1

Me pregunto si empezar a escribir este diario servirá para algo. Personalmente pienso que no, aunque después de todo lo sucedido a mí alrededor no se puede decir que sea una persona demasiado optimista. Ha habido demasiadas desgracias entre las personas que conocía como para delegar las culpas de un mundo injusto en un vano sentimiento de esperanza. ¿Ven? No consigo más que escribir palabras que divagan, como mecidas por una ola invisible, una y otra vez; a este paso, y con un ojo echado sobre los trozos de papel que tengo a mí alrededor, no creo que toda la historia que he de contar, pueda ser condensada en ellos. En fin, espero que mi espíritu de escritora, de alumna de Filología en la universidad me sirva para algo más que morirme de hambre una vez haya conseguido aprobar todas las asignaturas.

Lo cierto es que empezar por un instante del tiempo es complicado, quién sabe cuándo toda esta trama comenzó a urdirse entre los amasijos del espacio tiempo. Quizá desde mucho antes que nuestro universo existiera ya estaba escrito que todo esto sucedería, y que sería a nosotros, a una pequeña porción de humanidad a quien más afectase. Quizá los seres que construyeron los engranajes que hacen voltear al mundo nos viesen, alejados de esa intangible realidad del tiempo, antes durante y después de los hechos que están completamente grabados, como a cincel que esculpe una informe masa de mármol, en mi mente. Aún puedo escuchar la suave respiración de Jose, mientras dormía con la cabeza apoyada contra la mesa. Así había quedado después de realizar los últimos cálculos teóricos sobre su experimento. Él era mi compañero de piso, y para las gentes que aún no han salido de la postura clásica, se podría decir que era mi novio. Muchas veces, viéndole así, acostado contra la mesa, babeando dulcemente sobre sus apuntes, me preguntaba cómo dos personas tan distintas habían podido acabar juntas, y ahora, después de todo lo sucedido empiezo a pensar que también era parte de ese plan que nos había involucrado.

—¿Qué…? —preguntó al aire dulcemente mientras abría los ojos. Esa era su típica reacción cuando le despertabas de un sueño profundo, y su voz en esos momentos dejaba de ser dura, como él aparentaba siempre ser, y se volvía dulce, como su rostro de ángel caído del cielo a nuestro mundo sólo para hacerme feliz a mí.

—¿Vienes a la cama? —le susurré al oído mientras le besaba la mejilla, para que su, ya de por sí, pésimo sentido de la orientación que además estaba dormido, centrase el resto de su cuerpo. Él me sonrió y me devolvió el beso con la elegancia que le caracterizaba en cualquier situación, al tiempo que acababa de despertar su organismo estirando sus brazos de manera exagerada.

—Lo siento, pero estaba nervioso y decidí repasar los cálculos por…

—¿Nonagésima vez?

—Sí, lo siento —volvió a disculparse— pero es que en este proyecto he invertido muchos años de mi vida, y conseguir que la universidad se arriesgase a financiarlo es la segunda mejor cosa que me ha pasado en mi vida. Después de ti.

Yo le sonreí, y le acompañé hasta la habitación donde nos acostamos, como cada noche, yo apoyada en su hombro, y él vestido, despierto, mirando el techo y silbando con un tono muy bajo, creyendo que yo no le escuchaba, su canción favorita. Jose era así, se apasionaba con lo que hacía, y a parte lo hacía bien. El único defecto era que esa misma pasión que le había llevado a tantos sitios y a los puestos más importantes, le consumía lentamente; le impedía dormir, y su dieta, durante el tiempo que estuvo construyendo los dos "bujeros", como él los llamaba, dejó bastante que desear; por no mencionar la actitud para conmigo, creo que nunca en mi vida había pasado tanto tiempo sola. Bueno, no es que él no estuviera allí, su cuerpo lo estaba, pero su mente, a mi parecer de una brillantez superior a la media aunque a veces le costaba demostrarlo, lo abandonaba durante mucho tiempo, para viajar entre las desordenadas ideas que se habían acumulado a lo largo de todos aquellos años de carrera en ella. Era de mente inquieta, y eso con las relaciones personales no es que combine demasiado bien.

Le echo de menos, a su dialéctica incisiva, más que al calor de su cuerpo, y pensar en como se ha ido de mi lado, hace que la poca salud mental que el resto de mi vida me ha dejado disminuya lentamente, y a cada recuerdo que tengo de él me encuentro a un paso más de un precipicio del que veo el otro extremo pero que no se si podré salvar.

Extracto del diario personal de María Muñoz.

2

Quiere que le hablé de José Santos, ¿verdad? Pues que quiere que le diga, era un estudiante mediocre, la mejor nota que había sacado era un notable, y siempre muy justito, pero había algo en él, en su forma de trabajar en los laboratorios, en la manera de explicar sus teorías que me fascinó desde que le conocí.

Soy profesor de esta universidad desde hace más años de los que desearía recordar, y desde mis primeros pasos en la Física nunca había visto nadie con ese empeño en las venas, era de esas personas que siempre que montaba cualquier artilugio y le daba una utilidad, lograba hacerlo funcionar, aunque fuese la cosa más estúpida del mundo, como un paracaídas para huevos de gallina, que por cierto, su huevo fue el único en aterrizar desde el quinto piso sin un solo rasguño en la cáscara. Eso quizá, o quizá solo fuese por la chochez de los años, fue lo que me animó a concederle la beca en experimentación y desarrollo que la facultad había dejado a mi cargo conceder.

No puede ni imaginarse las broncas que me costaron hacer esa barbaridad; que si era un viejo mochales al que ya no le funcionaban las neuronas, o incluso, y esa fue la del rector, que si no había pensado en jubilarme, que quizá el estrés del educador había podido conmigo y que por eso mis decisiones no eran del todo acertadas.

Y yo, con la suavidad que me caracteriza, le contesté: "anda y vete a la mierda, que yo ya soy mayorcito para saber que debo hacer y si tienes dudas sobre el chaval, ves tu mismo a decirle que la burocracia le ha quitado de las manos el que posiblemente sería el descubrimiento del siglo" Y después se callaron, en parte, porque por una vez en toda sus carrera de estudiante consiguió presentar sus ideas de manera ordenada, cuando lo habitual era un continuo desorden (típico por otra parte de los cerebros inquietos y sobresalientes) difícil de entender y de leer; y por otra parte porque vieron el enorme beneficio que conseguirían si todo aquello salía bien. Su trabajo acabó de convencer a la mitad más uno de la junta y entre reproches, lloriqueos de los alumnos pelotas y empollones, le concedieron la beca, un presupuesto ajustadísimo, demasiado a mi entender, y fueron controlando su trabajo exhaustivamente como harían con cualquier otro, hasta que al fin dio sus frutos.

