
| Submarino de Hielo
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| Has intentado alguna vez abrazar a un
submarino? Lo has probado acaso? Te imaginas, ni remotamente, lo que se siente al intentar
abrazar a un submarino que, sea como sea, acaba por escapársete de las manos? Aún sabiendo de antemano lo que sucedería, yo lo intenté hace un invierno y puedo decirte lo que sentí. Abrir al máximo los brazos, acercarme a esa masa enorme, negra y pesada de sustancia impermeable que tantos océanos ha recorrido, que tantos mares ha buceado, que tantos lugares ha conocido. No creerlo y, de pronto, sentir el frío material que cubre al buzo nuclear aplastado contra mi cuerpo, sentir la presión que tantas veces habías asociado a cualquier inmersión. Notar como el agua salada empieza a resbalar por la mojada cubierta del supositorio armamentístico que estás tratando de abarcar con tus limitados miembros, y de la cubierta va a parar a tu cara, llena de sudor, también salado, que se mezcla con el agua que ha servido como hábitat natural para tantas y tantas formas diferentes de vida. Seguir, a base de vanos esfuerzos, intentando tocar con tu mano derecha la izquierda, también tuya, y saber de sobras que no lo conseguirás por que ese submarino es inabarcable. Y después de permanecer unos minutos con la falsa esperanza de alcanzar lo que nadie parece conseguir, notar como algunos de tus dedos rozan a otros que igualmente te pertenecen: creer que lo has conseguido.... ... y de pronto notar como ese submarino que creías tener entre tus brazos, que creías dominado a tus manos y que habías hecho tuyo, empieza a deshacerse como si se tratara de un trozo de hielo puesto al sol en plena estación veraniega - infernal -, como si estuviera a la espera de ser deshecho por los minutos del destino y por su propio corrosivo sudor, quedándote abrazado a la nada, disecada ya la antigua sonrisa, ácida y rancia, como muestra de los breves instantes de triunfo anteriores. Abrazar a un submarino es como abrazar el frío cuerpo de la muerte, como esperar sonriendo a que el destino te muestre una vez más su cara amarga o tal vez lanzarte desde el punto más alto de una catedral y creerte que estás volando, sin pararte a pensar que cuando llegues abajo no sólo no lo podrás contar jamás sino que te darás cuenta, demasiado tarde, que lo que acabas de hacer es una verdadera idiotez (por que no has conseguido volar, no por nada más). Intentar abrazar a un submarino es esperar la gloria, la calma protectora de ese metálico desconocido en el cual te puedes esconder, complacer y complacerte, y no llegar nunca a tocarlo de verdad por que, visto lo pasado, experimentado lo inolvidable, ese submarino es del todo inabrazable Y SIEMPRE LO
SERÁ. |
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| Damien, 13/11/99 | |