A través de las cortinas

 

  Unas cortinas blancas cubren la ventana de mi habitación. No son muy gruesas. Al contrario, dejan pasar los rayos del sol matinal sin oponer a penas resistencia. Incluso no hace falta fijarse mucho para poder ver a través de ellas aunque no hay, en apariencia, nada de interés. Sólo hay un edificio al otro lado. De la misma altura. Lleno de gente tras cada una de sus ventanas. Algunas cubiertas por cortinas blancas, como las mías. Otras, simplemente, con la persiana bajada.

    Son estas últimas las que esconden los más insospechados secretos. Puede verse bien lo que hay tras una cortina blanca, pero es difícil a través de los agujeros de una persiana. Sólo la luz de su interior puede delatarlo en ocasiones, aunque nunca con suficiente claridad. Son sólo sombras deformes, confusas, indeterminadas.

    Fue una de esas persianas las que ocultó una vez a un peligroso individuo. Era una de esas persianas que siempre están clareadas, jamás levantada. Con una luz brillante encendida toda la noche y un sujeto que pensó que nunca nadie podría verle.

    Quedaba delante mismo de mi habitación, aunque un piso más abajo. Pero, al haber cierto desnivel en la calle, desde mi ventana podía verse con muy buen ángulo. Eso no es que me importase demasiado, puesto que no solía mirar a través del cristal y no reparé en ella hasta un día muy casual.

    Ocurrió en el mes de Mayo, a finales. El Verano estaba empezando y el sol picaba ya con dureza. Hacía calor en todas partes. En mi casa, quizá, más que en otras. Era al atardecer, pero el sol no se iba. La ventana de mi habitación esta abierta de par en par y el viento agitaba ligeramente las cortinas blancas. Se produjo una corriente de aire en la casa y empezaron los portazos. Por entonces yo estaba preparando los exámenes finales y no podía soportar ni el silbido de una mosca. Así que me levanté y fui a cerrar la ventana.

    Entonces pude ver bien lo que enfrente sucedía. Había un chico de unos veinte años con la cara pegada a la persiana y sus ojos mirando a través de ella lo que debía ser la ventana de mis vecinos de abajo. Tenía una luz encendida detrás suyo, lo cual me permetía distinguir mejor sus movimientos. Parecía como si estuviese esperando algo, una señal, el momento preciso para actuar.

    Apoyó las manos en la persiana y la dobló hacia fuera. La agitó con frenesí durante un instante y luego bajó las manos hasta donde yo no podía verlas. En realidad, no las vi al principio. Pero luego, fijándome más, observé como las había puesto en la cremallera de su pantalón y la había bajado lentamente. Introdujo algunos de sus dedos a través de ella y sacó su miembro viril. Desde allí no podía reparar en detalles, pero me pareció un acto ruin y despreciable que no hacía más que degradar el honor de quien, en el piso de abajo, estuviese. Fue entonces cuando cogí el inalámbrico y llamé a los vecinos.

    Lo dejé sonar un par de veces. Entonces, aquel sujeto golpeó con fuerza la persiana esperando que, quien fuese, olvidase el teléfono y siguiese estando a la vista. Inmediatamente después, se descolgó el teléfono y me respondió una chica. Aun así yo no dije nada. Colgué y miré con atención lo que hacía el sujeto.

    Estuvo un instante sin moverse. Al menos, hasta que debió llegar de nuevo la chica, con lo que repitió lo que antes había hecho, aunque con más prisa. Empezó a frotarse el miembro con rapidez mientras abría la boca pronunciando algunas palabras que yo no podía descifrar. De vez en cuando se detenía para golpear la persiana llamando así la atención de la chica.

    Aquella fue la primera vez que lo vi, pero no la única. Me di cuenta de que lo hacía cada día aproximadamente a la misma hora y descubrí porqué. Lleguéé un día a mi casa algo tarde, más tarde de la hora en que solía empezar tan lamentable espectáculo. Antes de entrar en casa, se me ocurrió llamar a la puerta de los vecinos de abajo. Al abrirse la puerta, apareció la chica cubriéndose el cuerpo con una simple toalla de baño, con el cabello mojado y despeinado.

