veras que sólo pretendo llegar a un puerto donde descansar de esta aflicción que arrastro desde el día que morí y supe que quien me había matado era la persona que más deseé jamás.

La acariciaría, si ella me lo permitiera, con mis ya descompuestas manos para que la suciedad y la porquería producida escapara y la carne muerta cobrara vida al tocar la suave piel que imagino que aún debe cubrir a la que fue la mujer de mi vida, la vida que un día me perteneció...

Aquí todo se hace eterno. He perdido la noción del tiempo y no se abre la tapa que me separa del resto del mundo. Condenado por el amor de una mujer que no me amaba, condenado por mi pasión hacia un cuerpo que no sentía por mí lo que yo por ella tan ciegamente experimentaba.

A la mujer que me quitó la vida yo le diría que me la devolviera, que, por favor, volviera a mí, aquí, en este mausoleo en el que tantos otros como yo han perdido cada átomo de existencia y aguardan en sus respectivas cajas ya sin añejas esperanzas de una mano salvadora, para ayudarme a descubrir el exterior y experimentar de nuevo el aire rozando mi turbia cara.

A la mujer que me quitó la vida, volvería a amarla hasta que me quitara de nuevo la vida... o le quitaría yo la vida, para que aquí descansara conmigo.

Sería una estupidez creer que todo lo pasado, pasado está. Al final siempre queda lo peor, que es lo único que hay, y ante la falta de variedad y novedad, lo viejo y malo siempre permanece en la garganta, para amargar días que debieran ser normales y fundirlos en negro dolor.

Damien, 13/02/00