Quiero que existan los Reyes Magos!


Ya ha llegado la puta Navidad. Otra vez. Ahora se supone que tienes que querer a los imbéciles de tus prójimos, como si los muy cabronazos hubiesen hecho algo para merecerse tu respeto. ¿Y cómo se supone que debes mostrar este repentino amor? Pues claro, jodiéndoles y siendo jodido por ellos con regalitos odiosos, como buenos esbirros del Corte Inglés que somos todos.

Es una pena que los Reyes Magos no existan. No es sólo que nos gustaría darles por culo con un cactus si fuesen reales; es que si existiesen iba a acabarse mucha de la mierda asociada con las Navidades. Para empezar, nada de perder tiempo, dinero y paciencia comprando gilipolleces; tan sólo tendrías que escribir una carta, y todo el mundo conseguiría lo que quiere mintiendo una única vez.

Se acabaría el ser un hipócrita. Ya no te haría falta sonreír a tu tío Pelayo cuando te regala otra cartera de piel ecológicamente irresponsable. Ni él tendría que sonreírte a tí cuando le regalas una camiseta negra con una foto de "Digestiones Agresivas" en concierto, con el batería chutándose y salpicando de sangre los bombos.

Pero es que además conseguiríamos que la gente recibiese lo que se merece. Acuérdate de la cabrona de tu hermana, que estudia química y allá por mayo le dio una capa de yoduro de nitrógeno al inodoro y después te dio a comer unas galletas de "chocolate" que en realidad estaban llenas de azul de metileno. Cuando fuiste a mear no sólo te salió el pis azul, sino que ardía al tocar la porcelana.

La muy hija de puta estaba preparada con su cámara y te sacó fotos mientras gritabas histéricamente con la polla al aire, para luego repartir copias a todos tus amigos. Pero claro, como ahora es Navidad, tu hermana está esperando que tengas un detalle con ella. Y tú, que eres un pasmao, no te vas a atrever a regalarle un paquete bomba con varios kilos de cuchillería haciendo de metralla, lo cual es una lástima, porque con un poco de suerte también podrías acabar de matar a la abuela.

Ah, pero imagínate que los Reyes Magos existiesen. Ellos se encargarían de que tu hermana recibiese un consolador hecho de goma-2 con detonador interno activado por vibraciones, y un pijama impermeable ultra-resistente para retener juntos todos los pedazos de cerda, embolsándolos convenientemente para poder tirarlos a la basura.

Otra ventaja de que fuesen profesionales los que hiciesen los regalos de Navidad es que no tendrías que preocuparte por encontrar un sitio visible en tu casa para lucirlos. Imagínate, tu jefe quiere mandarte otra de esas estúpidas estatuillas de marfil que tanto le gustan a él. Tú tienes todas las vitrinas de tu casa llenas de regalos de Navidad que has usado tan sólo para criar polvo.

Sin los Reyes Magos está claro lo que pasará: tendrás que amontonar más basura en tus estanterías, que cualquier día cederán bajo el peso de toda la quincalla acumulada. No es que te importe mucho, porque para eso son las estanterías, pero el problema es que dentro de cuatro años te visitará tu tía Isidora, que no será capaz de ver entre tanta mierda aquella virgencita fosforescente que te trajo de recuerdo de su visita a Lourdes. Y claro, al no verla se va a mosquear contigo, porque sospechará que lo mismo no te encantó.

En cambio, si existiesen los Reyes Magos, le escribirían una carta de respuesta a tu jefe diciéndole que se niegan a fomentar el mercado negro de cuernos, así que en vez de regalarte la estatuilla de marfil te han dejado un jamón pata negra que ocupa espacio sólo en tu barriga. Y le mandarían otra carta a tu tía Isidora, diciéndola que está a punto de morirse y que debe tener en su propia casa la horterísima figurita radiante de la Virgen para poder rezarla durante 14 horas diarias el resto de su vida.

Pero como los Reyes Magos no existen, nos tenemos que ir a hacer las compras de Navidad con las coderas de pinchos y el subfusil de asalto escondido en la bragueta, y aún estamos agradecidos de que todavía no sean las rebajas de enero. Pues mira, si somos así de imbéciles, nos jodemos.

Justin McDuro, 30/10/97