Odio los lunes. Y no por tratar de parecerme a Bob Geldoff, ni porque sea el día que
precede al domingo, sino simplemente porque el lunes acumulo la resaca del domingo que es
triste y de mierda, que tanto fútbol y vida familiar me hartan hasta las pelotas y
entonces, los lunes recuerdo el domingo anterior y el veneno me carcome las entrañas y
sólo quiero salir a cazar pajaritos o descuartizarlos con mis propias manos, luego si no
he encontrado ninguna pequeña plumífera víctima, me odio a mí misma y odio ese lunes
del carajo... Pero también los jueves son insufribles, porque todo lo que anda por ahí
en medio, siempre es un estorbo y merece que le den diez mil patadas en el culo, al igual
que los miércoles, que odio con todas mis bajezas mayores ya que paso el día pensando
que el siguiente será jueves y eso me amarga la existencia.
Cuando llega el viernes, casi siempre por las mañanas no hay café hecho y entonces se
empieza a apoderar de mi persona un odio ilimitado que sólo apaciguo si de casualidad
nadie me dirige la palabra, cosa que es imposible ya que todos tienen la puta costumbre de
hablarme en los días que más odio; por cierto el viernes es asqueroso y estúpido aunque
haya café en el termo y aunque el sol brille, porque odio los días luminosos. Tal vez es
por eso que los sábados me resultan repugnantes, toda esa gente preparándose para salir
de compras, o planeando días de campo junto a esos seres detestables que son los niños
berreando todo el tiempo, con los mocos colgando y desperdiciando la vida en juegos
estúpidos, en aprender cosas que no les van a servir para una mierda jamás.
Definitivamente las semanas no debieran existir, ni los meses, ni los años, ni el tiempo
en sí mismo, mucho menos esos aparatejos del demonio que muchos creen llevar en sus
muñecas con una ingenuidad que odio.
Hay un día que no odio. Es el martes. Los martes me levanto a las cinco de la mañana, me
pego un baño y luego me tomo una botella de vodka, o ginebra, o whisky, según lo que
haya, la voy acompañando con algunas pastillas de Alplazolam y me acuesto nuevamente a
dormir la mona.
El miércoles odio no recordar el martes y así es que el ciclo recomienza nuevamente.
Creo que un día de estos (no sé cual de la semana), el día en que más odio sienta,
decidiré ser una buena ciudadana y saldré a comprar el pan, hablaré con las viejas
putas que me rodean y me odian y miraré el cielo sintiendo bien a fondo todo el fastidio
y las rabia acumuladas, sacaré un hacha de mi cartera y comenzaré a degollar a cuanto
transeúnte se me cruce en el camino. No sé qué día será esto, ni de que semana, ni de
que mes, por las dudas mi recomendación es que se queden dentro de sus casas gozando de
sus inmundas felicidades y aprovechen sólo los martes para ir a comprar víveres y hacer
vida al aire libre, pasear a sus imbéciles perros y todas esas estúpidas cosas que hacen
y que odio con todo mi odio.
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