    - Hola - me dijo. - ¿Qué quieres?
    - Vaya, parece que llego en mal momento - me quedé dubitativo mirándole a la cara. - Creo que no nos conocemos. Soy el vecino de arriba - ella sonrió.
    - No, no nos conocemos. Aquí viven mis tíos. Yo sólo he venido a pasar unos meses.
    - Ya, claro - nos quedamos un instante en silencio.
    - ¿Vives solo? - preguntó ella.
    - No. No. Pero mis padres no estarán durante un par de semanas, han ido de viaje - me puse algo nervioso y la voz empezó a fallarme. - Bodas de plata... - ella amplió más su sonrisa.
    - Bueno - dijo finalmente. - Si quieres bajar un poco más tarde... te estaré esperando.

    Después de estas últimas palabras, la chica cerró lentamente la puerta sin llegar a borrar la sonrisa de su cara. Por un momento llegué a comprender hasta qué punto era lógico lo que ese indeseable hacía desde la ventana de enfrente. Inmediatamente después de una breve reflexión subí las escaleras que me faltaban hasta llegar a mi casa.

    Entré directamente en mi habitación y miré con descaro, sin ningún tipo de complejos, hacia la misteriosa persiana. Estaba allí otra vez. Actuando con rabia puesto que yo mismo debía haberle interrumpido.

    Esperé como veinte minutos antes de volver a bajar. Lo suficiente para que la chica se hubiese vestido y aquel sujeto hubiese terminado su degradante afición.

    La misma sonrisa con la que había cerrado la puerta antes apareció nuevamente, aunque con algo más de ropa. Llevaba una camiseta blanca muy ajustada en la que se marcaba ligeramente un top de color ligeramente más oscuro. También unos tejanos azules que no disimulaban, ni mucho menos, las curvas de vértigo que en su interior se escondían.

    Lo cierto es que la chica era realmente guapa. Su cabello, de un moreno oscuro, ondulado y desordenado, caía sobre los lados de su cara sin taparle unos ojos de mirada penetrante. Nariz chata y labios enormes. Llegué a preguntarme si las aficiones del señor de enfrente eran innatas o se debían a la presencia de tan bella diva.

    Me invitó a pasar y fuimos a parar al comedor. Me ofreció algunas bebidas de las que yo no supe escoger. Finalmente eligió ella la que mejor le parecía y me la sirvió en un vaso largo y estrecho.

    - Bueno - dijo una vez instalados. - Todavía no me has dicho tu nombre. Yo soy Sara...

    En aquel momento sonó el teléfono. Ella desapareció por la puerta en dirección contraria a lo que yo suponía su habitación. Con sigilo me levanté y me dejé llevar por la curiosidad hasta la ventana que debajo de la mía estaba.

    Al igual que la mía, la ventana de Sara tenía unas cortinas blancas y finas por las que era fácil ver el exterior. Al parecer, la chica no sospechaba que desde fuera alguien pudiese estar observándola cada día.

    - Ah, estás aquí - dijo ella entrando de repente.
    - Tienes unas cortinas parecidas a las mías. De esas que no te libran del sol ni te sirven para nada. Creo que mi habitación merece un pequeño repaso.
    - ¿No te gustan mis cortinas?
    - Parece que puedes ver a través de ella lo que hay ahí delante, ¿no?
    - Sí - dijo con picardía. - La mejor manera de observar sin ser observada - yo sonreí levemente. Ella se acercó a la ventana y miró sin correr las cortinas. Estuvo callada un instante. Volviendo a mí preguntó: - ¿Estudias?
    - Sí - respondí. - Precisamente cuando he llamado antes venía de clase. Parece que era un mal momento.
    - Un poco antes y no me encuentras.
    - ¿No?
    - Suelo ir todas las tardes a un gimnasio y vuelvo siempre a la misma hora - amplió su sonrisa más allá de donde yo hubiese imaginado. - Claro que, siempre que quieras, puedes venir a verme.

    No fue aquel día el único en que fui a ver a Sara. La verdad es que no pasaba un solo día en que, al llegar de clase y perdiendo unos minutos de más por el camino, no la visitase.

