Ariyo (psicodelia recomendada para una tarde de semi invierno con aires de fantasía y Dalila, de labios eternos, con antenas parabólicas lejos de aquí)

 

Nos encontramos en una sala espaciosa pero no demasiado grande, para que nos pudiéramos oír sin tener que gritar. Supuestamente tenía que haber un poco de tensión, al menos al principio, así que pusimos a quemar incienso para que el ambiente fuera más místico, más relajado. Podríamos haber optado por otras técnicas, como por ejemplo un porrete, pero quizás eso nos hubiera adormecido demasiado como para poder llevar a buen puerto el principal motivo por que el nos habíamos dado cita en ese magnífico lugar.

Una vez allí, en un estado de semi oscuridad, los dos nos quedamos de pie durante un rato, frente a frente, mirándonos a los ojos tímidamente pero de manera imperturbable, sin posibilidad de apartar la vista de los ojos del otro, intentando encontrar el alma a través de nuestros negros iris.

Como si los dos estuviéramos controlados por exactos y sincronizados cronómetros, nos dispusimos en un mismo instante a sentarnos en el suelo, dándonos las espaldas. A parte de la alfombra, que evitó ensuciar nuestros culos, nos sacamos los zapatos para estar más cómodos y para que el nivel de buen rollo fuera todavía más grande.

Sentados, juntamos nuestros cuerpos de tal manera que tu espalda se apoyó en la mía y la mía en la tuya, y lo mismo hicieron nuestras cabezas, que suavemente se dejaron caer sobre la del que teníamos detrás nuestro.

Ese momento fue increíble, ya lo sabes. Fue una sensación difícil de olvidar, la de sentir al otro de esa manera, de sentir que uno estaba recostado en el mejor asiento existente, sentir tu respiración, al principio algo movida e inquieta y luego más calma, más pausada, a través de mi espalda. Imagino que tú sentiste algo parecido; de hecho, así me lo hiciste saber después.

Allí, colocados de esa manera, mientras el humo producido por el quemar del incienso subía lentamente, formando serpenteadas y largas curvas hacia el infinito y haciendo que se respirara ese olor tan característico y pseudo-hippy, deseamos que se detuviera el mundo, que pararan todas las máquinas para que los dos pudiéramos disfrutar del irrepetible momento que nosotros, un buen día, nos habíamos propuesto disfrutar.

Empezaste tú justo cuando yo quería hacer lo mismo. Lo hiciste por una de las tantas y tantas preguntas que tenías pensado hacerme desde hace mucho tiempo. Seguiste con comentarios, dudas, suposiciones e hipótesis, todas ellas creadas en tu cerebro y guardadas durante tanto tiempo para ese día, mientras intercalábamos el derecho a hablar; tú primero, luego yo hablaba, luego tú, luego yo...

Esa tarde, mientras llovía fuera y nosotros no nos enterábamos de que el mundo no había parado, que todo continuaba igual que antes mientras que los dos nos sumergíamos en el interior del otro, descubrimos cosas que no sabíamos ni habíamos imaginado, fuimos más sinceros de lo que habíamos sido nunca con cualquier otra persona, dijimos verdades demasiado profundas como para repetirlas fuera de ese contexto y nos sentimos plenamente convencidos de que cada uno decía lo que sentía en su corazón.

Nos reímos, y el ambiente se distendía con el pasar de las horas, horas que para nosotros murieron como minutos y que morían como moscas. Por fin podíamos sacar lo que llevábamos dentro sin miedo a romper nada, a cometer más errores, a tropezar con más piedras infranqueables y con ganas de ir más allá de las barreras que en un principio nos fuimos edificando, o se nos fueron edificando, sin darnos cuenta.

Después de estar tanto rato en contacto el uno con el otro, nos pusimos cariñosos de una manera angelical, cálida y perenne, de modo que parecía que esa era una más de tantas veces que habíamos repetido lo mismo.

Mi cabeza se desvió de tal manera que dejó caer su peso, y toda ella, con cuidado, sobre el lado derecho de tu cuello, encima de tu hombro. La tuya, por fuerza, hizo lo propio en mi correspondiente hombro, de tal manera que teníamos las caras una pegada a la otra, mejilla contra mejilla, calor contra calor y unas risas tirando a carcajadas mientras nuestras manos ya hacía rato que se habían entrelazado para no separarse jamás.

