Matando Hormigas

No creas que disfruto con ello. No creas que me siento como un dios al realizar dicha tarea; ni tan siquiera poderoso asomo a creerme.

Pero ellas invaden mi territorio, sin mi permiso, sin el permiso de nadie, y se hacen con el suelo, las paredes, los armarios, cajones y todo aquello que las pueda conducir a la comida, al alimento, al sustento diario que precisan para seguir vivas.

Y uno no puede permitirse estar tranquilo mientras observa como ellas, pequeñas como son, en cantidades industriales, se mueven a su antojo por una casa a la que nadie las ha invitado, a un lugar que desde un primer momento quiso estar exento de bichos de cualquier tipo, incluidas las aparentemente inofensivas hormigas que, de manera misteriosa, se comunican las unas a las otras, como por arte de magia o telepatía, al lugar donde todas deben dirigirse para encontrar azúcar, miel o cualquier otro alimento que sea de su gusto.

Así pues, me veo obligado, aunque con un dolor inconfesable, a aniquilarlas, a matarlas una a una o en grupo, según mi pie alcance, hasta no dejar ni una sola con vida.

Y mientras las mato me pregunto quien soy yo para quitar vidas, quien soy yo para dar muerte y quien soy yo para matarlas con aparente tranquilidad. Acaso ellas no tienen derecho a vivir? Acaso ellas no pueden hacer sus cosas sin que alguien 1000 veces más grande las mate con tanta facilidad como se cambiaría de ropa??

Supongo que sí... pero en mi casa ya tienen suficiente conmigo, el gran bicho negro.

Damien, 30/06/00