    Ella siempre me recibía con su sonrisa característica y con el cabello mojado y desordenado. Incluso, a veces, me sorprendía con alguna merienda improvisada. Era muy casual que jamás encontrase a sus tíos en casa, lo cual no dejaba de ser agradable, puesto que hubiese roto un clima de profunda amistad que fuimos cultivando durante cierto tiempo.

    Llegamos a salir algunas veces juntos, aunque sólo como amigos. Ibamos al cine, al teatro o simplemente a pasear por el parque. Me contaba la historia de su vida: los novios que tuvo, la enfermedad de su madre, cuando dejó los estudios, ...

    No tardé en olvidarme del individuo que, cada tarde, la observaba a través de las cortinas blancas mientras satisfacía tan degradantemente sus impulsos sexuales. Sólo pensaba en ella, en verla cada tarde con el cabello húmedo.

    Creo que llegué a enamorarme de ella. No sé exactamente cuándo sucedió, pero sí cuándo se lo confesé. Fue en su casa, en su propia habitación. Ya era el mes de Agosto y el calor era insoportable. La ventana estaba abierta y las cortinas corridas, de forma que cualquiera nos pudiese haber visto.

    Dejé pasar numerosos ratos de silencio, sin mediar palabra, mirándola a los ojos. Aquello fue para nosotros como hablar con la mente. Estábamos de pie justo delante de la ventana. Yo rodeé lentamente su cintura con los brazos y, aunque ella sólo me miraba, sentía como si estuviésemos totalmente unidos. Acerqué mis labios a los suyos y cerré los ojos. Nos fundimos en un largo beso.

    De repente, se oyó un extraño ruido. Provenía del exterior. Era la persiana del piso de enfrente. Pero desde allí no podíamos ver quién estaba detrás. Sara no le dio importancia, para ella era ya algo muy natural, como si fuese el mismo viento. Aun así, yo sabía perfectamente lo que estaba pasando.

    La tarde siguiente no fui directamente a casa de Sara. Fui al edificio de enfrente. Entré en el piso de aquel obseso haciéndome pasar por un abogado que le iba a proporcionar una valiosa fortuna. Aún no sé cómo pude pasar yo, a mis 18 años, por un abogado.

    Aquel hombre era alto y de complexión fuerte. Su cabello era rubio oscuro y sus ojos marrones. Tenía una larga cicatriz en la frente y parecía llevar meses sin lavarse la cara. Vestía unos tejanos desgastados y rotos y una camisa tan sucia que no podía adivinarse su color original.

    Me hizo pasar al comedor, donde debía recibir sus visitas, si las hubiese tenido. Me invitó a un café y, mientras lo preparaba me acerqué a una ventana que estaba abierta y con la persiana bajada. Estaba cubierta por una gruesa capa de polvo. Miré a través de ella y vi la ventana de la habitación de Sara. No estaban las cortinas blancas, pero sí ella. Se estaba desnudando para ir a la ducha.

    Al volver la vista me fijé en unos papeles que estaban desordenados encima de la mesa. Los estuve ojeando y descubrí que escondía tras ellos unas cuantas fotografías que había tomado de Sara completamente desnuda. Se veía en todas ellas una parte oscura que me hizo deducir que las echaba directamente desde la persiana bajada.

    Cogí las fotos y salí corriendo de allí antes de que el café estuviese listo. Fui a ver a Sara y le mostré las fotografías indicándole desde dónde las habían hecho.

