La Carta

 


Espero con temor el momento que encuentre en el buzón la carta, tu carta.

Despierta en mí miedos llenos de sudor, las peores pesadillas, el mero planteamiento de situarme delante de las 2 ó 3 hojas que compondrán tu mensaje extraplanetario, el mensaje que tantos años te ha costado expresar y que tan rápido leeré yo, que tan bajo me hará caer y tanto tiempo me costará asimilar.

Las ganas que tengo de recibir la carta y de leerla son tan grandes como grande es la seguridad que tengo de que cuando acabe de leerla me sentiré aún menos de lo que soy, peor de cuanto he llegado a ser durante todos estos años, por que sé, del mismo modo que sé lo que he ardido por ti, que tu verdad y tu sinceridad son mi pena más grande, mi pecado más doloroso.

Sólo tú y yo sabemos que la carta, desde las primeras palabras, será una daga que ha de poner fin a todo este ya largo periplo escabroso y extraño, la daga que ha de liberarme por fin o acabar con mi vida, o ambas cosas a la vez, y sumirme de nuevo en un oscuro y tenebroso infierno.

Esperaré a la noche, a que ésta me engulla como hace cada día sin excepción, cuando esté solo, en la penumbra de mi habitación, para abrir la puerta de tus palabras, la que da a una parte de tu secreta verdad, para intentar comprender de algún modo lo que tú tan fácilmente me expresarás, duras palabras que como espinas sangrientas irán conformando y componiendo la corona que acabaré llevando en la frente, mientras las rojas y oscuras gotas vayan cayendo al suelo al lento son de los latidos de mi bomba de relojería.

Desgraciadamente a veces es necesario escribir o leer ciertas cartas para conseguir (decir? hacer?) lo que en persona no suele resultar tan sencillo...

Damien, 01/08/00