Gaviotas & Mazmorras

Mi espalda reposa sobre la cama. Mis piernas caen al suelo y mis pies entran en contacto con él. Mi cabeza reposa sobre las manos, que a su vez hacen lo propio sobre la colcha mientras mi vista se pierde, como millares de veces, en el techo. No sé qué intento encontrar ahí arriba...

Dejo que pase el rato. El rato pasa, el tiempo pasa y aquí no pasa nada. Nadie llama, nadie viene, nada se oye y nada se espera... Esto está muerto. Yo estoy muerto, más muerto de lo que pensaba.

Llegó el tiempo de cambios. De algunos cambios.

Pensé hace unos largos meses que cambiar de ciudad, cambiando así de casa y quizás de aires, algunas cosas también cambiarían. Pensé que algunos de "mis temas" mejorarían, que llegaría a encontrar algo de luz, pero estaba muy equivocado...

Incluso existían epicentros importantes que se habían convertido en el foco de mis intenciones, en el punto de mira, pero todos ellos, uno tras otro, se fueron convirtiendo en desastrosas derrotas y decepciones que me hicieron sentir una vez más El Gran Frustrado, el bufón del reino.

He cambiado de celda, pero sigo recluido en la misma prisión.

En esta mazmorra, a pesar de todo, no estoy solo. No estoy acompañado de quien quisiera, pero hay otros tipos de vida aquí. Sus ruidos, sus rugidos, delatan su presencia.

Las gaviotas que abundan en estos sitios, tan cerca del río como estoy, gimen y gimen y no paran de producir sonidos de tal modo que, sea de día, de noche o de madrugada, que es cuando más se hacen notar, eres consciente de su presencia.

El ruido que emiten es de todo menos normal. Un ruido que se te mete dentro, bien dentro, en el cerebro y que no te deja tranquilo ni te deja olvidar.

A altas horas de la noche, cuando intento en vano dormir, y las escucho gritar, me pierdo en mi abismo sin saber si están llorando o se están peleando entre ellas, si simplemente se comunican o gritan de agonía por que las están matando.

A mí me están matando.

Podría confundir su graznido con el grito de horror mudo que emite mi corazón, con el terror de mi innegable película, con el miedo que corre por mis venas...

Pero no son ellas las únicas que me llenan de pánico. También los fantasmas vagabundean en ésta su terrible guarida. Están en todas partes: en las cañerías, cuando llega el frío invernal, en las paredes de mi habitación, debajo de la cama, en mi mente... moviéndose rápida y dolorosamente de un lado a otro, produciendo zumbidos casi tan horrorosos como los que a su vez emiten las gaviotas.

Esté aquí o allá, allá o aquí, hay cosas, sentimientos, pensamientos, sensaciones que no me dejan tranquilo, ni solo, ni morir en paz, pesadas cadenas que arrastro mermado de fuerzas que hacen que mis pasos sean lentos, hacia atrás...

Por muy lejos que esté de casa, por muy apartado que me encuentre de la sociedad, el miedo y la tristeza me acompañarán allá donde vaya, infatigables camaradas de viaje, hasta el último viaje.

Soy el embajador de mi propia miseria, y como tal allá donde vaya la llevo conmigo y la exploto como si de un producto beneficioso se tratara.

Atrapado en la cárcel de la vida, entre gaviotas y mazmorras.

Mi vida es una prisión
de la cual no hay escapatoria
.


Damien, 23/12/00 - 25/03/01