
| Hija de la luna
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Preñada por las sombras, delirio agonizante imperecedero de padre y madre tutora, y puritana. Amargos rezos de coyunturas sangrientas abiertas, y nudillos agrietados plegaba su padre una plegaria de honra y prudencia por ver a su hija cargando en su cintura el fruto de su destrucción. Fértiles los sueños saciedad compungida por la derrota de su memoria al no recordar mancebo alguno subir a su alcoba a corromper su sexo puro, limpio de ningún dedo perforado en heraldo de lujuria. Abatido, su padre mando casarla con un criado, ya que sabia que ningún mancebo le donaría su apellido a tan horrenda criatura. Hija era de la luna sus cabellos de sepelio, oscuros, apagados contrastaban con un rostro que Picasso, habría nombrado escultura de propio poseer. Estructura desorbitada, era hija de la luna, el segundo satélite que poseemos. Sus garras destrozaban todo lo que amasaban, y algunos anejos preferirían las cenizas que ser propios de sus sueños. Y tuberías de fluidos carmesí enmadejaban su estructura, haciéndose evitables de observar por las blondas canesúes, afustados que retiraban la belleza de su estructura, si alguna que daba. Progénita idea de su eliminación antes de maldecir su estirpe planearon una estratagema, atañendo liberar los espejos de reflejar la decadencia de la consanguinidad transportada por la estirpe. Ponzoñosos ungüentos formaban una pócima inmortal, de efectos soporizantes que transportarían de los brazos de Morfeo a las puertas de San Pablo por un mal cálculo en su proporción. Retardaron el momentum hasta que el divino bulto resaltase de entre sus ropajes. Servido en una enriquecida vasija de argenta, yacía el aromático licor que trasportaría a la dama de las tinieblas a la tierra de los sueños. Cayendo fulminada en los brazos de su potestad, la doncella ofuscada yacía dormida. Ansioso su padre buscó su muñeca, la cual todavía conservaba las marcas de por donde su flujo surgió para buscar la tierra. Yace en la cama atada de manos y piernas no siente como el frío metal profana su cuerpo, como separan sus entrañas para extraer al no deseado inquilino. Hay sangre, mucha sangre, y vísceras, nuestra luna se deshace, se despierta, grita aúlla y despide al hijo de sus entrañas con una mirada de odio y un fraseado fúnebre, cargado de ira: - Yo te destierro a este mundo, sin muerte, sin vida, sin reflejo, sin nombre, sólo un conjunto de huesos malformados y una mente dominada por la duda. Yo te maldigo hijo de la luna, hijo de una sola madre. Te he llevado siempre en mí y tú me has destruido, tú me has arrebatado todo, cuando nada poseía. Espero que tu nombre represente una carga para todo aquél que no esté hecho de la misma materia que tú estás hecho, de sangre, odio y agonía. Tendrás la facultad de poder ver donde nadie ve, de apreciar lo que todos odiamos, y ahora huye hijo a las tinieblas. - La abuela se acerca a la ventana para que su nieto viera su fin. Pero los ríos cargan agua, los hombres flotan y la luna vuela, mas la muerte es una barrera, que marca el fin de la agonía, sólo algunos tienen el privilegio de pasarla, casi todos, todos menos yo. |
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| John Merrick, 21/11/99 | |