
| Leches
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| Desde el comienzo, Sylvia supo que la
leche puede tener un sabor demasiado amargo. Ante el primer sorbo de esa inmensa teta que su pequeña boca no podía abarcar, es que comenzaron sus primeras regurgitaciones, luego simples reflujos y hacia el final extensos vómitos que no solo eran molestias para ella, sino que también obligaban a su vaca a cambiar piezas enteras de sábanas y batitas regaladas el día de su nacimiento. Esa cosa carnosa y gorda de un tono azulado y triste, por dónde salía un líquido agrio, era algo repugnante, que a Sylvia le resultaba casi tan traumático como una obligación ancestralmente adquirida. Y si la beba lloraba no era por hambre, sino por asco puro, legítimo e irrefrenable. Entonces, la vaca, para que ya no llore, le metía la teta hasta la garganta y eso era lo que a Sylvia más náusea le causaba. Pero de tan pequeña había adquirido, a fuerza del mete y saca teta, la responsabilidad de chupar, de vez en cuando, de esa glándula amorfa... y, mientras tanto, la vaca gozaba y se sentía buena y hasta por momentos le daban orgasmos de los que en un punto se avergonzaba. Sylvia supo que su sexo era diferente al de un japonés que una noche, en un callejón la sorprendió con ojos rasgados y pija corta dispuesto a meterse en su aún diminuto y débil hueco. Un tunelcito por el que aún no salía sangre mes a mes, un agujero de pocos años, un algo inexplorado (ni siquiera por ella). Allí volvió a comprender que hay malas leches... y también supo de la sangre. Y el asco se multiplicó por dos. Sylvia supo que el amor no era más que una noche y que drogas y venenos tenían también el blanco y el rojo. Pero sin asco, solo con desesperada calma. La vaca comentaba por el barrio a quien aún quisiese oírla que, "la luz de sus ojos", no era más que una puta barata y que seguramente había heredado los genes del "sin dientes" (su padre, que en el cautiverio de Devoto sufrió una piorrea incontenible que lo dejó así, desdentado y pálido) Y a Sylvia le gustaban los seres pálidos y desdentados (le recordaban a bebés recién nacidos, a pequeños retoños de ramitas de árboles en primavera). Y llegó el momento casi inevitable de una panza enorme acarreada durante meses... sintió extraños movimientos (en principio como los de un pez queriendo huir de su acuario) y luego golpes brutos y toscos. Y luego el dolor... y una enfermera con cara de enfermera puso entre sus brazos una miniatura pálida y desdentada, ávida de vacas, de leche y de sangre de pezón agrietado. Sylvia recordó ese gusto amargo de la leche y esa teta gigante y horrorosa... Sólo quiero un cigarrillo y un trago, -pensó- mientras la enfermera miraba con cara de enfermera... En los pasillos del hospital se comentaba que "aquella madre" estaba sufriendo de depresión post-parto. Una psicóloga (esos seres que creen saberlo todo acerca de la naturaleza humana) le recomendó una terapia de apoyo y por el momento la beba viviría a biberones de leches maternas, de bancos maternos... de otras vacas. Sylvia no pudo dormir más, un poco de ácido le hubiese venido bien, más... como allí no había nada más que dietas líquidas, sueros y papillas insípidas... en el desvelo, olvidó el dolor de su cuerpo, se dirigió a la sala de enfermeras (donde solo había una, que dormía plácidamente bajo los efectos del valium). Una vitrina repleta de sedantes y muchas jeringas descartables... gomitas de sondas... y hasta cucharitas para calentar... Tomó lo más que pudo y un enorme frasco de formol. En la nursery había muchos niños, todos tenían un nombre menos el suyo. Se acercó lentamente, contempló su eneene, tapó su boca y su nariz con un algodón empapado en formol, cantando (con esa voz tan bella y ronca a fuerza de fasos) "duerme mi niño, duerme" arrorró mi niño, arrorró mi sol..." hasta que esa cosita amorotonada por fin durmió... Sylvia se fue de allí, pensando: - nunca seré una vaca de leches agrias... |
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| Lucrecia, 18/03/00 | |