Extracto de una entrevista con Ricard Porbatel·la profesor de la

Universidad Autónoma de Barcelona

3

[…] y entonces, si nuestra mente pudiese enfrentarse al hecho que el universo no es más que una sucesión concéntrica de tiempo, desde el principio de este hasta donde abarque su propia existencia, la posibilidad de trasladarnos instantáneamente de un lugar a otro sería posible. Sería como si el tiempo en el que vivimos fuese un globo, con el interior lleno del futuro que será y por lo tanto no existe, o quizá sí, pero en un universo paralelo inaccesible para nosotros; pues bien, si nosotros aplicamos suficiente fuerza a dos lugares puntuales de ese globo, llega un momento que ambos puntos coinciden, en su interior, y forman parte de un único espacio que puede ser atravesado, sin dificultad de un lado al otro de manera instantánea […]

Extracto de la tesis de proyecto de José Santos alumno de Física de la

Universidad Autónoma de Barcelona

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Supongo que en estos casos es políticamente correcto contestar la verdad a una pregunta como esa. Si hubiese sido yo el encargado de entregar las becas de estudios y desarrollos el señor Santos no lo habría conseguido nunca, y ahora reconozco que me hubiese equivocado. Los descubrimientos que hizo en los tres años que duró su proyecto han hecho avanzar a la humanidad en el campo de las comunicaciones unos doscientos años. Sólo su proyecto de túnel cuántico, o "bujeros" como los solía llamar, y que ahora, después del accidente, estamos revisando, han conseguido que dos puntos tan lejanos como Barcelona y Camberra puedan ser conectados y que el viaje no dure más de unos instantes.

Por no decir las consideraciones económicas que han supuesto todas las patentes que la universidad ha tramitado de descubrimientos paralelos, y artefactos diseñados a tales fines. Calculo que solo con los derechos cedidos de fabricación, este año podremos construir las dos alas que tanta faltan nos hacen, a las que pondremos su nombre para honrarlo ahora que ya no está entre nosotros. Y ese no ha sido el único punto donde nos ha ayudado, también tenemos que contar con la publicidad que supone el hecho de tener las únicas instalaciones de ese tipo en el mundo. Y, por supuesto, la enorme cantidad de alumnos nuevos que se matriculan año tras año sólo para tener el certificado de haber estudiado en la universidad que desarrolló este proyecto.

Si se piensa bien, el concederle la beca, a pesar de la mediocridad de su expediente ha sido la mejor transacción económica que hemos hecho en mucho tiempo, se lo aseguro.

Extracto de la entrevista con Adolfo Güeb administrador de la

Universidad Autónoma de Barcelona

5

Hola, me llamo Diana Barrios, y soy licenciada en Física, igual que Jose. Yo, y el resto de los compañeros que tengo a mi espalda participamos en el proyecto Túnel Cuántico, aunque suena mucho mejor "bujeros", desarrollando una parte u otra de los dos Marcos. No todos somos físicos. La mayor parte de todos estos individuos estudian Ingeniería informática, o matemáticas, y fueron los responsables, en su mayor parte, del control por ordenador de los dos Marcos, y de los resultados teóricos según las ecuaciones que propuso Jose.

A Jose no sólo le debemos el haber participado en un proyecto de esta envergadura, y el que nuestros nombres salgan a partir de ahora en las enciclopedias y mucho libros de texto. También le debemos el haber creado una nueva familia de todos nosotros. No sé si para los demás que están aquí reunidos estos tres años han significado lo mismo, pero a mí me han hecho descubrir de nuevo las relaciones personales. Todos los que estamos aquí, antes éramos unos ermitaños, ratones de biblioteca, con un expediente que a veces daba asco de tantos unos y ceros seguidos que había en la misma columna. Jose nos hizo ver, con su soltura, con su amplitud de ideas, que muchas veces, lo que se da por correcto, en libros, y en lo que dicen los profesores, no es cierto; que puede ser rebatido y tirado por el suelo, por el mas inepto de los estudiantes, sólo hace falta que se guíe por la lógica. Y Jose era de las personas más lógicas que había conocido nunca. Y por eso, me niego a creer que volviese a usar los "bujeros", por voluntad propia, después del susto que nos dieron el primer día.

Todo estaba preparado; los cálculos habían sido comprobados tantas veces que ni siquiera puedo contarlas y todos, incluido Jose, estabamos en nuestros lugares: unos detrás de los ordenadores, otros ajustando los tornillos de los "bujeros" y los que habían participado en la parte más teórica se contaban chistes, haciendo pasar el tiempo, antes que el decano, y todos los profesores que nos habían apoyado llegasen para ver la primera prueba. Estabamos tan tensos, que el aire que respirábamos se podía cortar con un cuchillo, y el pobre Jose fue quien lo pasó peor. Durante toda la espera, estuvo sentado, en una esquina con los auriculares de su CD portátil en las orejas, y el volumen a toda hostia, ni gritando a su lado hubiésemos podido hacer que abriese los ojos y nos dirigiese unas palabras. Todos comprendimos su situación, seguramente si yo me hubiese jugado el pellejo como él se lo estaba jugando en esos momentos también me habría aislado del mundo que nos rodeaba; además, a esas horas de la mañana, y en el lugar que montamos los dos Marcos, la gente ya había empezado a formar un corro a nuestro alrededor, atenta a cualquier cosa que pudiese pasar.

Justo en aquel momento llegó María, la novia de Jose. Como pudo se acercó a nosotros, que desde hacía tiempo lo único que nos pasaba por la cabeza era el terminar con todo aquello de una vez. Desde que nos habíamos reunido aquella mañana hasta ese momento, que debía ser sobre las doce del mediodía, habían transcurrido más de seis horas de ajustes, recálculos y demás "mandingas"; estaba claro que, si lo poníamos en marcha y no funcionaba, las culpas, por lo menos moralmente, no recaerían sobre nosotros.

"¿Cómo os va?", me preguntó María, por la espalda. Yo en esos momentos había comprobado por última vez, ya que mi corta paciencia se había agotado, las gráficas que predijimos a través de los cálculos, y tenía a mí alrededor, metidos, bueno yo diría embutidos, en carpetas, cientos de apuntes y notas que había acabado de repasar.

"Por ahora bien", la contesté, sin demasiadas ganas, no es que me cayese mal la muchacha, pero las hay con más suerte que otras y eso, quieras o no, hace que la gente se acerque más a ciertas personas. Además, tenía los nervios a flor de piel, por lo que no lo esperaba y aquellos tampoco eran los mejores momentos para entablar una conversación amistosa.

"Bueno, vale. ¿No sabrás por un casual dónde está Jose?", me preguntó, con las mismas ganas con las que yo la había respondido.

La miré a los ojos y con una sonrisa en los labios dije: "Con la mierda que tenemos encima y lo poco amigo que es de las multitudes, supongo que se habrá encerrado en el lavabo", mientras hacia un gesto indicativo con la cabeza, señalando los servicios de caballeros que habían dentro de la zona acordonada. Ella sonrió, ahora supongo el porqué; aquella frase describía a la perfección el carácter de Jose, introvertido, poco hablador —solía contar lo justo para interesar a los demás, y el resto de la información la dejaba en el aire, dispuesta a que gente abierta averiguase quien era en realidad.

