
| Depresiones Dominicales
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| Los domingos me deprimen aún más que el
resto de días, lo cual ya es mucho decir. El último día de la semana lleva algo
consigo, intrínseco, algo en su fuero interno que lo hace el peor día de los 7
insoportables que componen la semana. Los domingos casi siempre hace sol, un sol insoportable, mucho más potente que los demás días, las tiendas están cerradas y hay poquísima gente por la calle, lo cual ya de por sí da una mayor sensación de soledad y vacío, mayor aún de la existente. Son días que no están hechos para mí. Al contrario, parece que fueron creados para familias con ganas de ir al campo, a comer fuera o, según la temporada, ir a la playa o a la montaña a pasear o a esquiar. En cualquier caso, gente que sabe disfrutar de la vida. Las parejas suelen aprovechar el día para conocer nuevos lugares, para estar juntos durante las quizás únicas horas que el trabajo de ambos les deja compartir unidos. Y hacen lo mismo que harán de aquí a 30 años, si, en el más positivo y extraño de los casos, siguen soportándose el uno al otro en ese entonces. La gente duerme hasta tarde, en la televisión no emiten otra cosa que insípidos partidos del deporte rey - en aburrimiento - del país, fútbol - de pago o no -, y los parientes que hace tiempo que no se ven creen expresamente apropiado el domingo para reencontrarse y celebrarlo por todo lo alto con una buena comilona que les deje con ganas de realizar la beatificada e invariable santa siesta de domingo. Los que creen en algún dios, los que no creen pero hacen ver que sí o los que simplemente no tienen nada mejor que hacer, se juntan por la mañana, alrededor de las 11 o las 12 o a cualquier hora, en los conventos creados por su religión para poder adorar al que suponen que le deben todo lo que no son o lo que no fueron, para rezar al que supuestamente les agraciará con el perdón el día del juicio final, ya sea el que todos tengamos o el de cada uno. La gente, por lo general, descansa y, aunque se trata del día "oficial" del descanso en casi todo el mundo, cuando no se debe trabajar, muchos se ven obligados, para subsistir o ganarse un dinero, a seguir como si se tratara de otro día, trabajando en bares, panaderías, restaurantes, hoteles y tantos otros sitios donde el domingo no es más que el próximo número impar después del 5, un puto y mero número. Al fin y al cabo, el domingo, el domingo bochornoso de mierda, es el puente de costosa rampa que nos lleva al otro lado, al lunes. Es el día previo al inicio de nuevo de toda la maquinaria llamada sociedad, que se vuelve a levantar temprano, que vuelve a tener ganas de no hacer lo que tiene que hacer, lo que lleva demasiado tiempo haciendo... y así de nuevo se empieza la semana que ha de llevarnos, irremediablemente, a un nuevo asqueroso, vacío y solitario domingo para pudrirse a gusto sintiendo que la ciudad, al fin y al cabo, está casi tan muerta como uno mismo. Me deprimen los domingos por lo que representan y, sobretodo, por lo que al final del día acaban siendo, un agujero más en mi alma, eterna y sangrante consciencia de que he perdido 24 horas más de mi vida en medio de un vasto desierto de horas y días y meses y años perdidos. Habría que eliminar los domingos de los calendarios. Sin pensarlo siquiera. Recuerdo ahora las palabras de A.,
durante una aburrida mañana de verano, que me aseguraban que buscaba un novio SÓLO para
los domingos. Creo que empiezo a entender sus palabras... |
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| Damien, 30/01/00 | |