Destino Fijo

 

Subo al auto sin destino fijo. El calor concentrado del mediodía abofetea todas las intenciones, el volante calcina las manos que solo con la yema de dos dedos es un poco soportable, intercambiándolas por las otras como si fueran pequeñas langostas, hasta que enfríe un poco.

Pasa un chico en bicicleta y me aguijonea con su mirada transpirada. Aquí está mi destino fijo, pienso y le sonrío, pongo la marcha y acelero. Doblo por la calle Beethoven y observo, por el retrovisor una mancha blanca sobre una rueda, un poco lejos. Aminoro la marcha y la mancha se acerca. Está casi a cuatro metros, ya, pedalea con fuerza bajo ese sol de treinta cinco grados a la sombra, cuarenta y tres dentro del auto y cincuenta y ocho dando justo a la gorra blanca de su cabeza. Me sigue. Si continúo en esta velocidad diminuta, su voluntad podrá ponerse a la altura de mi ventanilla. Acelero un poco y doblo en Felix Frías ganándole media cuadra. Vuelvo al juego anterior. Amo la velocidad, odio las bicicletas y el verano de tardes sin destino fijo.

En Bustamante parece que lo he perdido, estaciono al ochocientos, bajo ese sauce que siempre miro cuando paso y pienso que está en el lugar equivocado, casi como yo, ese árbol que nació torcido en el asfalto y sin agua no puede llorar a gusto. Enciendo un cigarrillo, pongo una cinta vieja de Laurie Anderson que me dice: - quién es más macho?. Veo el cartel de la remisería que está en frente (dos viajes por uno) dos viajes, eso estaría bueno, en verdad, no uno, sino dos, sin destino fijo, dos... miro, me miro por el retrovisor, paso mi dedo índice por la última de las cicatrices de mi mentón, ésa la de la noche que no recuerdo, miro por el retrovisor, distingo nuevamente la silueta acelerada.

Arranco, primera y adelante, segunda, veinte kilómetros por hora, treinta, el chico pone empeño en alcanzarme, parece venir a cuarenta, o poco más, se pone detrás mío, esta casi a medio metro detrás de mi auto, freno de golpe, se estrella contra el guardabarros, cae de la bicicleta, acelero, me alejo, veo por el retrovisor una mancha desparramada en el medio del asfalto. Sigo adelante, la mancha se pierde, doblo en Río Colorado, sigo sin destino fijo. Sigo.

Lucrecia, 19/02/01