Después la vi alejarse de mi lado, dedicándome la última sonrisa que vi en su rostro, de agradecimiento forzoso, y mientras desaparecía de la escena, me paso por la cabeza que los dos, a su manera, formaban parte de un único ser, y los demás mortales no teníamos derecho a separarlos.

Entrevista con Diana Barrios, estudiante de Física

de la Universidad Autónoma de Barcelona

6

Aún recuerdo cuando entré en aquel servicio de caballeros, como si fuera ayer mismo. La congoja me recorrió el cuerpo, y la forma en la que ladeé la cabeza, buscado posibles intrusos, que son su mirada fuesen testigos de mi intrusión.

Supongo que en realidad me daba lo mismo, pues siempre hay alguien que puede ver lo que haces sin que tú te des cuenta de ello, y por mucho que lo intentes, tus acciones son las que son y siempre dejan constancia de tu paso por ese lugar.

Dentro de él, confundido por el extraño olor, entre suciedad y desinfectante de hospital, Jose removía una lata de Coca—Cola, sentado encima de la tapa de una de las tazas de water. Cuando nos vimos, no nos dirigimos la palabra, apenas unas cuantas miradas y yo me senté junto a él abrazándolo, haciéndome partícipe de la tensión que lo asaltaba. Y allí permanecimos, abrazándonos, cambiando de posición cada cierto tiempo. Dentro podríamos haber hecho cualquier cosa, pues estábamos protegidos, no por la puerta que disponía dos escasos centímetros de madera entre el exterior y nosotros, sino por la discreción de la gente que nos conocía, a nosotros y a nuestra relación. De cualquier manera, no sucedió nada, no porque no tuviésemos ganas, pues en lo que a mí respecta, llevaba más de una semana a dos velas y mi cuerpo me pedía un poquito de guerra; y supongo que a Jose debía pasarle tres cuartos de lo mismo. Pero allí, un sitio tan bueno como cualquier otro, nuestro cariño pasó a demostrarse de una manera menos mecánica. Simplemente escuchamos el exterior, y entre los sonidos que nos llegaban, los gritos de Diana, tan histérica como Jose, supongo, nos hicieron sonreír a ratos. Ella era la segunda del proyecto, y al haber "desaparecido" él, toda la presión cayó a sus espaldas.

Hasta que, como cuando a un preso le llega la hora del morir, ella apareció tras la puerta, con su humor ácido, y para especialistas: "Siento aguaros la fiesta, parejita, pero los jefazos ya han llegado y preguntan por él", y cerró la puerta.

Sin más espera Jose me besó en la mejilla y se levantó para cumplir su misión. Lo último que recuerdo de aquella escena es que yo acabé el último sorbo de la lata de refresco y la dejé encima del secador de aire.

Extracto del diario personal de María Muñoz

7

¿Qué cómo fue el accidente? Pues, la verdad, no tengo ni idea, ni creo que ninguno de los que estamos aquí hoy, ni de los que estuvieron allí aquel día, puedan responder la pregunta que me ha hecho. Verá, la tecnología que investigamos es tan avanzada y lo nuestro era tan prototipo, que ni siquiera pudimos prever cuales serían las consecuencias de acumular tanta energía en un sólo punto del espacio y los cálculos de Jose no eran correctos. Si lo pensamos bien, ahora en frío, incluso podíamos haber desencadenado nuestra desaparición y la de una buena parte de nuestra galaxia. Hubiésemos creado el primer agujero negro artificial –si es que los naturales han existido alguna vez– para mayor gloria nuestra y en general de toda la humanidad, pero con ella hubiésemos creado el último y peor desastre que la humanidad viviese antes de su extinción, por lo menos durante un tiempo prudencial, hasta que en otro mundo se diesen las mismas condiciones casuales que nos crearon a nosotros.

Vaya por Dios, me parece que me estoy yendo un poco por las ramas. En realidad lo hago porque me resulta imposible explicarle lo que sucedió durante el accidente y mucho menos intentar explicarle que repercusiones pudo tener en el continuo de nuestra realidad.

Lo único que puedo hacer es explicarle, ahora que aún está fresco en mi memoria, los recuerdos de aquel día, y que usted decida que es o no es importante.

Nos habíamos quedado en que María, a la que yo tenía unos celos terribles, había desaparecido por la puerta del lavabo. Nada más hacerlo, el Decano y otros tres personajes que no recordaba haber visto nunca, llegaron al pasillo derecho de la facultad, ese donde se solía reunir el consejo de estudiantes, hasta que nuestros dos marcos ocuparon su espacio. Estaban los cuatro muy sonrientes, seguro que habían sido los encargados de financiar la mayor parte del experimento, como casi todos los años, con la única excepción que si aquello salía bien ese dinero invertido en la beca de desarrollo se les iba a multiplicar, él solito por una buena cantidad.

En ausencia de Jose, yo era la encargada del proyecto, supongo que por mi cara bonita, y decidí que más valía algo de buenas relaciones públicas, en vez de estar mordiéndome las uñas mirando de nuevo mis cálculos. Me acerqué al Decano, con mi mejor sonrisa, esa que sólo esgrimo ante los acontecimientos muy especiales; él, aunque se le notaba tan nervioso como a mí, susurró algo a los oídos de los tres peces gordos y se dirigieron hacia mí, acortando mi camino para llegar hasta ellos.

"Señores", comentó el decano, con esa media sonrisa esperanzadora que le caracterizaba, "les presento a la señorita Barrios, la ayudante jefe de nuestro becario, directora de los trabajos mecánicos"

Yo les extendí la mano, después de haberla limpiado con mi bata, no se porqué hice eso, pues no creo que la tuviese sucia, pero supongo que queda más interesante un "mecánico" con las manos sucias, aunque sea mujer, que no uno que parece no haber cogido un martillo, como en mi caso, en toda su vida.

"Encantada de conocerles, Jose vendrá enseguida, ha tenido que excusarse por culpa de las aguas mayores", les contesté, haciendo mi típica gracia, cínica y sin sentido alguno más que para mi. Aunque dos de ellos parecieron entender mi chiste, porque me devolvieron, junto el apretón de manos, una sonrisa de oreja a oreja. De lo que ahora no estoy segura es si esa sonrisa la había provocado el chiste, o que querían ligar conmigo, o era de esas de "mas te vale que aparezca pronto, porque si no...", y dejaban siempre en el aire esa duda, de qué eran capaces de hacer si no se les hacía caso.

Por mi parte me limité a comentar el tiempo, las cosas terribles que habían sucedido esa misma semana en diversas partes del globo, y otras tonterías varias de esas que se dicen para matar el tiempo a cañonazos. Y ellos me pagaron mis atentos servicios con la misma moneda, hasta que un carraspeo poco disimulado del rector, incitándome ha hacer algo más que hablar por hablar, consiguió romper la situación terrible de estupidez colectiva que habíamos generado.

