
| Visitante Nocturno
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| Por fin acabó el día.
Quizá el más cansado y a la vez aburrido de mi vida. Uno de esos días en que uno se
levanta y, al llegar la noche, se pregunta porqué. Todo me había salido mal. A penas
había dormido la noche anterior, el desayuno me había sentado como un tiro, un accidente
con el coche - leve, pero molesto -, el jefe dando la lata en el trabajo, la comida...
otra vez verdurita y pececitos. Horrible. Mi mujer había ido de viaje con los niños y me había dejado solo en casa, con mi trabajo y mis preocupaciones. Echaba de menos su comida... un buen filete acompañado por un enorme plato de patatas fritas. Y la salsa. La mejor salsa del mundo a base de champiñones y algún que otro secretito. Verdurita y pececitos. Es increíble que haya gente que se quede a comer en la propia empresa sabiendo lo que hay. Comprendo a los solterones, que han de conformarse con cualquier cosa. O a los que, como yo, la mujer los deja por un tiempo. Pero algunos preferían comer a base de verduritas sin ningún motivo. Todo problemas. Había sido un día terrible, para olvidar. Pero ya era de noche. Ah, la noche... el descanso, la tranquilidad, el sueño, el silencio. Después de una cena consistente en latas de sardinas y embutidos variados, ya era la hora de ir a la cama. Decidí acostarme pronto para poder levantarme al día siguiente a la misma hora y vivir de nuevo toda la pesadilla del trabajo. Resignación, esa era la palabra que debía atizar mi mente una y otra vez mientras me quitaba la ropa y me ponía el pijama. Me tiré un poco a lo basto en la cama y di un puntapié al interruptor de la luz. - Buenas noches, maldito mundo - dije en voz alta. Miré el despertador: las once. Cerré los ojos y respiré profundamente. Como solía hacer siempre, empecé a pensar un poco antes de caer en el sueño. Recordaba algunos detalles del jefe de la empresa por los cuales hubiese disfrutado dándole una buena patada en el culo. Su risa sarcástica. Eso era lo más odioso de aquel déspota enriquecido por la estafa. Aparecía por la puerta cada cinco minutos con una sonrisa producto del puro cinismo de los individuos más despreciables del planeta. A punto estaba de dormirme con aquellos bellos pensamientos cuando oí un pequeño zumbido alrededor de mi oreja izquierda. Ladeé un poco la cabeza. - Los tíos como ese deberían ser incinerados - pensé. Volví a oír el zumbido y abrí los ojos. Debía ser un mosquito. Me giré y encendí la luz. Miré alrededor y no vi nada. Apagué la luz y me acomodé de nuevo. - A la mierda todo! El zumbido sonó otra vez. Agité las manos a la altura de las orejas, pero aquello no pareció hacer más que excitar al bicho. Moví entonces todo el cuerpo. Levanté las sábanas y di un golpe al aire exclamando: - Pero qué coño...! Intenté acostarme de nuevo, pero el mosquito aún seguía ahí. Encendí la luz rápidamente y eché un vistazo. No había nada. Me levanté y me acerqué a la puerta mirando de reojo hacia la almohada. - Voy a echar una meada - dije en voz alta. - Si cuando vuelva sigues ahí voy a quemarte vivo, ¿te enteras? Caminé a lo largo del pasillo hasta llegar al lavabo. Me miré en el espejo y pude observar unas ojeras más grandes que el estadio de fútbol de Wembley. - Dios! - murmuré - Luci, cuánto te echo de menos. Al volver a la habitación estuve unos minutos examinando todos y cada uno de sus metros cuadrados esperando encontrar ese asqueroso bichito. - Espero que me hayas hecho caso. Me estiré en la cama sin apagar la luz, esperando oír de nuevo el zumbido. Pero no lo oí. Parecía que el mosquito ya no estaba. Así que me volví apagando la luz con el pie. Me puse boca arriba y empecé a respirar profundamente. Por fin iba a descansar un poco. Los ojos se me cerraron. Estiré