Acerca de la caída de un vaso

 


Existen sonidos que son realmente maravillosos, casi diría exactos, y en un matemático, pues ésa es mi profesión, la precisión escrupulosa es condición necesaria para emprender cualquier movimiento vital. Puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que la adjetivación no es de ningún modo exagerada ni pretenciosa.

Para dar, de algún modo una visión general de mi filosofía de vida, debo, arbitrariamente remontarme a pequeños cálculos estadísticos que practico diariamente, con el único propósito de confeccionar teorías (que por ahora no son más que meras hipótesis), que comprueben que con rigurosidad científica es el mejor método en el que uno puede desempeñarse en la vida como una persona ecuánime, equilibrada y con un certero control sobre sentimientos primitivos, innecesarios e incluso, algunas veces (o todas), repugnantemente humanos.

Veamos un ejemplo, a modo ilustrativo: habitualmente computo cada paso que doy, (y esto no esconde metáfora alguna). Me refiero simplemente a las pisadas que dan los pies en el momento de echarse a andar por una vereda, o las del simple deambular por la casa. Sé perfectamente cuantos trancos puedo hacer por minuto y sé cabalmente cuál de los dos pies comienza la marcha, en forma estricta, cada vez que emprendo alguna.

Pero, volviendo al tema que nos compete y que nada tiene que ver con modos de transitar, estaba comentando que la caída de un vaso, su rotura y la resonancia que produce al estrellarse contra alguna superficie (preferentemente un piso de mármol u otro material duro como el granito o las lajas) es algo extraordinariamente mágico al oído. (De ninguna manera recomiendo suelos de madera, o alfombrados... allí ya la sensación no es la misma.)

Existen algunas personas que realizan extrañas acrobacias para salvar a un simple utilitario a punto de desplomarse y yo siempre me pregunto si en realidad tiene sentido intentar cambiar el destino de un elemento cuya función es contener líquidos de todo tipo y no cumple con algunos de los procesos naturales de la cadena de vida: nacer, crecer, multiplicarse y morir.

Un vaso nace, cumple su función práctica y muere... no evoluciona ni se reproduce, entonces... ¿para qué evitar su fallecimiento en el preciso momento en que llegó la hora de su fin?

Además... ¿quién piensa en esa superficie donde se desplomará? Tal vez esa fría zona, de alguna manera necesite algo de acción en una monótona vida de manchas de aceite, pelos de animales, pañuelos de papel, helados de chocolate, cenizas de cigarros, algún escupitajo ocasional y pisadas despiadadas e implacables: Es entonces que aquel encuentro con astillas de cristal sea una bella comunión de dos materias que tal vez estén hechas la una para la otra.

Como decía anteriormente, mi pasión son las ciencias exactas. Soy diplomado (honoris causa) en diferentes instituciones educativas del mundo y mi actividad principal es la docencia en la Universidad Nacional de Léucade.

Mi tiempo es escaso, y es poca la actividad física que realizo, las piruetas y contorsiones no son mi fuerte. Por eso, a la hora de contemplar a una copa o similar, derribarse, no hago el más mínimo intento por recuperarla en el aire... simplemente dejo que siga su corto recorrido y disfruto la escena hasta el momento cúlmine de su muerte, ese sonido estrepitoso, extraordinario, sublime...

Esa cadencia, esa puntualidad breve y extrema... me producen efectos mejores a los del amor o a los de cualquier droga. Por milésimas de segundos me siento un ser feliz, el éxtasis abriga mi alma de números y ecuaciones... los vidrios rotos me entregan una sensación inusitada.

Luego, tomo una escoba (que presumo también espera ese momento con ansiedad), recojo los restos de virutas vidriosas (por temor a que mi tortuga sufra alguna herida), y al día siguiente me dirijo al domicilio de Reneé, una hermosa recicladora de despojos, quien, seguramente con ellos me fabrique otro utilitario: un cenicero, un ángel, un disco compacto, un demonio o lo que a ella se le ocurra, según su inspiración, sus actividades o sus ganas.

Vale la aclaración, por si hace falta: muy distinta sería esta mínima historia, si el vaso del que hablo, quisiera morir junto a su contenido: trátese de ginebra, gin, whisky, cerveza, o lo que abarcare.

Pero esta situación, es tema, para otro relato...

Lucrecia, 28/10/99