Me disculpé con elegancia, ahora no recuerdo con que excusa, y asomé la cabeza por el servicio de caballeros, diciendo, a unas paredes vacías, por lo que yo pude ver: "Siento aguaros la fiesta, pero los jefazos ya han llegado, y preguntan por él". Esas fueron mis palabras exactas —creo—, y al acabar, un gemido, procedente de uno de los tres tronos que había en aquellos servicios, hizo saltar en mi un resorte moralista, que me ocultó tras la puerta, como si ella pudiese protegerme de algo, y con la espalda apoyada en la pared. Ni que decir tiene que no fue alegría precisamente lo que corría por mis venas, pero ese sentimiento que me invadió se vio mitigado un poco al salir tan deprisa Jose, y sin cara de sofoco, ni la camisa por fuera de unos pantalones mal abrochados.

"¿Cómo está la cosa?", me preguntó con una sonrisa en los labios.

"Bien, por ahora, aunque el Decano y otros tres que no conozco, están literalmente, meándose en los pantalones de los nervios que tienen".

"Me alegra que seas tan gráfica. Será mejor que comience el espectáculo", me contestó, y firme como una vara verde, recién salida de un huracán, y sin apenas aparente inquietud en su rostro, se dirigió hacia ellos. Y yo, por supuesto, como un perrito faldero, tras él. Aún un poco más atrás, cerrando aquella penosa comitiva, María, que había salido del servicio unos instantes antes.

Se hicieron las presentaciones oportunas, a todos los niveles del equipo y nos dispusimos, después de desearnos suerte los unos a los otros, y por todos nuestros compañeros que estaban allí dispuestos en aquel pasillo.

"Ya veo que os habéis acercado", les comenté a mis compañeros de piso en la villa universitaria.

"Por supuesto, no íbamos a ser tan estúpidos como para perdernos el momento en el cual nuestra compañera se hacía con todos los boletos de la rifa del novel de este año", les sonreí y les di un beso a cada uno, al tiempo que les advertí que si los marcos empezaban a resplandecer, apartasen la vista de ellos, que ni siquiera confiasen en las gafas de sol. Esa misma advertencia sonó a través del megáfono de Diego, uno de los matemáticos implicados en el embrollo, y que está aquí, sentado a mi lado, para todas las personas que se habían acumulado en aquel pasillo. Ni siquiera los días de consejo había tanta gente.

Una vez advertidos todos, nosotros, más el Decano, nuestros profesores, los tres "tenores" y María, nos colocamos las gafas protectoras y iniciamos la cuenta atrás.

Ahora es cuando tendría que decir la típica y patética frase que se nos hicieron eternos, que cada segundo fueron años para nosotros, pero mentiría; pues esa cuenta atrás no duró ni más ni menos que eso, diez segundos en los que los creyentes pudieron rezar, los graciosos pudieron chistar, acerca de lo absurdos que quedábamos con esas gafas, y los suficientes como para que personas normales les diese un vuelco al corazón. Yo, si quieren que les sea sincera, pertenezco al primer y al último grupo de los que he nombrado.

Cuando la espera hubo acabado, Jose escribió la orden de comienzo en la pantalla del ordenador que controlaba el proceso, y la mandó ejecutar. Al instante, un ruido a motor de gasolina ahogado, de estática corriendo y de agua mansa en un lago de montaña, nos rodeó. Era relajante. Y al unísono, como si las moléculas de aire que había en los marcos siguiesen esa danza, las imágenes que procedían del que teníamos delante, se difuminaron, se distorsionaron, se revolvieron y por ultimo se hundieron bajo el peso que artificialmente nosotros les habíamos dado.

Ambos marcos comenzaron a relucir, como habíamos predicho, y por un momento, ni siquiera las gafas que llevábamos puestas nos protegieron de la intensidad de aquel haz de claridad; todos tuvimos que volver la cabeza. La sorpresa vino cuando, una vez el resplandor había terminado, y aquel sonido melodioso se había apagado tanto que podía pasar como la banda sonora de aquel acontecimiento, nos dimos la vuelta. Ante nosotros el marco estaba intacto, pero su contenido, alterado por nuestra voluntad, no. Se veía, como en una mala fotografía de tamaño real, el otro extremo del túnel cuántico que habíamos creado, pero, de forma increíble, no parecía haber distancia entre los dos extremos. Fuese lo que fuese lo que nuestra imaginación había previsto, les aseguro que no era nada parecido a aquel espectáculo. Podíamos ver a personas que estaban a más de veinte metros de nosotros —la otra parte de nuestro equipo— como si las tuviésemos justo al lado y pudiésemos tocarlas.

El primer sonido que nos envolvió fue la euforia de los visitantes, que nos aplaudieron y nos felicitaron. Y nosotros, como humanos, nos añadimos a la fiesta, aunque no por mucho tiempo. Jose, como siempre, fue el encargado de hacernos tocar con los pies en el suelo; nuestro trabajo no había terminado, debíamos probar si aquel túnel era funcional, y por lo tanto viable para los propósitos que nosotros queríamos darle.

Escuchándome caigo en la cuenta que describir con palabras lo que vi en aquel pasillo es difícil, si no imposible. La solución pasaría por volver a crear un túnel y mostrar a todos como era aquel espectáculo; pero cuanto más pienso en que pasó después de abrir aquella extraña puerta, más segura estoy de que tardaremos en volver a ponerlo en marcha.

Las primeras pruebas que hicimos no repercutían ninguna dificultad, ni peligro alguno, simplemente empujamos un balón de fútbol, rodando a través del túnel, o agujero de gusano como comúnmente se conoce. Este balón que tengo en la mano fue el primer objeto creado por un humano que atravesó una distancia de unas decenas de metros de modo instantáneo.

La siguiente prueba fue con maquinaria compleja, un ordenador, para ser más exactos, que manteníamos unido a través de un cable de red normal y corriente, al anillo universitario. Ni siquiera la conexión entre los dos ordenadores se vio interrumpida cuando el primero atravesó aquella extraña distancia; ambos seguían funcionando como si en vez de veinte metros no hubiese entre ambos más de un palmo.

Esperanzados, como no, por los éxitos que estabamos teniendo con objetos inertes, decidimos que había llegado la hora de hacer las pruebas verdaderamente importantes, alguien, vivo si podía ser, debía cruzar el portal para comprobar posibles consecuencias sobre una maquinaria tan sumamente compleja como lo son nuestras células. Y como los humanos somos por naturaleza cobardes, nuestro primer voluntario fue Felipe, esta deliciosa rata de laboratorio que juguetea ahora entre mis manos. Este bichito fue el primer ser pluricelular complejo que atravesó el túnel. No creo que sea necesario decir que el animalito está perfectamente, pero si debo comentar la euforia que rodeo el experimento, y el estallido de júbilo cuando el pobre Felipe siguió moviéndose en su rueda al atravesar el agujero de gusano. Y entonces fue cuando descorchamos las primeras botellas de cava y brindamos, haciendo coincidir el cristal de nuestras copas en el limbo del túnel.

