LIDBUT

 

La chica ya no es tan chica. De hecho lleva en su mano izquierda el anillo de compromiso que la une con un pobre desgraciado para toda la vida, hasta que la muerte los separe, así que, aunque podría igualmente ser una chica joven, muy joven, no lo es.

Sea como sea, la chica, a la que no me da la gana de llamar mujer ni señora, me cae muy bien; es atenta, simpática y me explica todo de manera excelente. Tan es así que consigo entender todas las frases que emite su boca, la misma boca que esta mañana, antes de abrir a las 10 el lugar donde nos encontramos ahora ella y yo, ha tocado el café cargado que ella misma se ha preparado y tragado en la bonita, iluminada y espaciosa cocina de su casa.

Estando los dos sentados, uno frente al otro, va preguntándome cosas que no me esperaba y para las cuales no estoy preparado, como que qué hobbies tengo, si practico algún deporte, si estoy casado, si tengo hijos (que me pregunten eso a mí...), y un largo etcétera que quizás no venga ahora al caso.

Después de un rato ininterrumpido de típicas preguntas y no tan típicas respuestas, llega cuando lo matan, la pregunta de oro y la razón y el motivo de que yo me encuentre donde me encuentro:

- De qué quieres trabajar?

- Buena pregunta! -, le contesto yo con una sonrisa en la cara y con una mueca de horror por dentro.

Quisiera decirle que yo realmente lo que quisiera es ser músico, tocar la guitarra eléctrica en un grupo de Heavy Metal, llevar unas greñas hasta el culo, que taparan mi hediondo careto de pedo comprimido, ser bueno y original a las 6 cuerdas, de tal manera que mi banda, nuestra banda, tuviera un éxito y unas ventas tales que pudiéramos o incluso pudiésemos vivir de nuestras canciones, de componer letras sobre los temas más diversos, sobre las vivencias de cada uno de nosotros, sobre las relaciones entre personas, sobre el amor, sobre la muerte, sobre misterios y horrores inventados y sobre perros con pulgas y gatos en épocas de celo que pasean por las calles en busca de nada especial.

Hacer que las contundentes notas unidas con las letras pronunciadas por nuestro cantante, hicieran sentir a la gente mil y una sensaciones, que la gente disfrutara escuchando y acompañando nuestras canciones en sus habitaciones, en la ducha y en nuestros directos.

Que fuera tal nuestra presencia e importancia que montones de groupies (nenitas o no tan nenitas) nos esperaran siempre al final de nuestros apoteósicos, entretenidos e incomparables conciertos de tal manera que pudiéramos incluso escoger con cual divertirnos esa noche, con cual de ellas acostarnos para que esa misma chica pudiera añadir un popular nombre más a la lista rosa de polvos oficiales e importantes en su de momento corta y vacía existencia.

Quisiera haberle dicho que me gustaría vivir bien la vida escribiendo cualquier tipo de cosas, quizás uno o dos libros por año, libros atrevidos, decadentes, que todo el mundo entendiera o que, en el fondo, nadie acabara de comprender.

Libros que se vendieran bien, ni que fuera moderadamente, en todo el país o más allá de las fronteras. Que me llamaran de muchos programas culturales de la tele, de la radio, de festivales absurdos y otras memeces de actos tales que yo pudiera decir que NO a todos y todas ellas para poder seguir en mi reino del anonimato, escribiendo, uniendo palabras a sus semejantes y que la gente, o una parte, se sintiera identificada de tal manera que yo recibiera montones de largas (larguísimas) cartas de lectores y lectoras, de fans, de gente que como yo quisiera dedicarse a esto de la escritura, de estúpidos críticos cuya única función en la vida sería la de encontrar todo lo malo y negativo, todos los errores e incongruencias de cada una de las páginas escritas sobre la capa de la Tierra, algo precisamente parecido a lo que yo haría en las mismas páginas.

También me hubiera gustado decirle a esa chica de grandes ojos (ojos que no paran de mirarme y analizarme, dándose cuenta del engendro del demonio que tiene delante) y pelo desaliñado, que me gustaría poder trabajar y llegar bien a fin de mes y a fin de vida siendo un héroe, salvando vidas, humanas preferiblemente, siendo un Superman sin criptográficos logos en el pecho, ni capas de color rojo ni leotardos horribles que marquen paquete, pero sí con la posibilidad de volar y verlo todo desde arriba y no desde abajo como hasta ahora.

Que me gustaría ser poeta, bohemio, artista, surfista o remunerado experto en Capoeira y todas esas cosas que no soy.

Me hubiera encantado, sencillamente, estarme toda la mañana hablando con esa potencial madre acerca de todos los trabajos, faenas, curros y oficios en los que me gustaría desarrollar lo que no tengo, discutir con ella acerca de cuáles son mejores y cuáles me aportarán más beneficios, económicos o no... pero lo cierto es que no hago nada de eso.

Así que, después de recordarle que me acaba de realizar una buena pregunta, opto por decirle:

- Mira... realmente lo que yo quiero es no tener que trabajar. La verdad es que no sé qué estoy haciendo aquí sentado frente a ti. Disfruto mucho de tu atenta mirada y agradable conversación y, cómo no, de tu exquisita amabilidad pero... no sé qué hago yo en un sitio como éste.

Así que me levanto, me pongo la chaqueta, atrapo mi carpeta negra de un manotazo y, ante su mirada atónita, me despido prometiéndole que el día que esté más seguro de lo que realmente quiero, vendré y muy gustosamente seguiré hablando con ella de cómo procrear y llevar a buen puerto un par de criaturas...

Esta fue, en su día, La Insensatez De Buscar Un Trabajo.

Damien, 19/01/00