Montajes para amar

Dedicado a Xabier, por su apoyo moral.
Dedicado a Neus, por su sabio consejo.
Dedicado a Toni, y ya sabrá él porqué.



Sabe, si alguna vez tus labios rojos
quema invisible atmósfera abrasada,
que el alma que hablar puede con los ojos,
también puede besar con la mirada.



G. A. Bécquer

EL FLECHAZO

    Yo no era más que una víctima de mi propia circunstancia. Era un chico que quería y no sabía cómo declarar mi amor a una chica que lo sabía y no quería que se lo declarara. Aunque esta historia parece de lo más normal del mundo, todo aquello que me sucedió - o me hice suceder - no es tan normal como muchos pueden llegar pensar.

    La chica en cuestión se llamaba... bueno, no creo que su nombre tenga mucha importancia. Después de todo, esto no es más que un cuento. De todas formas, para poder hablar de ella, necesito utilizar un nombre. Tiene que ser nombre de musa. Un nombre que suene suave. Un nombre bonito y dulce. Dulce como el azúcaré la mermelada y el café (con azúcaré claro). Y, si tan dulce tiene que seré ¿qué tal si la llamo Dulcinea? Pues ya está...

    La chica en cuestión se llamaba Dulcinea. Era bella como una flor. Bella como el amanecer. Bella como el coral. Vamos, resumiendo, que estaba bien buena. Fue lo que se llama un amor a primera vista (en realidad fue a segunda vista, puesto que no llevaba las gafas y tuve que acercarme para verla mejor).

    La primera mirada que me dirigió me perforó totalmente el cerebro. Me hablaba con los ojos. Podía escuchar cómo me decía: Ven, cariño. Ven¯. Sin embargo, no fue esa la primera frase que me dijo. Fue algo un poco más superficial. Me hizo una pregunta. Pero, atención al dato, fue ella quien empezó...

- ¿Sois hermanos? - preguntóme "mirandóme".
- ¿Qué? - miré al lado y estaba mi hermano.
- No, sólo nos parecemos - dijo él tope simpático.
- Milagros de la genética - añadí yo.

    Supongo que ni Robert Redford ni Brad Pitt hubiesen dicho lo que yo. Pero lo importante era que ella se había interesado por mí. Algo me decía que estaba perdida y eternamente enamorada y que no tardaría en caer rendida a mis pies. Lo cierto es que aquella frase fue la única que le dirigí antes de pedirle para salir. El hecho es que me emocioné demasiado y monté el primero de mis numeritos casi sin pensarlo una sola vez.

    Fue en el colegio, al día siguiente. Estábamos unos cuantos amigotes y yo conté mi triste historia. A medio explicarla, se me ocurrió una estupenda idea: les dejaría participar de mi intento de seducción (o más bien de mi intento de intentar seducir). Hicimos una apuesta "a la japonesa". Si yo conseguía salir con ella, como estaría tan contento, les invitaría a todos a un par de Bollicaos. Si no, serían ellos los que me invitarían a mí para ayudarme a olvidar las penas.

    Antes de que me diese cuenta, ya tenía un plan de ataque perfecto. Debía averiguar su número de teléfono. Y no me fue difícil: la novia de mi hermano lo tenía. En segundo lugar, necesitaba una excusa para llamar.
    Fue eso lo que me llevó más tiempo, puesto que no podía hallar la excusa perfecta para llamar a una chica que sólo había visto una vez y cuyo número de teléfono era supuestamente desconocido por mí. Sin embargo, el destino me lo sirvió en bandeja.

    Resulta ser que, días antes, habían sido los carnavales. Ella, yo (y gente de la que no necesito acordarme) fuimos a un concurso de disfraces. Yo era nada más y nada menos que lo que los americanos llaman "the cameraman", o sea, el que, con el pretexto de filmar todo lo que sucede, se escaquea de ponerse un ridículo disfraz. Aquello podía ser un buen motivo para llamarla: ¡tenía que verse a sí misma en el video!

    A partir de ahí, todo me lo planeó un buen amigo... Hamlet, para entendernos. Me preparó el esquema ideal para no perder el hilo de la charla telefónica. Un esquema con todas y cada una de las palabras que tenía que decir con las posibles respuestas que ella me podía dar.

    Era un plan bastante bueno. Si Dulcinea no era una chica sin escrúpulos, no tenía más remedio que rendirse ante la evidencia y aceptar salir conmigo (lo cual implicaba por mi parte una notable inversión económica en la compañía Bollicao). No podía encontrar ningún tipo de excusa. Todo estaba previsto. Ni una tormenta, ni un terremoto, ni el fin del mundo eran excusas razonables para librarse de mí. De ninguna de las maneras podía decirme que no.