A partir de aquí, este relato, que parece de ensueño, comienza a tomar demasiados tintes de realidad. En un instante, de la más soporífera alegría, el azar, cono un perfecto anfitrión, consiguió dar paso a la histeria y el nerviosismo de no saber que había ocurrido ni tener ninguna solución rápida y precisa. Uno de los dos marcos, aún hoy no hemos conseguido encontrar la causa —aunque quizá alguien le dio una patada al enchufe—, se apagó, con un chasquido, con el mismo resplandor que generó al abrirse. Como podrán suponer había medidas de seguridad que cortaban la corriente del otro marco, para impedir que se produjesen desequilibrios, y estas funcionaron de maravilla, tan bien, que cuando se apagaron los dos marcos Jose estaba cruzándolos, como prueba definitiva, para brindar con los del otro extremo, y el "puf" final del túnel le pilló con medio cuerpo en cada extremo. Quizá ahora la gente sanguinaria, la que disfruta con el "gore" pueda pensar que cada mitad cayó, partida limpiamente, en uno de los dos lados; y quizá la poca gente con esperanza en este mundo, piense que logró salir a tiempo. No sucedió ni lo uno, ni lo otro. Al apagarse los dos marcos, al desaparecer el túnel, Jose desapareció con él.

Extracto de una entrevista a Diana Barrios, estudiante de Física

en la Universidad Autónoma de Barcelona.

8

No se como explicar lo que sentí al ver desaparecer su cuerpo, con un sonido tan cómico que ahora casi me hace sonreír cuando lo recuerdo. Imagínense un globo, lleno de agua, que estalla encima de una persona sin previo aviso, empapándola entera; pues igual. Con la aparente salvedad que lo que nos empapó no fue precisamente agua, por lo menos a mí. Creo que la histeria fue lo primero que se apoderó de mi, un sentimiento al que estoy poco acostumbrada, y que como a muchos mortales me crea una situación de desasosiego tan tremenda que me nubla los pensamientos y bloquea mis acciones. Me quedé allí, de pie observando como todos sus compañeros de proyecto se movían de un lado al otro, como enormes hormigas, directas a un hazaroso trabajo del que no saben su resultado. Y tenía miedo; no de no entender lo que estaba pasando allí, ni de haber perdido al único amor que despejó las nubes de mi existencia, pues en lo más interno de mi alma albergaba la esperanza que volvería sano y salvo; no, el miedo que me invadió, y me paralizó de tal manera, fue inducido por el resto del desasosiego que me envolvía. Miraba a mi alrededor, y aún con la copa de cava en la mano comprendía que nadie de los que estaban allí, aunque se movía, aunque parecían arreglarlo todo, sabía lo que estaba sucediendo. La ignorancia, propia de una persona no versada en aquellos círculos científicos, no me invadía solo a mí. Todo el mundo mostraba, a su manera su desesperación, el publico murmuraba, los integrantes del proyecto, sudaban, mientras repasaban lo programas y desmontaban una y otra vez las mismas piezas del mismo aparato, buscando una solución a un problema que desconocían. Pero de todas aquellas caras que se me habían hecho familiares por la convivencia continua, la de Diana, asolada, con los ojos llorosos, y con la única expresión de un grito silencioso, que no dejaba de ordenar a los demás lo que debían hacer, fue la que más me angustió; si realmente ella no sabía lo que estaba sucediendo, nadie de allí lo sabría. En aquel instante, cuando ese triste pensamiento me pasó por la cabeza, ella me dirigió una mirada, sin intentar consolarme, sin intentar decir: "no te preocupes, lo arreglaré"; no, en su mirada solo vi pena, tan grande como la mía.

Creo que en aquel momento las sospechas que siempre habían volado en mi subconsciente acerca de la profunda "amistad" que ella profesaba a Jose, se hicieron realidad. No me supo mal, ni tampoco bien, simplemente me alivió ver a una persona, y saber que debía estar sufriendo tanto como yo.

Extracto del diario personal de María Muñoz.

9

Los minutos que prosiguieron, después de la desaparición de Jose fueron los más duros de mi vida. Sabe esa sensación de buscar un problema y no saber exactamente que es lo que se está buscando, pues a todos nos sucedió lo mismo. Nos movíamos de un lado al otro sufriendo, creando cada uno nuestras propias hipótesis de lo que debía estar sucediendo con Jose, perdido aún no sabemos donde. Quizá entró en otra dimensión, o pareció en medio de un punto del espacio, envuelto por vete tú a saber que lo protegió hasta que lo trajimos de vuelta.

Creo que fue uno de los nuestros quien dijo: "Listo, volved a poner en marcha esta gran mierda", pero no lo sabemos, nadie se ha declarado autor de las palabras, ni nadie vio quien las emitía; y yo cada vez estoy más segura que no era de nuestro equipo, ni tampoco nadie dijo esas palabras, creo que la necesidad de encontrar una solución rápida, sin pensar más en que podía haber fallado fue lo que indujo a nuestra pequeña porción de conciencia colectiva a escuchar esa voz y empezar de nuevo a mandar energía a los marcos.

Y gracias a Dios funcionó. No me explico el porqué, al igual que no sé explicar porqué se apagaron, simplemente puedo explicar que en cuanto lo oí grité, con toda la fuerza que generó el poco aliento de esperanza que había en mi cuerpo: "Cerrad los ojos, no ha tiempo para cuentas atrás"; y accioné los comandos de inició.

Lo descrito la primera vez sucedió de nuevo, el mismo ruido, la misma luz, y Jose apareció, cuando esta se extinguió, justo en el espacio que habían entre los dos marcos, débil, deshidratado, e inconsciente, pero vivo al fin y al cabo. Entonces me retiré a una esquina, mientras el resto de las personas, menos María, aplaudían y se felicitaban por el éxito, y comencé a llorar, de alegría en parte, muy pequeña, y de nerviosismo contenido a una gran presión, en su mayor porción.

Extracto de una entrevista a Diana Barrios, estudiante de Física

en la Universidad Autónoma de Barcelona.

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El señor José Santos ingresó en la sala de urgencias de este hospital, inconsciente, y con síntomas aparentes de una fuerte deshidratación y desnutrición. El tratamiento de urgencia que se siguió fue el estándar en estos casos, suero intravenoso, y estabilización de sus constantes Bioquímicas y vitales de manera usual.

