Esa Noche

 

La noche en que quisiste asesinarme salió todo bastante mal. Recuerdo que estaba absorta frente a una tela y la enchastraba con colores y por un momento, casi por algo, como un sudor frío o un presagio que me erizó la piel, salí de mi viaje y me di la vuelta.

Allí estabas vos, con una enorme cuchilla afilada a la que nunca había visto, diciéndome: - esta vez sí sabrás lo que es sufrimiento, tu muerte será lenta, voy a hacer que te desangres, que tu fin sea lento y doloroso -.

Me dio tanta gracia tu mirada patética, ese filo estúpido (adquirido, seguramente en una tienda de coreanos, en un todo por dos pesos) que traías en tus manos, ese modo desesperado y a la vez colmado de desprecio y repugnancia, que no pude más que echarme a reír con una compulsión tan exacta, que vos también caíste en la tentación de la carcajada (y es que nunca pudiste resistirte a mis risotadas de pánico o alegría o nerviosismo).

Ahora que te veo allí inerte, duro y frío dentro de una caja de roble (que me costó bastante cara, por cierto) no puedo más que confesarte que esa noche realmente me cagué de miedo, pude verme dentro de un ataúd, casi igual al que hoy te abarca y pensé que realmente no valía la pena hacerlo así, de ese modo.

En realidad, querido mío, mi temor no era a la muerte en sí, sino a tus amenazas de padecimiento y el pensar que, en definitiva el más perjudicado serías vos.

- Hácelo de otro modo, te dije (aún sonriendo). Vayamos a la cama -.

Y recuerdo lejanamente haber llenado de colores tu cuerpo todo, el azul talo de mis uñas y el tierra de siena que se expandió hacia todas las orillas. Y el rojo...ese carmín que no estaba usando y apareció de repente a borbotones, desde tu pecho y hacia todo pequeño y grande recoveco de mi piel.

Te miro en silencio y aún quiero explicarle a ese cuerpo morado (que no es el tuyo, que no reconozco), que mis ganas de vomitar son el producto del olor a las flores y del llanto de tu madre, que simplemente, la muerte a veces puede ser hermosa.

Es simple, como simple veo ahora todo, mientras los azules vienen a buscarme y yo les pido que me dejen un momento más con vos... porque hay algo importante que me quedó por decirte: - No podía soportar la idea de que me extrañes. Y todo fue por vos.

Lucrecia, 10/03/00