    Después de tres llamadas, Dulcinea me dijo que no. Así que tuve que fastidiarme un rato (unos tres años). Más tarde la fui conociendo poco a poco, como Dios manda. Compartimos algunos días en una ruta y unos campamentos, pero el destino no nos quiso juntar. Mientras ella se fue liando con otros, yo lo intentaba con otras (hubo una ocasión en que lo conseguí, pero eso ya es otra historia).

    Todo fue absolutamente normal hasta un verano en que volví a fijarme en ella. Tan guapa como siempre y, además, sin ningún moscardón revoloteando a su alrededor (interprétese como una metáfora). Aquel verano, la locura empezó de nuevo.


EL CUADRADO PERFECTO

    Hacía calor, mucho calor. Sentados en la terraza de un bar, Gulliver (por ponerle un nombre) y yo hablábamos sobre nuestras penas y miserias. Una bella diva llamada Eneída le tenía robado el corazón. El mío, solitario y desesperado, sólo aguardaba tristemente la llegada de la muerte. Mientras tanto, yo iba tirando con mi birra.

    De pronto, como aquel que no quiere la cosa, apareció el nombre de Dulcinea entre los labios de alguno de ambos. Y, entre palabras sin sentido e idas y venidas de Eneídas y Dulcineas, hicimos el primero de nuestros pactos.
- Oye - dijo Gulliver, - ¿tú no querrías salir con Dulcinea?
- ¿Dulcinea? - pregunté yo distraído.
- Sí, la bella Dulcinea que jamás abandona tus sueños...
- Ah... - dije yo. - Esa Dulcinea. Sí, supongo. Más o menos.

    Aquellas palabras fueron el inicio de una larga amistad. Tan larga como el tiempo que perdimos detrás de nuestras musas. Mucho, pero que muchísimo tiempo.

    Los dos estábamos de acuerdo en una cosa. Bueno, en dos. Tal vez en tres. Pero una de ellas es que los dos necesitábamos el amor de nuestras respectivas pretendidas. Con ello, oye, va y no se nos ocurre otra cosa que, "disimuladamente", teníamos que conseguir salir los cuatro juntos sin que se notase nada (¡los muy ingenuos!). El resto ya vendría por sí sólo.

    Gulliver comentóle a Eneída lo mucho que yo amaba a Dulcinea. El terrible dolor que sentía por dentro al no atreverme a declarar abiertamente mi inmortal amor. Díjole que su ayuda podía ser para mí el más preciado tesoro. Que no había mejor destino que ir los cuatro al cine, a la sesión de tarde.

    Grave error. Eneída sólo debía convencer a Dulcinea. No hacía falta que le describiese lo mucho que yo la amaba. Ni el terrible dolor que sentía por dentro al no atreverme a declarar abiertamente mi inmortal amor. Sin embargo, Eneída era una chica. Y no es que yo tenga nada contra las chicas, pero es que basta pronunciar una palabra delante de ellas para que salga la mañana siguiente en todos los diarios. No podía arreglarse. Dulcinea sospechaba de mí. Mejor dicho: Dulcinea estaba segura de mis intenciones.

    La cosa no salió bien, como cabía esperar. Es decir, la cosa no salió. No salió ni la cosa ni Gulliver ni yo, que tuvimos que conformarnos una temporada más con abrazar nuestras almohadas.

    Gracias a Dios siempre queda el apoyo de los amigos incondicionales. Aquellos que te animan, que te dan ideas (tanto o más estúpidas que las tuyas) y que te acompañan en el sufrimiento (simbólicamente, por supuesto). Uno de ellos era Hamlet. Sí, sí, el de los Bollicaos...


HAMLET Y YO

- ... estábamos bailando Gulliver, mi hermano y yo con nuestro típico estilo abstracto y ella me cogió la mano, se la puso alrededor de la cintura y dio un par de vueltas - dije yo removiendo el café de mi taza.
- ¿Y luego?
- Lo volvió a hacer indicándome cómo tenía que mover yo el brazo. Pero lo hice un poco mal. Giré demasiado fuerte y casi la tiro al suelo.
- Tienes que presentarme a Dulcinea. Quiero ver cómo bailas con ella y la tiras por el aire - dijo él braceando.
- Bueno. Son las fiestas de un pueblo de aquí cerca. Podemos ir todos juntos y te la presento.
- Vale, quedamos el sábado.
- ¿Qué sábado? ¿Este sábado?
- Sí, claro. ¿Por qué no?
- Esto... es pasado mañana.
- Bueno, ¿y?
- Que sólo faltan dos días para pasado mañana.
- ¿Y? - repitió con un tono más forzado.
- Que ella encontrará cualquier excusa para no ir. Yo qué sé... que ya ha quedado con los antiguos amigos de la guardería, que no estará porque tiene que ir a cenar con el rey o que tiene que quedarse a vigilar el dinosaurio...
- Convéncela.
- ¿Cómo?
- Como sea.
- Ah, claro. No se me había ocurrido.


