De pronto me doy cuenta que estoy en un antro de mala muerte, uno de
esos lugares que no frecuento ni por asomo, uno de aquellos locales que atraen a tantas y
tantas masas mientras que a mí me crean malestar y una interminable confusión interna.
Sentado sobre 4 maderas perpendiculares al suelo y una tabla que las une a todas ellas y
que soporta el peso de mi culo y del resto de masa carnal de la que estoy formado, echo un
vistazo a mi alrededor haciendo uso del sistema de alerta que tan gastado está ya.
Analizo los sujetos que mis ojos vislumbran y me repito mentalmente que todo pertenece a
un simple sueño, que no es real, que de nuevo he vuelto a inmiscuirme en delirios
infernales a los que ya casi estoy habituado, que todo, tanto el lugar donde me hallo como
yo mismo y la gente que hay aquí, es pura ficción, muy bien conseguida, pero al fin y al
cabo ficción, irreal.
Pero no. Me encuentro en un bar, en uno de mi ciudad, sin saber cómo he llegado hasta
aquí, si he sido invitado por un par de ojazos, o si he venido por mi propia cuenta, o si
todo esto forma parte de una pesadilla.
Supongo que lo soportaré...
A mi lado se encuentra una chica muy bonita. La conozco. Creo. Es una Cara Conocida que me
ha traído hasta aquí, que me ha convencido después de insistirme con tenacidad,
consiguiendo así lo que tantos otros habían intentado antes en vano (cosa que siento de
veras).
Pero... estoy solo en este lugar. El ruido que produce la gente me hace sentir algo
confiado. Supongo que todos están suficientemente ocupados o entretenidos como para
fijarse en mí. Así pues, decido olvidarme del resto y, como siempre, pensar en mí,
adentrarme en mi oscuro mundo interior.
Devuelvo la mirada al frente. Tengo delante de mí una botella de cerveza de tamaño
medio, una botella que es nueva para mí, de la cual no podría extraer más que mal gusto
para el mañana y ganas de rotar estentóreamente.
De pronto, de golpe, me siento un extraño, ajeno a todo este mundo que me envuelve como
una tela de araña pegajosa a la espera de ser devorado por el hambriento depredador.
De pronto, sobretodo, me sé muerto, sabedor de que no hay ni una sola parte de mi cuerpo
con vida, portador como soy de la enfermedad, de mi enfermedad.
Lo intento y me repito que lo he intentado muchas veces, quizás demasiadas, pero me doy
cuenta de que no hay manera de amoldarme a la sociedad, de que no encajo en la vida que se
me ha dado, de que no sé convivir con el resto, ni soportar un día más lo que me ha
tocado vivir.
Resulta extraño como, después de tanto tiempo sabiendo que en el fondo no pertenezco a
todo esto, un buen día, sin prepararlo siquiera, levanto la cabeza y veo la realidad
encima mismo del mundo irreal que quiero respirar, me veo apartado de todo el enjambre,
expulsado sin palabras de perdón ni excusas del planeta donde se supone que debo existir
y, quizás algún día, amar y ser amado, procrear y, finalmente, morir.
Parece como si no tuviera suficiente, como si el haber legalizado el que no me siento
átomo de la Tierra, ni pieza de este gran puzzle, debiera llevarme a conclusiones a las
que antes no llegué, cosa dudosa, después de tanto tiempo consciente de mi frustración,
de una de mis muchas frustraciones.
En un sólo día, en un sólo instante, y de pronto, me he dado cuenta de que si pretendo
seguir por aquí tendré que luchar mucho, más de lo normal, por que soy en el fondo pez
fuera del agua y sin ésta no puedo respirar, no puedo existir.
Pero yo no estoy preparado para luchar. Soy un perdedor nato.
Ni siquiera el sol, que se cree portador de vida, que es creído como tal, consigue
arrancarme la sonrisa que la visión de mi vacío e inexistente futuro me ha robado.
Los días son oscuros, y cuantos más pasan más negro es todo. Sé que no hay solución,
que ya es demasiado tarde. Estoy predestinado a sucumbir ante mi propia vergüenza, ante
mi propia miseria. Me ahogo en ella y no encuentro manera de escapar.El Infierno no puede ser peor que esto...
|