Lo siento dentro de mí. Está en todas partes, en todas las partes de mi cuerpo.
Siento como corre por mis venas como un virus mortífero que usa mi cuerpo para subsistir,
para engendrar nuevos seres como él, alimentándose de mis órganos, de mi vida, de mi
existencia...
Después de épocas pobres y tranquilas, en las que la paz es la predominante en mi
vida, cuando menos deseo odiar, siempre vuelve para quedarse más tiempo que la última
vez, empezando así una batalla interior, entre él y yo, entre el odio y mi razón, a ver
quien puede más, si él o yo... al final siempre vence el odio y vuelve a su lugar de
origen, yo.
Y cuando llega a mí empiezo a sentir aversión hacia la gente, empiezo a odiar a todo
el mundo, los que me rodean y los que no, los más allegados y los más lejanos. Me vuelvo
antipático, irascible, irritable, violento... Desconfío de todo y de todos,
produciéndose así un alejamiento y un aislamiento poco agradable. Intento rechazar lo
que me está absorbiendo pero sé que no puedo luchar contra algo tan poderoso.
El odio viene a mí de distintas formas, pero la envidia, la rabia y el ego son los
disfraces más usados por él en esta orgía de negatividad hacia los demás y hacia mí.
Hace tiempo que sé que ni mucho menos estoy a salvo de esta matanza mental que arremete
cada vez que mi cerebro está infectado por esta enfermedad basada en la aversión.
La envidia me corroe por dentro. La envidia es la principal entrada del odio: no la
única pero sí la principal. Quizás sea ésta la envidia que me llevaría sin ningún
tipo de dificultad a clavarme un machete en el cráneo repetidas veces hasta reventar, la
que me llevaría a golpear con la cabeza contra la pared hasta que perdiera el sentido o
la vida, la que me llevaría a destrozar casas enteras con un bate de béisbol o con mis
propias manos, hasta que tuviera que parar agotado o hasta tener un ataque al corazón por
la exaltación... quizás sea la detestable envidia que hace que no pueda actuar de manera
normal ante ciertas personas, ante ciertos actos, ante ciertas palabras o ciertas mierdas
diarias difíciles de soportar...
Siento como el mundo no me quiere, siento como los demás son felices mientras yo me
sumo en la pobreza interior y exterior, siento con mis propias venas como mataría a esa
gente que es feliz sin parar para poder liberarme de este suplicio que es el de tener que
odiar, por no tener, hasta lo que uno más desea en este mundo...
La venganza, el asco, la ira descontrolada, la necesidad de golpear y de gritar con
todas las fuerzas al son de alguna canción que exprese lo que siento con la misma
intensidad con la que lo vivo, son algunas de las cosas que más experimento durante mis
oscuras épocas de frentes arrugadas, brazos cruzados, puños apretados hasta sangrar y
miradas perdidas llenas de muerte.
El miedo a actuar siguiendo los desesperados gritos de matanza me llena luego tanto
como el mismo odio, que no contento con conducirme a pensar cosas mezquinas y poco nobles,
cuando me deja lo hace con un sumo amargo sabor de boca, sabiéndome así de ruin, así de
escoria por ser capaz de desear el mal a los demás, a personas que sé de sobras que no
se lo merecen pero que, por alguna estupidez u otra, se han cruzado en mi camino algún
mal día. Quizás algo que han hecho, estando yo en plena época receptiva o llena de
odio, ha resultado altamente contrario a mi ácida placidez por lo que yo me he visto
inducido, obligado por "el ser" que reina en mí, a rechazar de alguna de las
maneras más burdas y desastrosas que uno se pueda imaginar.
Y luego, cuando el odio me abandona, me deja el recuerdo y la presencia de la gente con
la que me he portado mal, me deja regalos en forma de cuerpos, de vidas que no quieren
relacionarse conmigo, que piensan mal de mí por lo que hago, por como actúo, de mentes
que saben que ya nunca mereceré su confianza, quizás ni una pizca de la misma que obtuve
por méritos propios antes de ser acometido por el invasor que absorbe mi esencia y que la
transforma en nada, en pura pulpa, en simple líquido viscoso que permanece por el suelo
para ser pisoteado, chafado, escupido por los demás...
Y siguiendo al sistema, el sistema que nos domina al fin y al cabo a todos, como me veo
obligado a seguir dada mi situación social, moral y familiar, mi odio se crece aún más,
se hace más poderoso batiendo sus alas con arrogancia, destrozando las puertas de
cualquier cementerio que se preste a morir bajo su mirada, a romper las olas más
devastadoras y que más muertes hayan traído a este mundo... por que al fin y al cabo, el
odio que me llena, que me mantiene en pie, el que hará que acabe mis días solo,
arrepentido y viciado, es el mismo odio que llena a tantas personas en este mundo, a
tantos gilipollas que empiezan, prolongan o incrementan guerras que no hacen más que
acrecentar el número de muertos, el número de familias incompletas, así como a tantos
personajes que se han hecho valedores de un nombre en los periódicos o en las
televisiones de todos los países por haber cometido algún crimen contra alguien en
concreto o contra la humanidad en general. Movidos por el odio han torturado, han hecho
agonizar y han matado tanto como ellos mismos estarían antes o después torturándose,
agonizando y muriendo.
El odio me ofusca. Me deja ciego y no puedo ver la realidad, la vida tal como es. La
veo como el odio deja que la vea, a su manera, como él quiere que la comprenda, haciendo
que mis actos sean incorrectos, equivocados, seguidores del erróneo camino de este gran
mal ante el que me veo de rodillas como si de un dios se tratara. Y esos actos tienen
nefastas consecuencias para mí: no podía ser de otra manera.
El odio que me mueve y me incapacita en muchos momentos de mi vida es mi principal
enemigo y lo llevo pegado en el fondo de mi alma, originado y creado por la falta de algo
que nunca encontré y que posiblemente nunca busqué... el odio permanece en mí,
acechando, a la espera...
"El amor y el odio están separados por una línea demasiado
fina..."