Ahora, fuera de los aspectos puramente técnicos, puedo decirle que nunca jamás había visto un caso así de deshidratación, le aseguro que si sus compañeros hubiesen tardado unos minutos más en traerlo a nuestras manos no hubiese sobrevivido. Excepto su sangre, y su cerebro, el resto de su cuerpo parecía corroído, seco, como si un "vampiro", por denominarlo de alguna manera, hubiese extraído de él hasta la última gota de agua de sus músculos. No se me ocurre un símil mejor que el de una planta seca; casi se podría decir que el señor Santos estaba marchito.

Extraoficialmente, no me creo ni una palabra de la versión oficial que se ofreció, ningún accidente laboral normal puede causar los estragos que había difuminado por todo su cuerpo.

Doctor Felipe Narváez, jefe de urgencias del

Hospital Clínico de Barcelona

11

Jamás estuve de acuerdo en ocultar la verdad de su accidente, ni creo que Jose lo estuviera en ningún momento, aunque la decisión no la tomó él, ni siquiera los que estábamos a su lado, el decano, junto al comité de la beca, creyéndose amos y señores de cuanto les rodeaba, impusieron un veto de silencio, bajo amenazas, y transmitieron su versión. Supongo que no querían que nadie pudiese pisarles la millonada que estaban a punto de ganar.

De cualquier manera, a mí me daba exactamente lo mismo, bastante tenía con mi dolor como para estar pensando en las consecuencias de unos actos que a priori no parecían ejercer ninguna influencia sobre nuestro destino.

Me pasé toda la noche en el hospital, y todo el día siguiente, recibiendo las oportunas visitas de sus compañeros, y hablando con él. Tuve tanto tiempo libre, allí sentada, con el monótono Bip—Bip de sus constantes resonando en la habitación, que lo malgastaba hablando.

Le conté como me había enamorado de él, viéndole pasear por los pasillos de la facultad, con esa bata blanca que tan bien le quedaba, y con un café en ristre, mientras hablaba con un compañero. Yo estaba de paso, pero la manera que tuvo de menear aquel vaso de plástico, en círculos pequeños haciendo que a cada vuelta una pequeña gota se derramara, consiguió que me derritiera. Sí, aquel fue el instante preciso en el que me enamoré de él.

Luego, las cosas siguieron su rumbo, hasta la relación que mantuvimos antes de su muerte, y de aquello que todos llaman accidente, pero que a mí me parece, cada día más una mala pasada del destino, que se extendió como una tela de araña, nos envolvió a todos y atrapó a Jose.

Ahora, y así escritas mis palabras parecen desvaríos, pero desde que nos conocimos, las "casualidades" nos acercaban más. Casualmente coincidimos en A Saco, mientras el pedía un refresco, y yo una cerveza —poco me faltó para derramársela encima—, él se disculpó, aunque estaba claro que yo había tenido la culpa, y yo dije que le conocía, que le había visto en la universidad. Lo que vino después fue lo tópico: esa noche no nos dirigimos ninguna palabra más, pero cada semana, los dos —después él me lo confesaría un día de esos tiernos en la cama— volvíamos, con la única esperanza de volver a encontrarnos el uno con el otro.

Poco después otra "casualidad" hizo que nos fuéramos a vivir juntos. Su compañero de piso en la vila universitaria desapareció, así, sin más, sin aviso previo, sin decir que era lo que había pasado, y yo me fui a vivir con él. Los dos éramos mayorcitos, aunque estábamos lejos de ser maduros, y sabíamos muy bien el porqué de todo aquello. Nos queríamos, y el estar solos para demostrárnoslo era el último paso. Y lo dimos. La primera noche que yo dormí en aquella casa fue la última de mi inocencia. Porque aunque parezca mentira, a nuestra edad, y con nuestras tablas en flirteos amorosos, ninguno de los dos había hecho el amor anteriormente. De verdad, no sé a que esperábamos, quizá éramos demasiado tímidos como para practicar el aquí te pillo, aquí te mato, o quizá, como soñadores que éramos, nuestras almas esperaron una "casualidad" que les llevara hasta la mitad de la estrella prometida.

Ahora ya no sueño, ni creo en el alma y todo aquello que implica. Ahora solo hay desasosiego en mi corazón, y ganas de morir para, por lo menos no tener que sostener toda esta carga de dolor a mis espaldas. En días como hoy, donde la única esperanza es tratar de ver un rayo de sol en un día nuboso, casi desearía que Jose no hubiese despertado, aún estaría aquí, conmigo, y podría hablar, aunque fuera sola.

"Tengo sed, podrías traerme un poco de agua", dijo mientras tiraba de mi vestido, corto, para despertarme. No sé que hora era, ni creo que me importara en aquellos momentos, simplemente me levanté de un salto y como una exhalación salí al pasillo en busca de una enfermera.

Cuando volví, Jose se había reincorporado en su cama, y se frotaba los ojos, su cara aún mostraba signos visibles de debilidad, y el resto de su cuerpo, aún demacrado, era una simple parodia de lo que él había sido. Jamás se recuperó, no tuvo tiempo.

"¿Y el agua?", me preguntó con una sonrisa.

"No creo que deba dártela, llevas demasiado tiempo con el suero. Será mejor que venga la enfermera y ella decida", le contesté mientras le cogía la mano, y me comporté como una madre, que por instinto lleva la palma de su mano a la frente de su hijo, cuando este está enfermo, sin saber muy bien si tendrá fiebre o no.

"Eres un cielo", me dijo, y después de apartar mi mano de su frente me la besó. No olvidaré jamás que aquellos labios ásperos, resecos, casi hicieron que la apartase de él, como si el lugar de un accidente fuese peste lo que sufriera.

"Y tú iras al infierno, por el susto que nos diste. Creo que todos los que estábamos allí hemos envejecido diez años", él sonrió como respuesta. En aquel justo momento llegó la enfermera, y nuestra conversación dejó de ser palabra por palabra y se convirtió en el método más primitivo que poseen los humanos para comunicarse; gestos, miradas y sonrisas. Creo que en aquellos minutos que la enfermera estuvo interrumpiendo nuestra intimidad, nos dijimos más cosas de las que podíamos habernos dicho en muchos días de conversación interrumpida. Cuando te sucede algo así, te das cuenta que aquella máxima, en la que los literatos como yo no creemos, que las imágenes valen más de mil palabras, tienen algo de realidad. Que dos almas pueden comunicarse, incluso en la distancia, o que dos personas que se quieren de verdad, no pueden ocultar sus sentimientos a su pareja. Todas ellas venían a resumir muy inexactamente la energía que surgió entre nosotros dos.

"Será mejor que descanse, mañana el doctor le atenderá con más calma", dijo la enfermera, sin alejar su austera expresión del rostro; no me puedo explicar como puede hacer un trabajo tan cerca de la gente, mucha de la cual seguramente morirá allí mismo, sin darles la esperanza de una sonrisa; quizá esa misma proximidad a la muerte les impida mostrar la felicidad que cualquiera necesita, o quizá su austero rostro es parte de una defensa para no involucrarse demasiado con los pacientes, y así no sufrir cuando les llega la hora.