los brazos y... paré de respirar de repente. Presté atención. Aquel zumbido volvía a sonar. - Me cago en tu padre, hijo de puta! - di un salto de la cama y encendí la luz. - Voy a matarte, ¿me oyes, cabrón? Paseé la vista de un lado a otro, pero no podía ver nada. Cogí una camiseta y la agité en el aire esperando ver algo que se moviera. Luego me quedé quieto, mirando fijamente algunos puntos durante varios segundos. Finalmente lo vi. Estaba en la pared, totalmente quieto, con las patas estiradas. Era realmente un asco. Agarré con fuerza la camiseta y me acerqué a él muy lentamente. - Vamos, guapito... no te muevas ahora, que tengo algo que decirte. ¿Sabes que le pasa a los mosquitos que entran en mi casa? Pronto lo sabrás... Giré fuertemente el brazo y estampé la camiseta contra la pared justo donde estaba el mosquito. Después lancé la camiseta hacia una silla y, después de apagar la luz, me acosté. - Aaaah... - suspiré. - Paz y tranquilidad para mi cuerpo. Parpadeé varias veces. Miré el reloj: las doce. Con acostarme pronto no había conseguido nada. Aún tardaría un rato en dormirme y no descansaría lo que hubiese necesitado. Cerré definitivamente los ojos y conté algunas ovejitas. Iba por la vigésima ovejita cuando el terrible zumbido sonó casi dentro de mi propia oreja. Salté de la cama exhaltado intentando darle al interruptor de la luz, aunque no lo conseguí hasta lograr calmarme. - Qué coño está pasando! - grité. En ese momento, un perro callejero empezó a ladrar, sobresaltado por mi grito. Me metí el dedo en el oído mirando a uno y otro lado. - Joder, juraría que estaba muerto... Cogí de nuevo la camiseta y me tumbé en la cama sin apagar la luz. Estaba seguro de que el mosquito no tardaría en acercarse atraído por el calor humano. Esta vez me aseguraría de que lo mataba. Estuve esperando largo rato. El reloj ya daba casi la una y el bicho no había aparecido. Ni siquiera había oído su molesto zumbido. Con lo cual, apagué la luz confiando en que ya era sólo una cuestión psíquica. Estaba nervioso por lo que me había sucedido durante todo el día y ahora sufría una especie de psicosis, como Delirium Tremens. - Tengo que calmarme e intentar dormir - me dije autocompadeciéndome. La una. No sólo no iba a dormir lo suficiente para estar descansado al día siguiente, sino que dormiría incluso menos de lo habitual. Me cubrí medio cuerpo con la sábana cuando me di cuenta de que se me había acelerado el corazón. - El estrés - pensé. Dejé de pensar y puse mi mente totalmente en blanco para tratar de dormir lo antes posible. Y, cuando estaba a punto de conseguirlo, algo se posó en mi brazo. - ¿Qué diablos...? - moví un poco el brazo y el zumbido volvió a sonar. - Puta mierda, joder! Coño! - encendí la luz y me levanté. - Te tenía... cabrón, estabas en mi brazo. Estuve de pie, inmóvil, hasta que vi una pequeña manchita que daba vueltas alrededor de la lámpara, en el techo. Sin perderlo de vista, me desplacé sigilosamente hasta la silla donde antes había caído la camiseta. La cogí. - Vamos, vamos... baja... - susurré. - Ven aquí... El mosquito volaba en círculos subiendo y bajando, aunque no lo suficiente. Palpé sin mirar hacia atrás hasta dar con la silla. La levanté y la puse justo debajo de la lámpara. - Ahora verás, amigo... Subí a la silla y me encontré con el bicho a menos de un palmo de mi nariz. Alcé la mano derecha, con la camiseta bien sujeta e intenté darle, pero fallé. El insignificante animal se desplazaba con gran habilidad y había evitado el golpe. Intenté darle de nuevo y volvió a esquivarlo. Ya la tercera vez, moví tanto el brazo que perdí el equilibrio. Resbalé de la silla y caí de espaldas al suelo soltando un terrible alarido. - AAAAAAAAGGGH... !!! Maldito hijo de puta! Miré al techo y, en aquel momento, el