La Soga


Es blanca, de esparto y muy bien trenzada.

Guardada bajo mi cama, escondida, en la noche, en la oscuridad de mi habitación, aguarda el sagrado momento en que la saque de su fiel descanso, de su diario letargo.

Cada noche, a la misma hora, en las mismas condiciones, me ejercito con ella. Reluciente como es, le doy un respiro, la dejo salir de ese espacio claustrofóbico que la protege y la resguarda para mí.

Cuando sé que nadie me va a molestar, me levanto impaciente de mi lecho para proceder con precaución y silencio absoluto al rito de preparación creado por mí mismo, aunque ejecutado antes, de manera similar, por muchos otros.

Acerco la silla más alta de la habitación, me subo a ella y desde allí coloco la cuerda de la misma manera que tantas y tantas noches he practicado concienzudamente, obstinadamente.

La parte alargada queda bien atada al saliente posterior del gran guardián de mi habitación que es el armario, de tal manera que no se suelte por más peso que la estire desde lado donde me encuentro yo.

Y una vez más, en medio de todo ese silencio, rodeado de los mismos objetos y muebles inanimados que me ven cada día desnudarme con la misma poca gracia con que me visto, la cojo, la acaricio con mis dos sedientas manos. Navegan las yemas de mis dedos por cada surco de la cuerda, la froto, quiero notarla bien, saber que está entera y que es la correcta, que no me fallará en el último momento.

Una vez que queda claro todo, que, como las otras veces, está en perfectas condiciones, la elevo delante mío mientras separo sus extremos de tal manera que mi cabeza pueda pasar por ella.

No puedo describir la sensación que siento en ese mismo momento, en el momento en el que paso a ver las cosas desde ese nuevo nivel, desde la breve y escasa distancia que me separa de la muerte.

La ajusto a mi cuello (cuántos plebeyos murieron así antaño, infame Muerte?). Soy mi propio verdugo, vicario de mi propia existencia.

Como tantas otras noches, me quedo en esa posición rígida, estática, que tanto he practicado de manera intensa para no errar el último día, el día que quiera ser por fin libre, el día que decida saltar al genuino vacío, al otro lado.

Pienso rápidamente en todo lo que me rodea, en lo que tengo, en lo que no tengo, en las ganas que tengo de morir y en las ganas que tengo de seguir vivo. En las personas que más me marcan y en las que más momentos deposito.

" El lazo se estrecha al máximo, interrumpe la circulación de la sangre. Ésta deja de llegar al cerebro y lo mismo sucede con el oxígeno. Se produce la asfixia que llega a su fin con una última sacudida, un último, grotesco e inútil intento de sobrevivir. "

Escucho un gato de la calle y un grupo de gente que pasa riendo a carcajadas. Pasa un largo - eterno - rato. Decido deshacer todo lo que he hecho hasta ese mismo instante, volver sobre mis pasos, finalizar el rito.

Quizás algún día haya más suerte, quizás mañana sea el día apropiado para morir.

Me aguarda escondida La Soga que ha de poner fin a este sinsabor, a este sinsentido.


Damien, 20/09/99