Cuando aquella enorme persona desapareció de la habitación, Jose se recostó en la cama, y con la su mano, apretando fuertemente la mía, dijo unas palabras, que al principio yo atribuí a su sueño, pues cuando intenté responder él ya había caído en el reino de Morfeo, pero que ahora entiendo perfectamente: "Algo más salió conmigo, ¿verdad?".

Extracto del diario personal de María Muñoz.

12

Se lo prometo, en los días siguientes a que esos físicos abriesen los portales, sucedieron unas cuantas cosas extrañas, no solo aquí, sino en el ecosistema que rodea al campus. No sé que debían pensar al jugar así, de esa manera con el continuo, como les gusta llamarlo. Predicen mucho, pero al final siempre acaban equivocándose, metiendo a todos los demás en los mayores líos que la humanidad ha conocido. Y si no me cree piense en cuantos descubrimientos de la física, hubiese sido mejor dejarlos guardados en un cajón. De principio la balística, y así, hasta las bombas nucleares.

Por suerte, de una semana a esta parte, todos los desaguisados que habían cometido, alterando de ese modo nuestra parte de realidad en este universo, parecen estar recuperándose. Como si los sistemas, una vez con la tranquilidad que se merecen, hubiesen vuelto solos al estado de equilibrio, como un péndulo, que cuando se le agota la energía que nosotros le damos al empujarlo vuelve a su estado de reposo.

Y lo más extraordinario de todo era estudiar los efectos que el abrir aquella puerta causó en nuestro plano de realidad. Las plantas, sobre todo las silvestres habían crecido mucho, con deformidades que las dotaban de troncos extremadamente finos y hojas tan grandes a veces como esta hoja de papel. Sus frutos, también agigantados carecían de sabor, o en ellos se podía apreciar un ligero amargor parecido a ese olor extraño y penetrante que siempre hay en las funerarias. Siento hacer esa comparación, y más en estos momentos de dolor, cuando hemos perdido un alumno, pero es la verdad. Los frutos, que siempre son una cajita de sorpresas con vida aletargada en su interior, ahora no mostraban nada. En parte porque las planta se habían vuelto estériles, y en otra parte porque —y esto es una suposición personal— habían gastado la mayor parte de su "fuerza vital", por llamarlo de algún modo, en crecer desmesuradamente, dejando al pobre embrión que guardan en su interior sin protección alguna.

Eso en el lado de los vegetales, pero la cosa más curiosa les sucedía a los animales: los insectos mudaban demasiado de prisa, y siempre sufrían malformaciones, y el resto de animales superiores, o bien los encontrábamos muertos, deshidratados, envejecidos, o los encontrábamos sin ganas de vivir. No le miento si juro por mi pobre madre que durante un tiempo, después de abrir los portales, no se escuchaba ni siquiera el trinar de los pájaros.

Por desgracia y a nuestro pesar, las personas tampoco se salvaron de los efectos.

Extracto de una entrevista con Javier Zarrasta, director jefe

del B.A.V.E. en la Universidad Autónoma de Barcelona

13

No puedo describir el júbilo que me rondó el día siguiente. El médico, en su sabiduría, dictaminó que Jose estaba completamente fuera de peligro y que en unos días podría volver a su actividad cotidiana. No hay que decir que él era el primer interesado en volver; aquel error, del que, por otra parte, no recordaba nada, había puesto los engranajes de su enorme cerebro a funcionar como una vieja máquina bien afinada. Durante el tiempo que estuvimos los dos solos allí, pasando las horas muertas en el hospital, no pronunció ni una palabra acerca de los marcos, pero en su mirada, y en los "hum" de distracción que me soltaba a veces, cuando yo hablaba de temas aburridos por pasar el tiempo, veía claramente que ni por un segundo dejaba de pensar en ello.

Como el doctor había predicho Jose volvió a casa en un par de días, y todos sus compañeros le prepararon una fiesta de bienvenida a lo grande. Muchos, no se habían molestado en visitarle en el hospital, como el Decano, y otros, como Diana, con la que ahora, después de la muerte de él, comparto el dolor y la perdida de un ser muy querido, habían estado con él todo el tiempo posible, eso sí, sin olvidar sus obligaciones, y como en el caso de Diana, guardando unas apariencias que no hacía falta guardar.

Cada uno, a su manera estaba implicado en todo aquel asunto, y en las desgracias que vendrían después. Y cada pensamiento que tengo de aquella fiesta más me hace ver que en muchos de aquellos momentos se auguraba parte de lo que sucedería aquella noche.

Jose, aunque aún seguía sin recordar nada, se había sentido inquieto, desde que al salir del hospital había entrado en los terrenos que delimitaban el campus de la universidad. Según él era alegría de volver a ver el lugar que más recuerdos bonitos guardaba en su corazón, pero algo en su mirada me hizo pensar que un miedo visceral, más fuerte que cualquier otra emoción que pudiese canalizar, comenzaba a apoderarse de él; y en ese instante la frase que me había dejado entrever por su inicio de vigilia volvió a mi memoria, para desaparecer, durante un buen rato, casi una eternidad a nivel humano, un instante después. Habíamos llegado a casa, y como no, Diana, quizá la única que pueda entender lo que voy ha hacer cuando acabe de redactar esta última página de mi diario, había preparado la fiesta que antes mencioné.

Ahora me pregunto si aquella fiesta, si el momento en el que el doctor decidió darle el alta no fue una de esas continuas casualidades de las que estaba rodeada nuestra vida. ¿Y si aquel era el movimiento de un maestro de ajedrez, que te deja con Mate en 9 movimientos y el alma por los suelos? Visto desde ese punto de vista no somos más que piezas de un juego en un tablero enorme. Demasiado bucólico, demasiado simplista que estoy dando a nuestra existencia, pero es que, excepto lágrimas, ninguna idea más pasa por delante de mis ojos. Y eso, para una mujer que pretendía ganarse la vida plasmando sus ideas sobre papel, la obliga a hundirse en un pozo de miseria que ya de por sí es bastante profundo a causa del dolor que guarda en su corazón.

Esta última frase ha sido bonita, aunque no creo que la pareja que encontramos durante el paseo que dimos al acabar la fiesta, a eso de las nueve de la noche, piense lo mismo. No creo ni siquiera que piensen.

No, lo dudo mucho.

Muchísimo.

Están muertos.

Extracto del diario personal de María Muñoz.

14

Recibimos el aviso de urgencias a eso de las veintiuna quince horas, y acudimos lo más rápidamente que pudimos, a la zona del campus, donde la riera, circula entre la facultad de ciencias y la de económicas, un lugar, que si bien está cerca del eje central que cruza todo el campus, es de difícil acceso para una ambulancia. Aunque por desgracia, cuando llegamos, poco podíamos hacer los la vida de aquellos dos jóvenes.