mosquito descendió hasta posarse en el respaldo de la silla. Llevado por la rabia, di una patada a la silla, que se desplazó un par de metros, tropezando con la mesilla de noche y echando al suelo el despertador, una pequeña lámpara, mi rolex de oro y el cenicero de cristal que me había regalado mi madre. El suelo de la habitación quedó repleto de minúsculos cristales. Algunos incluso estaban encima de mí. Yo, echado en el suelo, sin a penas poderme mover. Conseguí incorporarme al cabo de algunos minutos. Me levanté y caminé casi de puntillas hasta salir de la habitación. Me clavé algunos cristales en los pies y tuve que quitármelos en el lavabo. - ...dita sea! Me senté en un taburete allí mismo, en el lavabo, y puse los pies en la ducha poniendo el agua fría. Cerré los ojos y suspiré. Después cogí una escoba y volví a la habitación. Estaba hecha un completo desastre. Recogí todo aquello haciendo un montón en un rincón. El rolex ya no funcionaba. El despertador, afortunadamente, sí. Y daba las dos y media. Estaba mirándolo cuando algo pasó delante de mi y paró en mi propio pecho. - Has de tener muchos huevos para pararte ahí... - dije antes de darle una palmada con mi mano derecha. - TOMA !!! Aparté la mano lentamente y allí estaba. Chafado. Ensangrentado. Muerto. Fui otra vez al lavabo y me froté las manos con agua y jabón. Después, entre tranquilo y desesperado, volví a la cama con la esperanza de dormir lo poco que me quedaba de noche. Me tumbé estirándome al máximo, cubriendo casi toda la cama. Apagué la luz y cerré rápidamente los ojos. Oía mi propio corazón latiendo en el pecho. Respiraba profunda y pausadamente, con la boca bien abierta. Pero no me dormí enseguida. Algo empezaba a preocuparme: ¿qué le diría a mi madre sobre el cenicero de cristal? ¿y a Luci sobre la pequeña lámpara y el rolex de oro? ¿podía decirles la verdad? ¿que se me habían roto matando un mosquito? - Mierda - pensé. Olvidé el asunto y bostecé. Cuando se hizo el silencio total el zumbido sonó una vez más. Cerré la boca, pero no abrí los ojos. Me limité a escuchar. El ruido se hacía cada vez más agudo y se iba acercando. Finalmente me incorporé y abrí los ojos. Le di al interruptor. Miré al techo. Luego a las paredes, al suelo. No había nada. Debía ser la imaginación, que me jugaba una mala pasada. Aún así, seguí en aquella postura sin hacer ruido y el zumbido se metió hasta el fondo de mi oído. Me llevé la mano a la oreja y me aticé la bofetada más fuerte que jamás antes había dado a nadie. Noté algo que se había movido dentro, pero salió. Vi como otra de aquellas minúsculas bestias, que se me había metido en el oído, volaba libremente por la habitación hasta que la perdí de vista. - ¿Dónde te has metido? - pregunté enojado. Salté de la cama y estiré de las sábanas. Las agarré con fuerza y las removí en el aire golpeando las paredes y el techo. Accidentalmente, le di a un jarrón que cayó haciéndose mil añicos. Pero yo seguí con lo mío. Vi el mosquito al lado de la ventana, parado en la cortina. Me quedaba lejos para darle con las sábanas, así que cogí un zapato y se lo tiré con fuerza. Desgraciadamente erré el tiro y rompí el cristal de la ventana, aunque la persiana estaba bajada y no perdí el zapato. Entonces le tiré el otro zapato y acerté. El bicho debía ser inmortal, porque no se inmutó, simplemente aguardó unos segundos y levantó el vuelo. Al ir hacia él, me pinché otra vez con los cristales que había en el suelo. Me senté en la cama. Eran las tres y cuarto y me tenía que levantar a las seis. El mosquito estaba entonces cerca de mí, de nuevo en la pared. Miré la mesilla de noche. Abrí el primer cajón y saqué un mechero. Puse una mano en el suelo y acerqué la otra con el mechero donde estaba él. Lo encendí. Voló huyendo justo a