El culo más bonito y las 365 absurdidades

 

Sentado, con la espalda encorbada por las malas posturas adquiridas durante todos estos años, acerco mi cabeza hacia la mesa. Lleno la cuchara y la dirijo hacia mi hambrienta boca. Al tomar contacto mi lengua con el contenido de la cuchara, me doy cuenta de que la situación está fría, muy fría. Helada. Está tan helada que quema. Mis dientes empiezan a sentir dolor. Un dolor que a pesar de ser microscópico y concentrado, me obliga a cerrar los ojos arrugando mi fea cara más de lo normal.

Ese culo. Es el mejor culo, el más bonito, el que más puntos se lleva en la extensa lista mental de culos visionados durante toda mi vida. Sé que algunos, pocos, se le acercan pero ese culo, su culo, sigue siendo el mejor de todos y con diferencia. Ese culo que tantas sensaciones me ha hecho vivir. El culo que se tambalea con gracia a la vez que con indiferencia delante mío casi cada día, el que hace que mis pulmones se abran para llenarse de aire hasta los límites físicos y me hagan respirar con profundidad una vez que "la tormenta", que ese culo bonito ha pasado de largo dejando de estar a mi ansiosa y insaciable vista.

Con la fría esencia en la boca y el dolor que ya me está llegando al cerebro, miro decidido hacia la pared y asemejo dicha barrera con el futuro de lo que yo quería masticar. La pared es dura, muy dura, mucho más dura de lo que pensaba. Sé que por mucho que lo intentara, por mucho que me esforzara, no podría atravesarla ni derrumbarla. Es mucho más fuerte que yo. Es mucho más poderosa que mi voluntad de traspasarla. Estoy seguro.

Ese trasero, redondo, de sinuosas y tentadoras formas moldeadas por unos dioses tan bondadosos y generosos como endiablados y perversos, sigue bamboleándose, ya sea física y realmente o mental e imaginativamente, ante mí. No puedo evitarlo. Intento con todas mis fuerzas no mirarlo a pesar de que mi cuerpo y mi alma es un desierto lleno de minas llamadas tentación, deseo y necesidad. No lo miro. Me quedo con la cabeza gacha, mirando al suelo, con cara enfadada o triste, sabiendo que ese culo que hace levantar pasiones está cerca mío: tan cerca está como lejos la persona que lo lleva, que lo posee. Ese culo, ese tierno culito que una vez instintivamente golpeé con gracia y que tantas veces hubiera acariciado, tiene el poder, el poder de atraer multitudes, el poder de llevar a la perdición al macho más machote, al tipo más duro de la ciudad, al soldado más valiente. El poder de destrozar la personalidad más fuerte y de llevar por el mal camino al puritano más religioso. Es la tentación hecha carne.

Después de repasar la pared me levanto y me acerco a la ventana, a la luz, quedándome a unos centímetros de ella. No quiero acercarme del todo y mirar porque ya sé lo que me espera al otro lado. He hecho esto mil veces antes y precisamente por esto ya sé lo que se esconde más allá de la ventana. Siempre he visto el mismo paisaje y nunca he podido tocarlo a mi gusto y antojo. Ese paisaje no me pertenece ni nunca me pertenecerá. De hecho creo que el paisaje que hay tras mis ventanas es mucho más libre de lo que él cree. Intento alejarme de la ventana pero al final cedo a mis deseos de curiosidad y de recuerdos y miro a través de ellas, de las ventanas. Por fin lo veo todo.

Y al elevar la vista, al apartarla mínimamente del suelo y dirigirla hacia esa cosita blanda y suave que hace que me sienta desgraciado al no poseerla, me doy cuenta que existe alguien más arriba, una persona que es dueña de ese culo precioso que me hace sudar cada día y cada noche pensando en él. Al ver la cara de su portadora, mi corazón empieza a latir con una fuerza destrozadora, elocuente, a base de brutales sacudidas en forma de latidos que hacen que de nuevo dirija mi vista hacia abajo, enrojezido, lleno de vergüenza.

Me giro y voy hacia mi habitación. Me tumbo en la cama, inmersa en la oscuridad, entre olores familiares, para tratar de dormir un poco, de descansar, de recordar entre tanto intento por olvidar lo inolvidable, de fundir mi mente con un futuro desconocido con protagonistas posiblemente también desconocidos.
Miro hacia el techo, también oscuro y también repleto de sensaciones familiares y pienso.

Creo que me ha visto. O quizás no. La pantomima, la aparente falsedad de mis actos y la absurdidad de todos ellos y de todos estos días le hacen creer que no soy más que un puto tipo con ganas de llamar la atención, alguien que quiere hacerse la víctima. Su mirada se clava en mí. Sé que ya no hay sentimientos bondadosos ni positivos tras esos ojos que me regalaran infinitas miradas en el pasado, entre sonrisas y risas, haciéndome cómplice de un romance de juguete roto e imposible de arreglar, convertido en un gran surtidor de basura que es todo en general.

La cabeza se empieza a hacer preguntas, intentando modelar a su antojo un hipotético pasado para ver si podríamos haber evitado todos juntos esta feria, este festival, este carnaval de sensaciones dominado por el ego que domina mi ser con el látigo de la envidia.

Ese culo bonito, esa chica de plata, brillante durante el día y radiante durante la noche, me borra del panorama con una facilidad inversamente proporcional a lo que me está costando a mi simplemente intentarlo. La carne, esa carne y esas tantas y tantas cosas que ni mil palabras ni mil imágenes podrían describir lo más mínimo, se acumulan en mi cabeza convirtiéndola en la cabeza explosiva de un misil nuclear lanzado al vacío con esperanza de perderlo de vista y de no notar ni lo más mínimo su explosión.

A pesar de los pesares, a pesar de las 365 absurdidades cometidas, a pesar de lo que ese culo bonito pueda pensar de mis actos sinsentido y de mis intentos fallidos de aproximación, pase lo que pase, haga lo que haga, siempre recordaré con melancolía esos agradables momentos que ningún otro culo, ni mucho menos tan bonito como éste, me haya podido dar.

Ese culo bonito persisitirá en el tiempo y en el espacio. Lejos, muy lejos e inalcanzable, pero lo hará.

Por todos los momentos dulces y agradables, imborrables e inolvidables (jamás y por nada del mundo, siempre más, err....

Por tí.


Damien, 13/08/98 - 4/02/99