    - ¿Cómo puede haber alguien tan...? - preguntó indignada. Me miró con la expresión triste y prosiguió. - ¿Has estado allí esta tarde?
    - Sí, las he cogido de entre unos papeles de la mesa de su comedor.
    - ¿Has mirado a través de su persiana? - me quedé callado, lo que le hizo interpretar que era un sí. - Me has visto, ¿no es cierto?
    - Sara, lleva haciendo eso desde antes de conocernos.
    - ¿Qué es lo que lleva haciendo?
    - Vi cómo te observaba antes de conocerte. Podía ver a través de tus cortinas blancas. Lo hace todas las tardes a la misma hora, cuando tú vuelves del gimnasio. Cuando vas a ducharte y te desnudas en tu habitación. Te mira y se toca el cuerpo. Si tú no le miras, o estoy yo contigo como ayer, entonces golpea su persiana llamando tu atención. Cuando lo ha conseguido se... baja los pantalones y... se masturba.
    - Y tú querías conocer a la que le provocaba las erecciones, ¿no? - gritó Sara enfadada. - Sólo viniste a verme porque querías saber si realmente valía la pena. Tenías curiosidad, ¿verdad?
    - Sara, no. Deja que te explique.
    - ­No hay nada que explicar! Me lo has estado ocultando todo este tiempo porque tú eres tan obseso como él. En realidad no te importo una mierda, lo único que quieres es mi cuerpo.
    Después de eso estuvimos un par de semanas sin vernos. Yo no me atrevía a llamar a su puerta y ella debía estar indignada. Aun así, yo continuaba observando la persiana de enfrente. Aquel sujeto estaba cada día más histérico. Entonces se dedicaba simplemente a golpear la persiana fuertemente. Días más tarde, Sara llamó a la puerta de mi casa.
    - Sara - dije, - ¿qué tal estás? - me miró seria.
    - Me ha estado llamando - se acercó a mí y la abracé. La hice pasar dentro. - Sé que es él - me explicó con voz temblorosa. - Dice que quiere violarme - me enseñó una pequeña grabadora y escuchamos una cinta en la que estaba todo registrado.
    - Fuerza mucho la voz - señalé. - Quizá es por que lo conoces.
    - No, no lo creo.
    - ¿Conoces a alguien alto y fuerte? - pregunté insistiendo. - Rubio, con los ojos oscuros y una gran cicatriz en la frente.
    - ­Es mi tío! - gritó ella escandalizada.
    - ­Coño! - respondí yo. - Ya decía yo que esa cara me sonaba. ¿Y cómo no se dio cuenta de que yo era su vecino y no un abogado?
    - Es que es un poco tonto, ¿sabes?
    - Mira, guapa. Un señor que se emociona tanto al verte en pelotas no es precisamente tonto. Es más, yo soy el tonto, he estado saliendo contigo desde Mayo y no te he visto más allá de las rodillas.
    - ¿Es que querías ver más? - preguntó amenazante. - ­Pues toma, idiota! - Entonces se quitó la camiseta y los pantalones quedándose con la ropa interior. - ¿Quieres más, guapo? - y acabó quitándose lo que le quedaba mostrándome todos y cada uno de sus bellos encantos corporales.
    - Sí, claro - dije yo. - Eso ahora.
    - ¿Qué querías? ¿Que pasease contigo por el parque enseñándolo todo? Además, nunca es tarde. ­Hala!
    - Pues para mí sí que es tarde. Si me hubieses dicho antes que eres una chica fácil nos hubiésemos ahorrado muchos pasos.
    - Bueno, majo, ahora ya está. ¿Qué? ¿piensas aprovecharte de la situación o tienes el orgullo herido?
    - Mira, pues ahora no me apetece, señorita. Es más, sólo tengo ganas de comer. ¿Tienes algo de merienda en tu casa?
    - Por supuesto que tengo.
    Después de esta discusión salimos de mi casa y entramos en la suya. Sara ni siquiera había cogido su ropa y bajó las escaleras sin reparar en ello. Afortunadamente no nos cruzamos con nadie.
    Al llegar a su casa, de la que se había dejado la puerta abierta, lo primero que hizo Sara fue sacar algo de comida para invitarme. Después me miró y sugirió que iba algo desentonado, puesto que ella iba como su madre la trajo al mundo. Así que, antes de empezar a comer, me quité la ropa.
    Me sentí un poco incómodo al principio. No era fácil mantener la calma teniendo delante a una chica como aquella y en las condiciones en que estábamos. Fue entonces cuando sonó el teléfono.