CITA A VISTAS

    Todo consiste en echarle un poco de imaginación a la vida. Que me lo digan a mí no tiene sentido. Para imaginación la que utilicé en mi tercer plan de conquista. La unión hace la fuerza, eso todo el mundo lo sabe. Gulliver y yo lo sabíamos. Teníamos que ponerlo en práctica.

    La idea era un tanto liada. Yo tenía que organizar una cita "a ciegas" entre Gulliver y Eneída, sin que ella sospechase nada y él simulase no estar al loro, para que, después, en venganza por lo que sería considerada una broma de mal gusto, ellos me la devolviesen con la misma moneda (aunque no en metálico), es decir, me preparasen una cita "a ciegas" con Dulcinea.

    Eso era lo que Gulliver y yo sabíamos (o creíamos saber). Eneída debía pensar que la broma era sólo cosa mía y que yo no podía sospechar nunca que ellos me la devolverían. Dulcinea no debía saber nada de eso. Simplemente creería que Eneída le iba a organizar una cita con un desconocido.

    Eneída picó como una china. Le hablé de un tal Homero, un chico deseado por todas las mujeres que pasaban a su lado. Trola aquí, trola allá y llegó el gran día.

    Gulliver estaba escondido. Tenía que esperar a que ella saliese de casa, se encontrase conmigo y nos fuésemos los dos al lugar convenido (que era, por cierto, un restaurante bastante cutre). Tenía que llegar él más tarde para que la impresión fuese más fuerte.

    Pero algo pasó. Ella no estaba en casa. Esperamos unos minutos y nos dimos por vencidos: no era tan tonta como parecía. De repente, deseé que la tierra se me tragase. Apareció ella y nos encontró a los dos juntos en el portal de su casa.

- Hola - dijo con cara de haber averiguado todo el plan.
- Esto... - dijo Gulliver - ... este me ha preparado una cita a ciegas con una tal Pocahontas. ¿Eres tú?
- Esto... - interrumpí yo antes de que Gulliver lo echase todo a perder, si es que no lo estaba ya. - Os he preparado una cita doble.
- ¿Una cita doble? - preguntó ella.
- Sí... cuando... - dijo él con inconvincente teatro. - Cuando me ha dicho que... nos hacía una cita doble ya he empezado a sospechar.

    Lo que yo jamás hubiese sospechado es que el mismísimo Gulliver iba a contar nuestro plan sin darse cuenta. Ahora me tocaba a mí convencer a Eneída de que era realmente una cita doble. Tenía que dar conversación hasta llegar al restaurante. Le dije que Homero y Pocahontas eran hermanos y que no tenían ningún inconveniente en hacerlo todos juntos.

    Después de decir todo eso, lo único en que pensaba era en meter un chorizo dentro de la boca de Gulliver para mantenerle ocupado. Pero él no paraba de mirarme con una sonrisa entre fingida y forzada pronunciando unos leves joder, joder, joder que me ponían realmente nervioso.

    Pese a todos mis esfuerzos, la pésima interpretación de Gulliver, no sólo mostraba claramente la falsedad del asunto, sino que, además, dejaba clarísimo que él estaba al corriente de todo. Mi último recurso fue proponerles que, si había una mesa reservada a nombre de Homero, se quedarían a cenar.

    Obviamente había una mesa reservada a nombre de Homero. Aquello ya estaba previsto. Así que me fui antes de que Eneída viese que la mesa era sólo para dos - si no me hubiese ido antes, se hubiese ido ella y hubiésemos disfrutado de la romántica cita Gulliver y yo.

    Cené tranquilamente en mi casa y me alegré cuando empezó una tormenta. Eso significaba que Gulliver y Eneída no tendrían más remedio que resguardarse de la lluvia, darse calor mutuamente e incluso besarse (aunque a mí sólo me interesaba que se pusiesen de acuerdo para devolverme la broma).