A pesar de que la postura era poco ortodoxa, nosotros estábamos como encajados, como piezas de Lego o Tente, una acoplada a la otra para formar una de mayor, manejada por alguien de corta edad con el fin de construir, de crear algo de la nada.

Nuestros cuellos empezaron a alargarse y a enrollarse mientras subían también hacia el techo, paralelamente al humo del incienso que ya se estaba acabando en esos momentos. Yo miraba hacia abajo mientras mi cabeza no paraba de dar vueltas a tu cuello y la tuya hacía lo mismo con el mío, como si fuéramos monstruos de cuellos larguísimos provenientes de las mitologías más añejas, de las más antiguas pre-civilizaciones.

Tuviste miedo de llegar al techo? Sí, yo también, pero como sabes, traspasamos nuestra cubierta sin chafarnos ni notar un solo golpe, sin hacernos ni un solo rasguño, y seguimos nuestro viaje al cielo sin que nos pareciera lo que realmente era, lo más extraño que nos había pasado en la vida.

Seguimos subiendo sin parar y por fin vimos las nubes, a las que igualmente traspasamos, produciendo un sordo sonido de almohadas atravesadas por una bala, haciendo que las posibles plumas salten en todas direcciones llenas de terror.

Allí arriba los colores más disparatados se mezclaban con otros como ellos, mientras nos rodeaban como si estuvieran vivos. Esa visión hizo que nuestros ojos se abrieran de par en par, al ver una gamas de tonalidades, una bárbara cantidad de matices inimaginables que, para nosotros, estaban danzando al son de una música que sólo percibíamos en nuestro interior y que quizás nos íbamos marcando al respirar.

Parecía que estuviéramos teniendo un sueño los dos, el mismo, y que encima nos encontráramos dentro de éste. Pero era tan real todo lo que sentíamos, que difícilmente podríamos creer que al fin y al cabo sólo se tratara de un sueño. A cierta edad, se supone que uno ya sabe diferenciar entre los sueños y los hechos reales, y yo todavía tengo mis dudas al respecto.

Después de dejar atrás la zona de colores, destellos y alucinaciones cromáticas, la velocidad de nuestro ascenso disminuyó a la vez que nos preguntábamos cómo podía ser que aún teniendo nuestros cuerpos allá al fondo, abajo de todo, sentados en el suelo sobre la alfombra, nuestras cabezas - o quizás nuestras mentes - andaran por estas alturas flipando como flipaban...

La caída nos metió el miedo dentro. Vimos como descendíamos hacia lo que ahora era mar, sin aparente posibilidad de parar aquella desgracia. Pero cuál fue nuestra sorpresa al comprobar que no sólo no chocamos contra esa masa líquida sino que nos desplazamos, horizontalmente, unos metros por encima de ésta, produciendo una escisión semejante a la que cuentan que produjo Moisés con ayuda de su dios para salvar a sus pobres seguidores de los egipcios.

Fue extraordinaria la sensación de ir a tanta velocidad por encima del agua mientras ésta se separaba hacia ambos lados, llegando a alturas importantes y a formarse como un túnel a través del cuál nosotros, mientras, seguíamos el camino con fin incierto bien apretados, bien juntos...

Hasta que una luz cegadora, que al principio divisamos a lo lejos, nos engulló envolviéndonos totalmente, haciendo que la sangre empezara a calentarse, a subir de temperatura de manera increible, a hervir y...

...lo siguiente que recuerdo, como tú, es a los dos, de nuevo sobre la alfombra, estirados, el uno frente al otro, mirándonos con ese atisbo de vergüenza en nuestras miradas y con esa extrañeza misteriosa en la cara preguntándonos qué diablos acababa de suceder y qué diablos iba a suceder ahora...

Ayer te ofreciste para ser mi Dalila.
Hoy te has dado cuenta que no tiene sentido, que es complicado y que es absurdo.
Mañana dejarás las viejas intenciones en el armario, junto con el resto del olvido... y harás bien...

Damien, 28/01/00