    - ­Diga! - dijo ella descolgándolo. - ¿Que quieres venir a violarme? ¿Que deseas mi cuerpo? - hizo una pausa. - Sí, claro. ¿Por qué no? ¿Por qué no vienes aquí y lo disfrutamos los tres juntos, tiíto? - Colgó el teléfono.
    En aquel mismo momento escuché la voz de su tío que salía de una de las habitaciones de la casa.
    - ¿Lo dices en serio, Sarita? - preguntó la voz.
    - Creo que... - empecé a decir aclarándome la voz. - Creo que tal vez no fuera tu tío el que te observaba tras la persiana - apareció su tío en la puerta.
    - Oye, Sara - le dijo a ella, - ¿no te parece que este cuento se está desfasando un poco?
    - Lo sé, tiíto, es un problema del autor.
    Aquello me sentó como un insulto. El hecho de estar narrado en primera persona me hacía tener un vínculo especial con el autor, como si lo fuese yo mismo.
    - Un momento - interrumpí. - Lo mejor será que olvidemos este asunto y nos dediquemos a lo que es lo nuestro.
    - Oh, ya - respondió Sara. - Tú lo que quieres es seguir con todo esto para ver si al final me puedes dar un buen revolcón.
    - No seas así, Sara. Me conformaría con un beso de tornillo.
    ­­­CALLAOS DE UNA VEZ, QUE NO ME PUEDO CONCENTRAR!!! ¿Por dónde iba? Después de una discusión un tanto atípica decidimos buscar en la guía el teléfono del misterioso individuo que tras la persiana se escondía.
    - ¿Cómo se llama? - preguntó Sara. Nadie respondió. - Entonces, ¿cómo vamos a buscarlo en la guía?
    - Ya lo sé - dije yo. - Busquemos por el nombre de la calle. Tardaremos más pero el esfuerzo habrá merecido la pena. Y, si no, esperamos a que a Javi se le ocurra algo mejor que escribir. ¿Vale?
    Después de horas y horas de búsqueda, dieron con el número de teléfono del individuo en cuestión. Sara lo marcó y lo dejaron sonar varias veces. Nadie descolgó.
    - No, si resultará que soy yo quien vive allí - dijo resignado el tío de Sara. Miró en sus bolsillos y descubrió asombrado una llave que nunca había visto antes. - Vaya, esta debe ser la llave de allí. Voy a descolgar.
    - De acuerdo, tiíto.
    Salió rapidamente de la casa y nosotros nos quedamos aguardando. Dejamos sonar el teléfono una y otra vez hasta que respondió el tío de Sara.
    - ¿Diga? - dijo.
    - ¿Tío? Soy Sara.
    - ¿Sara? Ah, hola. ¿Qué tal?
    - Pues la verdad es que no muy bien. Estoy con el vecino de arriba, los dos completamente desnudos. Pero no hemos llegado a hacer nada, quizá después.
    - Bien. ¿Y qué tal está tu madre? ¿Sigue enferma?
    - No lo sé, no creo que eso tenga nada que ver con lo que estamos hablando.
    - Bueno, pues nada. Da recuerdos al vecino y disfrútalo, que eres joven.
    - Adiós, tiíto - Sara colgó el teléfono y me dirigió una mirada seductora.
    - ¿Quién era? - pregunté.
    - Mi tío - respondió ella.
    - ¿Y qué quería?
    - Nada, sólo decirme que me aproveche de la situación y te disfrute al máximo, que soy joven.
    - ¿Y para eso te llama? ­Eh! - grité señalando la ventana de su habitación a través de tres o cuatro puertas. - Tu tío está golpeando la persiana.
    - Vamos a provocarle.

    Fuimos rápidamente a la ventana y nos agachamos mostrándole nuestros respectivos traseros. Me fijé entonces en un pequeño detalle: en el suelo de la habitación, había una enorme araña peluda. Me asusté al darme cuenta y quise salvar a Sara de aquel horror. No pude hacer otra cosa que cogerla de las piernas y saltar por la ventana.

    Mientras caíamos los ocho pisos, la gente iba saliendo a los balcones y asomándose a la ventana haciendo algunos comentarios.

    - Van a hacerse daño - dijo un abuelito.
    - Ay... - suspiraba una joven y fea señorita - ­qué romántico! Ojalá tuviese yo un chico así.

    Abajo, en la calle, había unos hombres transportando mobiliario y metiéndolo en un camión. Caímos precisamente encima de una cama de matrimonio sin que ellos se diesen cuenta. Nos metieron en el camión y partimos hacia un rumbo desconocido. Fue el viaje más maravilloso de mi vida. Sara y yo. Solos. Si ropas ni tapujos. Dejándonos llevar a la deriva.

Jam, sin fecha