El Llanto de la Inocencia

 

Una gota de sudor se desliza por el perfil de mi rostro. Nace en el costado de la frente y deja una fina esquela alrededor del ojo frenándose al llegar al pómulo. Se detiene un instante y sigue bordeándolo por otro camino. Al otro lado, una gota gemela, con similar destino, aunque más retrasada.

Es por el calor que siento. La sangre hierve en mis venas, que palpitan al ritmo de un corazón acelerado. Los músculos se tensan y se agita mi cuerpo inconsciente. Manos y piernas me tiemblan sin motivo. La boca abierta, respirando por ella. Los ojos cerrados, me pesan los párpados.

No puedo saber cuándo acabará. Ni siquiera sé de lo que ello pienso. Si es bueno o es malo. Sale de mí toda la dureza, la rabia y el dolor que haya podido sufrir antes. No hay dulzura en mi interior. La amarga tristeza aparece en mi mente una y otra vez. Todo mi sueño cumplido, una simple pesadilla.

El amor desaparece. Es la lucha contra uno mismo. Vencer la propia sombra, los fantasmas del pasado y del futuro. Una eterna soledad me rodea en este instante. Y en este más que en todos, pese estar tan unido a alguien. La soledad es siempre absoluta y la vida es siempre soledad.

El motivo es que ya no hay nadie. Nadie existe. Sólo hay cuerpos inconscientes. Sólo hay sangre que hierve y que marca con fuerza las venas. Sólo hay ojos que se cierran por sus párpados pesados. Sólo hay manos y piernas que tiemblan. Corazones acelerados y músculos tensos.

Ya nada parece tener sentido en un mundo que por los sentidos se arrastra. Si alguna vez hubo un coraje. Si existió antes el honor. Si el amor fue puro y dulce en alguna ocasión. Todo aquello son ahora las cenizas que cubren nuestro cuerpo como una falsa máscara. La distinción de lo racional, algo que ya no se entiende.

Mientras mi cuerpo se mueve, al ritmo de muchos en algún otro lugar, vivo y sobrevivo con una utópica esperanza. Quisiera hallar aquello que en mi inocencia soñé. Las palabras bajo sonrisa pronunciadas. Las que sólo escuchan los niños porque a los mayores no les dejan disfrutar.

Siento un escalofrío en la nuca y a lo largo de toda la columna. Cierro con fuerza las manos. Me encojo y me revuelvo. Aprieto los brazos. Bajo la cabeza. Ahora me inunda más la soledad. Ha terminado y no lo he comprendido. Y siempre pasa lo mismo. Estoy vacío. Nada parece importarme, pero aún estoy ahí, aguardando... hasta que una dulce voz de adivinada sonrisa me susurre al oído un suave te quiero.

Jam, sin fecha.