
| Combustión
- Ardiera mi Carne |
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| Debiera acercarme a la joyería más cara
de la comarca, enmarcada y establecida desde hace generaciones en el centro de la ciudad. Entrar en ella, dirigirme sin perder tiempo a la simpática y guapa dependienta, mirarla a los ojos con una mirada seria y profunda y disponerme a pedirle que me muestre los encendedores más caros y elegantes que tengan en su haber. Una vez que la mesa esté repleta de éstos, escoger el mejor, el más caro, el Zippo bañado en oro de 36 quilates, cubierto en parte con pequeños diamantes cuya inscripción me recuerda que sólo corren 1000 ejemplares en todo el mundo. Una vez pagado el objeto de gran valor con mis últimos ahorros, bien guardado y protegido por una caja de metal con llave y candado, dirigirme a la oscura y fría morada que me espera con las puertas cerradas. Al llegar, descolgar todos los teléfonos, ya que la tarea que se me plantea merece toda mi concentración y dedicación exclusiva. Abrir la puerta de mi sala de trabajo, cerrarla acto seguido, encender todas las luces, que me den una visión total para ver todo con suficiente claridad y sentarme en mi butaca, algo gastada, de tal manera que ésta y yo seamos uno al acto. Una vez dejada la metálica caja sobre la mesa, antes de abrirla, disfrutar de la generosa perspectiva que me está permitido gozar durante el rato que yo desee. Introducir suavemente la llave en el candado, girarla 90 grados hacia la derecha para poder abrir la caja, acto que, con sumo cuidado, haría que tuviera ante mí el hermosa tesoro que, para sorpresa de la vendedora, ya es mío. Una vez dispuesto en mi mano el valioso objeto, respirar hondo, bien hondo y, acto seguido, emprender la noble labor que dejara preñada a mi mente hace tiempo... ...acercar la llama a la pared cubierta de pósters, papeles y recortes varios, y así dar comienzo al ritual que ha de finalizar con todo mi pasado, con todo lo que he sido, lo que he hecho y lo que he pensado. Con todo lo que fue, con todo lo que es y con todo lo que ya no será. ...Y de paso, aprovechar y consumirme yo mismo dentro de esta habitación infernal que arde, ahora sí, con el fuego real y físico producido por ese Zippo bañado en oro de 36 quilates, cubierto en parte con pequeños diamantes cuya inscripción me recuerda que ahora ya sólo quedarán 999 ejemplares en todo el mundo... |
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| Damien, 28/12/99 | |
