
| Mi resurrección
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| A medida que iba viendo crecer la
gigantesca mole roja delante de mí, la construcción dentro de la cual iba a ver
modificado mi modo de vida y mi destino, sentí en mi interior una inquietud y un
desasosiego que nunca había experimentado con tal intensidad. Una vez hube dejado tras de mí los nueve pisos que me separaban del cubículo al que habría de llamar hogar a partir de entonces, y una vez el largo corredor se dibujó ante mí en toda su longitud, llegué a experimentar auténtico temor y pánico. A partir de entonces, todos mis recuerdos, sensaciones y experiencias del mundo exterior pasaron en unos pocos segundos ante mis ojos para finalmente desvanecerse, pues sabía que iba a pasar una larga temporada entre esos tortuosos muros de color verde, conviviendo con las almas torturadas de aquellos que, al igual que yo, desconocían si su "visita" iba a ser corta o larga o, incluso, si iban a volver a salir al exterior. Dejadme que os explique que en el interior del Edificio todo es diferente, o, como mínimo nos lo pareció a los que nos habíamos visto obligados a permanecer confinados en sus entrañas. El aire de la mole es muy diferente, totalmente artificial, pues pasa por innumerables filtros que lo esterilizan del todo; igualmente artificial son la comida, la bebida, nuestros cubículos y, en fin, toda nuestra existencia; constantemente rodeados por esa atmósfera de surrealidad que le conferían nuestros vigilantes y, sobre todo, nosotros mismos. Allí pude observar, horrorizado al principio, completamente indiferente más adelante una multitud de cuerpos sufriendo las más diversas mutilaciones. Cráneos perforados por una algarabía de hierros retorcidos que se aunaban con el cuerpo, extremidades amputadas, cerebros constantemente conectados a diversos monstruos mecánicos, viviendo en una simbiosis alarmante, partes del cuerpo horriblemente ensartadas en una enorme diversidad de sondas y tubos que aspiraban la poca vida que les quedaba, cabezas rasuradas con multitud de incisiones y un gran número de cuerpos retorciéndose, impotentes ante el dolor y la enfermedad... Durante largas semanas decidí sumirme en la lectura a fin de olvidarme de todo y de acostumbrarme a mi nueva vida y a mi futura condición de mutilado. Me sentaba ante las enormes ventanas panorámicas, que me regalaban la visión de un mundo al que yo había dejado de pertenecer y al que, a lo peor, no volvería a pertenecer jamás. El tiempo tan sólo pasaba para el mundo exterior, no tanto ya para nosotros que, aparente y paradójicamente, habíamos conseguido un estado de dudosa inmortalidad, pues veíamos pasar el mundo ante nuestros ojos, día tras día, mientras en el interior del Edificio todo seguía igual. Durante los días siguientes se nos iban llevando al uno o al otro para someternos a interminables sesiones de pruebas médicas, introduciéndonos en tubos increíblemente estrechos, analizando nuestros cuerpos y nuestras mentes, llenando nuestro físico de cátodos para comprobar nuestras reacciones nerviosas. Además, casi a diario nos extraían muestras de sangre, aunque nunca supimos si para analizarlas o bien para engrosar sus ya ilimitados bancos de plasma. Poco a poco iban pasando todos por el quirófano, aunque tengo que decir que todos a los que yo tuve oportunidad de conocer salieron con vida y en buenas condiciones físicas, hasta que finalmente me tocó a mí. Me avisaron la noche anterior, dejando en mi minúscula mesa un conjunto de bata y gorro verdes, además de un desinfectante rojo. Me administraron un somnífero para que durmiera durante toda la noche. Por la mañana siguiente me encontré con un carnicero que, sin piedad alguna me cercenó mi larga melena para proceder al posterior rasurado de mi cabeza pues, al parecer, iban a practicar incisiones en ella. Una vez estuve rasurado y ataviado con el conjunto que se me había proporcionado la noche anterior, uno de los vigilantes, al que no había visto con anterioridad, vino a buscarme para llevarme al matadero, como solía llamarlo yo. Mi familia me pudo acompañar hasta la entrada. En esos momentos mi vida volvió a pasar fugazmente por delante de mis ojos en tan sólo unas décimas de segundo pues, aquel 15 de julio podía convertirse en el día de mi muerte, el día en el que dejaría de pertenecer al mundo de los vivos. Volví la cabeza atrás para poder ver a mi gente una, a lo peor, última vez, para despedirme, cuando vi que algunas tímidas lágrimas asomaban a sus ojos; comprendí que estaban compartiendo mis miedos y temores, que eran conscientes de que la próxima vez que me vieran, podría ser inerte en una camilla. Tras haberme "aparcado" en una pequeña sala anterior al quirófano, volvió el vigilante a buscarme. "Destino: número 4", se limitó a decir. Al entrar en la pequeña sala número 4 me sobresaltó ver la cantidad de engendros mecánicos a los que debería confiar mi vida, enormes máquinas que no paraban de emitir pitidos, cuya infinidad de lucecitas parpadeaban en un gran abanico de colores. En el centro, una enorme mesa de color negro, con una pequeña mesita a su lado repleta de herramientas semejantes a cuchillos, sierras, destornilladores y un largo etc... Encima de todo esto se encontraba una de esas enormes lámparas con 6 focos encendidos que emitían una luz blanquísima, casi tranquilizadora. Aparte esto, vi a dos personas ataviadas con batas y gorros parecidos a los míos, pero éstos de color marrón/anaranjado. Puesto que tenían la cara tapada, tan sólo me pude fijar en sus ojos, que irradiaban una frialdad e indiferencia asombrosos. Cuando pude darme cuenta, sentí un pinchazo que me heló la sangre y, al mirar hacia abajo pude comprobar que tenía un largo tubo introducido en una de las venas de mi mano derecha. Uno de los carniceros estaba mirando a su reloj y contando en voz alta. Cuando llegó al cinco me sumí en el más plácido de los sueños. Lo siguiente que recuerdo es una larga carrera por un pasillo, multitud de personas a mi alrededor sonriéndome y tranquilizándome, diciendo que todo había ido bien y que habían transcurrido 8 horas. Algo más tarde desperté a causa de un pitido intermitente que oía a mi derecha, y entonces pude comprobar que tenía una multitud de tubos introducidos en la nariz, en mis brazos y en los genitales, parches por todo el pecho y un insoportable dolor de cabeza. Apareció uno de los cirujanos interrogándome sobre mi estado físico, estudiándome con detenimiento y observando las lecturas que le daban los engendros mecánicos a los que estaba entubado. A los pocos días me permitieron regresar a mi cubículo, mi "hogar" número 910, me separaron del soporte artificial de las máquinas y permitieron que mi organismo comenzara a funcionar solo de nuevo. Allí estuve confinado durante algunas semanas más, intentando recuperar movilidad, intentado habituar a mi cuerpo a la vida que había llevado antes y que no había sabido apreciar con anterioridad. Poco más tarde me dejaron libre y pude salir otra vez al Exterior, sabiendo que volvería a retomar mi cruzada contra vosotros, con energías renovadas y con una nueva vida, con un nuevo bautismo, con una resurrección. LA RESURRECCIÓN DE LORD GHORTHOR. |
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| Ghorthor, 2/08/99 | |