EL DIA DESPUES

- ¿Cómo fue todo? - le pregunté a Gulliver.
- Bien.
- ¡Anda ya!
- Que sí, que la convencí de que yo no sabía nada.
- ¡Anda ya!
- También la convencí para devolverte la broma.
- ¡Anda ya! - pensé unos segundos - ¿Qué? ¿Cómo?
- Sí. No le hacía mucha gracia pero la convencí.
- ¡Bien! Pero... ¿y qué? ¿le declaraste tu amor? ¿la besaste? ¿hiciste el amor con ella? ¿está embarazada?
- No, no me interesa.
- ¿No te interesa? ¿Qué es lo que no te interesa?
- Ella.
- Ya, claro - dije lentamente. Luego me aceleré. - No te interesa ella. O sea, ella no te interesa. Claro, lo he entendido perfectamente. Dices que no te interesa. Pero no es que no te interese nada en especial, es ella la que no te interesa. Porque, claro, ella no te interesa, ¿no es cierto?
- Me interesa, pero no me preocupa.
- Aaah... eso lo aclara todo. Ella no te interesa aunque, en realidad, no es que no te interese, es que no te preocupa. Ya, no podía ser otra cosa. No te preocupa que te interese. Al fin y al cabo nadie debe preocuparse por su interés. Si a ti no te interesase tendríamos que preocuparnos. Pero lo que pasa es, simplemente, que no te preocupa.
- No, no es eso.
- No, claro que no es eso, faltaría más. No puede ser que no te preocupe si te interesa o no. Seguro que hay una explicación más sencilla a todo eso.
- Me gusta, sí. Pero...
- Es que si no te gusta te mato.
- ... pero que no me preocupa.
- Perfecto - dije yo resignado. - Perfecto - resignado a olvidarme de mi cita, puesto que a Gulliver no le preocupaba (aunque no sé exactamente qué es lo que no le preocupaba) y puesto que Eneída debía estar tan convencida para devolverme la broma como de que Gulliver no sabía nada y que todo había sido idea mía.


LA OFELIA DE HAMLET

    Debíamos ser unos quince alrededor de aquella mesa del salón de casa de Hamlet. De todos ellos (y ellas) yo sólo conocía a cuatro o cinco. Estaba Hamlet y mi amigo Gulliver. También la prometida de Hamlet, Ofelia.

    A esta Ofelia ya la había visto yo alguna vez, antes de que se uniese con Hamlet. Lo cierto es que la recordaba más alta o... más baja. Menos morena o... menos rubia, es decir, no la recordaba muy bien. Estaba rodeada de otras jovencitas de cuyos nombres no es que no me quiera acordar. Es que no puedo. Bastante tengo con recordar sus tiernas miradas y seductoras sonrisas.

    Pero aquel día ninguna de aquellas tiernas miradas y seductoras sonrisas podían hacerme olvidar mi cruel destino. Aún pensaba en mi amada Dulcinea. La Dulcinea de mis sueños. La más hermosa de las damas (¿en serio?) Bueno, quizá no tanto (¿no tanto?). Digamos que una de las más hermosas damas (¡Ya será menos!). Vale, es menos.

    Aquel día - o aquella noche - no significó más que otra noche sin ella. Oí la dulce melodía de su nombre y los sabios consejos que muchos expertos me quisieron dar. Mas, para mi desesperación, cualquier consejo fue en vano. Nunca jamás de los jamases estaré en compañía de mi Dulcinea. Por muchas llamadas telefónicas superpreparadas que haga. Por muchos cuadrados que dibuje. Por muchas citas a ciegas que me monte...

- Escucha - me dijo Ofelia. - A esta Dulcinea tienes que cogerla bien por los cuernos.
- ¡Hamlet! ¡Hamlet! Escucha lo que dice tu novia de unos cuernos...

EPILOGO

    Vaga ahora por el universo mi alma en pena. Alma solitaria en busca de refugio. Un corazón perdido la estará aguardando. ¿Dónde? No lo sé. Seguiré buscando. O, mejor, desistiré. Dejaré que me transporte el viento del firmamento hasta hallar el verdadero amor.

    Quizá nunca debí conocer a Dulcinea. Quizá fue un error dejarme prender. Pienso noches y noches. Abrazo mi almohada y me pregunto porqué. No sé cuál es la causa. Un amor tan puro y profundo debiera ser siempre correspondido. Y más después de lo que he llegado a hacer.

    Aun así yo me resigno. Dejaré de pensar en ella. Habrá otras, lo sé. Aunque ahora me sea difícil; unas palabras siguen rondándome por la cabeza... cogerla por los cuernos... cogerla por los cuernos... Quizá no deba resignarme. Quizá ella esperaba mi insistencia. Quizá estaba ya casi convencida y abandoné cuando estaba al caer. Cogerla por los cuernos... cogerla por los cuernos... ¿y cómo diablos puedo cogerla yo por los cuernos? ¿Alguien me lo puede decir?


Jam, algún día