tiempo. Yo levanté rápidamente la mano para intentar darle con tan mala fortuna que prendió la cortina. Al ponerme en pie resbalé y caí de costado clavándome en todo el cuerpo los cristales que aún no había retirado. El fuego se extendía por momentos y pronto la habitación se llenó de humo. Me arrastré como pude entre los cristales y me apoyé en la cama. Cogí una sábana, giré y le di a la cortina tres o cuatro veces. Logré apagar el fuego. El humo había entrado en mis pulmones y no paraba de toser. Levanté la persiana y abrí la ventana, no sé realmente porqué, ya que el cristal estaba roto. Me calmé un poco sentándome en la cama. Hundí la cabeza entre las piernas y me la cubrí con los brazos. - Joder, joder, joder... Poco después de dejar de toser, oí una sirena que se acercaba. Eran los bomberos que se acercaban a toda prisa. Por lo menos venían tres camiones. - Mierda! - grité. - Algún gilipollas ha llamado a los bomberos - miré el despertador: las cuatro. - Aquí no hay fuego, estúpidos, ¿es que no lo veis desde ahí? Llamaron al timbre varias veces. Yo les ignoré, cosa que no debía haber hecho. No se me ocurrió pensar que los tíos listillos llevaban un hacha con la que abrir sutilmente la puerta. Es así como lo hicieron. Llegaron corriendo a mi habitación y vieron todo el desorden quedándose con cara de foto. - Todo está bien, gracias - les dije con una amplia sonrisa. - ¿Pueden marcharse y dejarme dormir en paz, por favor? - Sí, claro... - respondió uno de ellos sin llegar a comprender que era lo que estaba pasando. Fui a la cocina y cogí un huevo de la nevera. Lo abrí y me lo metí directamente en la boca. Fue algo repugnante. Sobretodo cuando lo escupí encima del horno. Bebí un vaso de agua y volví a la habitación. Me estiré en la cama y cerré los ojos sin haber apagado la luz. - Bzzzzzzzz... - oí a lo lejos. - Te voy a joder vivo... Salté de la cama como una fiera moviendo los brazos arriba y abajo. Empujé la mesilla y cayó al suelo. Igual con la silla. Me acerqué al armario y lo empujé con fuerza hasta que cedió. Grité una y otra vez lanzando todo lo que tenía a mano. Rompí la lámpara del techo y el otro cristal de la ventana. Todo quedó a oscuras y yo me calmé. Fui despacio palpando el suelo y lo que en él estaba buscando una linterna. La encontré, pero estaba rota. En aquel mismo instante noté algo que se posaba sobre mi mano izquierda. Con la misma linterna asesté un duro golpe mientras aspiraba fuertemente para no gritar. Pasé la mano derecha por encima de la izquierda y restregué lo que me pareció un liquidillo espeso y viscoso. Estaba claro, el señor mosquito había fallecido. Avancé lentamente hacia la cama y dejé caer mi cuerpo sobre ella. Apoyé con suavidad la cara en la almohada y cerré los ojos. Me restregué la mano izquierda en el pantalón del pijama para limpiarme lo que me debía haber quedado. Pronto la humedad me llegó a la pierna y descubrí que parte de la sangre que me estaba limpiando era mía. - Diablos... - pensé. Decidí no hacer caso a nada más. Ya no me importaba que volviese a sonar aquel molesto zumbido. Me daba absolutamente igual. Hundí la cabeza en la almohada y me la cubrí con las sábanas para evitar que cualquier mosquito se introdujese en alguno de mis oídos. Si me picaba, tal vez no lo notaría. Me había de una silla, me había autoabofeteado y me había clavado cristales en los pies. Ya nada podía ir peor. Justo cuando estaba pensando en ello, se disparó el despertador. Eran las seis. Hora de ir a trabajar y volver a obedecer las estúpidas instrucciones del jefe interrumpiendo para comer unas tristes verduritas y pececitos. - A tomar por el culo - di un manotazo al despertador y seguí durmiendo hasta el atardecer. |
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| Jam, sin fecha | ||