Sueños

 

muchas noches me veo invadido por sueños inexplicables, por historias dignas de nuevas y extrañas películas de ciencia-ficción y fantasía.

según dicen, cada sueño tiene un porqué, una razón de ser, de existir. dicen que cada sueño tiene una interpretación, que todo sueño puede relacionarse con algún hecho, deseo o persona, ya sea en el pasado, en el presente o en el futuro, con algún tipo de nexo con la vida del que lo sueña.

pero yo sigo sin entender la práctica totalidad de mis sueños.

quieres soñar conmigo?




me veo lejos, dormido, ajeno a mí mismo. acto seguido, entre sudores, noto algo en las manos. me percato de que se trata de un pene, de que tengo un pene entre mis manos.

no veo nada. de hecho creo que todo es un sueño. después de vacilar durante unos segundos, me doy cuenta que ese pene es el mío, de que el pene que tengo en mis manos me pertenece.

nervioso me pongo a sacudir frenéticamente ese trozo de carne endurecida entre mis manos hasta que llego al orgasmo y libero todo lo que llevo dentro, acompañado de unos cuantos espasmos.

cansado pero aún nervioso miro al techo.

me encuentro en la plaza de un pueblo conocido cuyo nombre no puedo recordar. estoy rodeado de gente de mi edad o más joven. parece una acampada o unas colonias veraniegas.

todo el mundo está contento, haciendo sus cosas, arreglando las bolsas, sus mochilas.

hace sol.

alguien, supuestamente una monitora, dice en voz alta que hay que buscar cama, así que todo el tropel de personas que nos encontramos allí, nos ponemos de pie y, corriendo, nos dirigimos a una vieja casa que se encuentra en la misma plaza.

vamos como locos, cada uno a su bola. nos situamos en las escaleras, unas escaleras de caracol imposibles, que no paran de dar vueltas sobre sí mismas. la gente corre sin parar, subiendo como perseguidos por el diablo, gritando, riendo.

alguien que no recuerdo (que no conozco, aunque creo que es de sexo femenino) y yo paramos en un tramo de la escalera y entramos en una especie de habitación en perfecto estado de putrefacción.

es una estancia muy pequeña, llena de arena, de tierra, de porquería. soy alérgico al polvo. lo recuerdo cuando estornudo por primera vez.

además de ser alérgico al polvo - y parece ser que a los polvos también - me doy cuenta que estoy siguiendo a esa persona mientras los demás no hacen más que subir las escaleras sin parar, montones de ellos, mientras algunos paran en algunos pisos y se adentran en ellos.

veo que mi compañera se agacha y que intenta pasar por una salida muy pequeña a la altura del suelo. no puede pasar. lo intento yo y tampoco. me pongo bruto y golpeo la pared con decisión para ver, al cabo de poco, que ésta cede bajo mis golpes. todo está lleno de polvo, se podría decir que hasta se respira el polvo.

los dos pasamos por allí y llegamos a una sala enorme llena de literas muy altas. pierdo a mi compañera. me quedo solo. solo? no. la habitación esta llena de gente en las literas. las literas están llenas de ropa, de trastos, de papeles, de gente que o bien duerme, o bien habla con el de al lado. se respira un aire de camaradería general mientras yo me sigo sintiéndome perdido.

salgo de esa sala y voy a dar a otra de semejantes características a la anterior y me doy cuenta de que ese piso esta repleto de habitaciones afines, con gente entre los que reconozco a los que antes subían las escaleras precipitadamente.

con las literas y con las gentes y con las cosas y con el aire de camaradería en la cabeza, aparezco de pronto en una especie de galerías, frescas, llenas de tiendas y, de nuevo, me encuentro de pie en unas escaleras, solo que esta vez se trata de escaleras automáticas, de las que suben solas, que me llevan al primer piso sin darme oportunidad para decidirlo.

estoy rodeado de gente que hace lo mismo que yo. cuando llego arriba, giro a la derecha la mirada y allí veo que venden bambas de las que a mí me gustan. pero no sólo hay bambas. también una docena de personas pasean por allí. y lo que me deja perplejo, la mayoría son caras conocidas, amigos del pasado, colegas que tuve cuando cursaba EGB, gente que no veo desde entonces, gente con la que perdí todo tipo de contacto.

me acerco a las bambas y nadie me dice nada. parece como si lleváramos toda la vida viéndonos, como si no hiciera años y años que no nos vemos las caras. me fijo en unas bambas de bota que me gustan. de color negro, evidentemente. necesito unas. mientras las miro, a ellas y a su precio, veo que una chica que está muy buena se encuentra al otro lado de las bambas, mirándome fijamente. me quedo mirándola yo también. no sé quien es.

aparece de pronto, por detrás, mi tía. me dice que esas bambas son nosequé y nosecuál. que si las quiero que quizás me las compre ella y algo más que no recuerdo.

la otra chica, la que no para de mirarme, parece que desprecia a mi tía, por el modo de mirarla, por el gesto de desagrado que se forma en su rostro.

mi tía se va, momento que aprovecha la guapa chica para acercarse a mí. me da la mano, se presenta. se llama Sonia o Silvia y lleva una minifalda blanca y una chaqueta tejana. debajo un top de verano, rojo, creo, que marca sus bonitos pechos para deleite mío. pero la verdad es que no me fijo mucho en ello ya que no acabo de entender qué es lo que está pasando.

me dice que le caigo muy bien, que quiere que vayamos juntos. sin mediar palabra me arrastra por un pasillo con mucha luz, con aparadores a los lados llenos de cosas que no recuerdo, hasta que llegamos a un self-service enorme, con no mucha gente y con la sensación de limpieza allá donde dirija la mirada.

nos sentamos en una mesa cercana a la salida, donde parece ser que ya hay alguien que también desconozco. ella empieza a hablarme y yo me quedo encantado con ello, a pesar de no saber qué me dice. la miro a la cara y me parece una mujer muy guapa: estoy ilusionado, alegre, algo eufórico.

se acerca el camarero, un tipo joven con poco pelo en la cabeza, bien vestido y aparentemente agradable.

al servirnos algo que no hemos pedido, o que yo no recuerdo haber pedido, se le cae una especie de caldo granate y caliente y resulta ser él el que más se mancha. la ropa le queda hecha una pena. el pobre hombre se disculpa, a lo que nosotros le decimos que no pasa nada, que esté tranquilo. hasta tal punto intentamos que el pobre camarero no se sienta mal que le invitamos, o le invita ella, a sentarse en nuestra mesa y probar lo que parece ser que hemos pedido.

luego todo se va. la mirada suya, el pobre camarero, las escaleras de caracol, las literas llenas de cosas y gente, las bambas, mi tía... todo. se acabó. despierto...

Damien, 13/08/99