Los otros hombres de negro


Se pueden encontrar en todas partes, en cualquier país, por extraño éste que sea, por perdido que esté, ya sea un lugar rico o un lugar pobre, ellos estarán allí.

Todos se caracterizan por que suelen tener cara de buena gente, de bondadosos, de gente de paz que nunca rompería un plato o que nunca perdería la razón por nada del mundo. Personas que repudian las batallas, las guerras y las muertes y que apuestan, supuestamente, por la paz y el amor mundial. Sus ropajes también los identifican, quizás aún más que sus a veces patéticas caras, siendo éstos normalmente de color negro con un cuadrito blanco en el cuello o, en algunos casos en los que su nivel de poder es mayor o cuando se hayan realizando algo que para los de su especie es especial, visten simplemente con túnicas de color blanco.

A pesar de que pueda sonar extraño, todos están casados con una misma persona, aunque ellos no se atreverán a definirla como tal, como persona. Para ellos no sólo es mucho más que eso sino que lo es todo, y lo más curioso de todo es que esa persona no es de sexo femenino, aunque de nuevo aquí ellos te dirán que quizás no tiene sexo. Lo que sí es seguro, es que lo identifican con una cruz, ya que cuentan sus escrituras más antiguas que éste murió crucificado.

Lo adoran hasta tal punto que, cegados por su supuesta luz, esa misma luz que habría que ver en cada guerra, en cada muerte, en cada pobre, intentan que los demás veamos lo mismo que ellos, que el resto de los mortales amemos a ese dios al que llaman Jesucristo o simplemente Dios, con mayúsculas, como si por cada nuevo fiel que consiguieran se llevaran una comisión de sus jefes más allegados.

A pesar de que pueden intentar convencerte cualquier día de que su doctrina es la correcta y que hay que dejar las demás religiones para unirse a la suya, que es la verdadera, la adecuada y la que lleva el sello de producto recomendado, suelen optar por los domingos como su día nacional, el día en el que más indecisos con el cerebro o bien vacío o bien en vías de extinción, los mismos que se suelen autodenominar cristianos, católicos o apostólicos, se dejan llevar, como si de ovejas se tratara, a los lugares sacros, en busca de su pastor. Iglesias las llaman ellos, unas catedrales y edificios de formas curvadas y alargadas provistas algunas de una o dos cúpulas, donde en grupos de decenas a cientos se disponen a escuchar lo que uno de estos personajes tenga que decir, siempre siguiendo un gran libro al que llaman Biblia que es donde están narradas las aventuras de su dios así como la de otros tipos que, como ellos, consiguieron conquistar parte del mundo con su credo, con sus frases de esperanza y salvación que siempre se quedaron en eso.

Y es que muchos no quieren recordar que los que ahora, vestidos de negro, se dedican a pedir cosas como la igualdad entre razas, el amor por el prójimo o la solidaridad con los demás, durante una larga época, por no decir durante largos y difíciles años, se dedicaron a vivir del dinero de los demás, a cobrar impuestos a los pobres campesinos, a quemar a los que ellos llamaban herejes, que a falta de la existencia de la libertad de expresión, fueron quemados, genios algunos, impostores el resto, pero todos humanos y con derecho a expresarse, como prueba del poder que tenía lo que estos personajes representaban en esa época, como prueba de que la religión que pregonaban era la que se iba a hacer con el poder del mundo.

De hecho hay mucho misterio que rodea a estos personajes que tienen prohibido el sexo o el ocio tal como muchos lo conocemos y que tienen que dedicar su vida al "semejante", muchas cosas que no se saben y se suponen, así como muchos de ellos que siguen robando el dinero al prójimo más que conseguir un poco para poder ayudarle, mostrándose en la televisión predicando de manera despreciable e intentando conseguir cada día una audiencia más grande que haga saltar los números de su cuenta bancaria y ganar puntos ante su dios.

Y lo más triste de todo es que en el mundo hay millones y millones de seres devotos a su fe y sus creencias que harían cualquier cosa por tener asegurado el cielo que su religión les promete a cambio de portarse bien, ya sea humanitariamente, en cuanto a moral, o monetariamente, cosa que deben apreciar más nuestros hombres. Millones de personas en el mundo que por querer aparentar llegan a los extremos de ir los domingos a las reuniones única y exclusivamente para que el vecino o la familia amiga no diga que ese día no fueron o que no son tan creyentes como ellos, algo mucho más despreciable que los que sienten de verdad la necesidad de encontrarse cada domingo en un sitio santo o de rezar a quien le apetezca.

Todos bajo el auspicio del gran caudillo sideral, del gran jefe transparente, inactivo, invisible, una entidad que está más allá de todas las explicaciones y, por descontado, de todos los intentos por demostrar su existencia y su "buen" hacer en este mundo.

Son los misioneros de Dios, los conquistadores en nombre de Cristo, los predicadores de una fe que se sustenta en una religión, ESO en nombre de lo cual se han producido las mayores guerras del planeta.

Ellos son los curas, los otros hombres de negro.

(y a muchos de ellos los encontraremos en el Infierno, abandonados por su dios para que rediman sus pecados...)

Damien, 18/10/98 - 27/07/99