La policía había llegado un poco antes que nosotros, y con la ayuda del cuerpo de seguridad de la universidad ya tenían acordonada la zona, que por suerte, y gracias a la hora que era, no presentaba demasiado movimiento. También, en un lugar apartado, debajo del cono de luz de una farola, creo suponer que interrogaban a los que habían encontrado los cuerpos.

Aquí es cuando mi relato, no por menos extraño, se vuelve desagradable para mis sentidos. No sé como de podrida estará el alma de las personas que puedan leer esto, o como de fuerte es su estómago; por mi parte, me considero, si así es menester, un cobarde, si por intentar recordar lo menos posible de aquel incidente se me puede calificar de ello.

Bajo un árbol, al que extrañamente empezaban a dejarle desnudo sus hojas se encontraba el joven. Su piel, agrietada, pegada a los huesos, no aparentaba su verdadera edad, y en su cuerpo, no quedaba ni una sola gota de líquido, como si alguien se hubiese dedicado a extraérselo con una pajita gota a gota. En su rostro, quizá porque sus músculos resecos, estiraban sus facciones, había una mueca extraña, aunque tal como lo recuerdo la palabra que primero me vino a la memoria fue terror. Aquel muchacho, no había muerto debido a una deshidratación masiva, lo que en realidad le había matado fue el terror inmenso que algo o alguien, que después hizo aquello con su cuerpo, le había causado. Ni siquiera nos atrevimos a moverlo, ni siquiera le tomamos el pulso, ni las constantes vitales, ¿para qué?, aunque hubiese estado vivo, habríamos tenido que apelar a nuestra misericordia en lugar de nuestra moral para acabar con su agonía allí mismo.

La muchacha, apareció unos metros más allá, escondida en un cañizar, supongo que huiría al ver al engendro que fue capaz de hacer algo como aquello, sin demasiada fortuna, pues debió alcanzarla cuando corría hacia la facultad, arrastrarla después al cañizar y allí acabar su trabajo, como lo había hecho minutos antes con su novio.

Espero, de verdad, no volver a encontrarme nunca más con una situación como aquella. No creo que mi mente lo aguantase, pues ahora, cada noche, siempre miro a mis espaldas, no vaya a ser que aquello salte sobre mi.

Extracto de una entrevista con Adolfo García

A.T.S. y conductor de ambulancias de la Cruz Roja

15

Ahora, jamás pierdo la esperanza de que ocurra algo, no puedo perderla, porque no tengo. Cada vez que recuerdo el momento en el que encontramos el cuerpo del muchacho, bajo la sombra de aquel haya, a unas horas en las que el sol había cedido su lugar a la noche, no puedo dejar de pensar en los acontecimientos que lentamente, como si nuestra vida no hubiese sido más que el cansino circular de un joven río hasta su destino allá en la costa, llegando al mar, se sucedieron aquella noche.

Y el rostro de Jose.

No recuerdo una cara de terror más absoluta, aparte de la del muerto, como la que mostraba mientras el policía intentaba hacernos preguntas, de cómo, cuándo y porqué, que yo contestaba, lo más ligeramente que podía por los dos. Allí, bajo la luz de la farola, una de tantas que alumbra el eje central de la Autónoma, Jose se retorcía en su interior, y en el exterior, sin dejar de moverse, sin que sus poros dejasen de excretar sudor, la imagen que nos daba a todos era la de un asesino al que están a punto de coger en el mismo lugar donde había cometido su deploroso crimen.

Por suerte —o quizá por desgracia, según se lean los acontecimientos que paso a relatar— las preguntas de aquel agente de policía, al que recuerdo bastante mono, no duraron demasiado. No tenían tampoco ningún motivo para hacerlas durar. Tal y como estaba el cadáver, y el de la chica que encontrarían unos minutos más tardes, justo durante nuestro interrogatorio, parecía claro que nosotros, un grupo de cinco o seis personas, no recuerdo ahora exactamente el número, la mayoría jóvenes, eran incapaces de hacer algo así a una persona. Y si generalizamos aún más, no creo que nada de este mundo pueda hacerlo.

Cuando volvimos a casa, Jose continuaba temblando, de tal manera, que estoy segura que si no le hubiésemos hecho sentarse, habría caído redondo. Estaba completamente fuera de sí, y su mirada, que aunque distante, siempre había sido tierna y calurosa, ahora parecía la misma mirada de un cadáver; lo que había visto le había hecho recordar, y eso le consumía lentamente, hasta tal intensidad que comenzaba a acabar con su vida.

Cuando nos dejaron solos, le cogí la mano, y se la acaricié, le besé en la mejilla, hice todo lo que se me pasaba por la cabeza, tan solo para conseguir que, por unos instantes, volviese a la realidad que me rodeaba.

"Lo recuerdo, María, lo recuerdo todo", tartamudeó, sin mirarme a la cara; sus ojos, cada vez más vacíos de vida miraban a través de una de las ventanas de nuestro piso. "Cuando estuve allí perdido", comenzó a decir, "en la soledad de todo aquello, no sé decirte muy bien donde estaba aquel lugar, una presencia, algo que no pude percibir más que por un tenue color que me envolvió, se abalanzó sobre mí, y con su contacto me enseñaba la realidad de nuestro espacio, me explicó el sentido de nuestra existencia, y créeme, es más bello de lo que cualquiera pueda imaginarse. A cambio, aquel ser comenzó a drenar mi vida, mi fuerza vital, al mismo ritmo que EL CONOCIMIENTO entraba en mi cabeza. Lo mejor de todo es que yo me daba cuenta de aquel hecho, pero la sed, que aquellas imágenes me producía, hacía crecer mi avidez por conocer cada vez más, y más, y más, sin importar que me fuese la vida en ello".

"No creo que puedas entenderlo", me dijo, "pero ahora, el tener ese poder, ese conocimiento en mi cerebro me trastornó. Ya no pensaba en nadie, y mi única idea era continuar aprendiendo, y conseguir que aquel ser llegase a nuestro mundo para que todos vosotros pudieseis compartir ese enorme poder que me otorgaba. Y en cierto modo, al restablecer la conexión y traerme de vuelta, nos separasteis, pero también lo trajisteis a Él, supongo que cada uno de nosotros debió salir por un lado del túnel diferente".

Ni que decir, que cuando me contó aquellas palabras me asustó. No la historia inverosímil que me estaba contando, sino que Jose, que siempre había puesto su razón por encima de todo, incluso por encima, a veces, de sus propios sentimientos, fuese capaz de decir todo aquello y, lo que era aún pero, creérselo. Como pude intenté arrinconar aquel miedo, hacia el que había sido mi compañero, mi amante y mi amigo, que me invadía, pero las manos temblorosas, que ahora eran aferradas por él, no eran una buena forma de disimular.

"No te preocupes, seguro que todo eso que me cuentas no fue más que una pesadilla que tuviste en el hospital", le dije mientras me levantaba para no tener que mirar sus ojos al decir aquella enorme mentira.

"Comprendo que no me creas, pero hay algo ahí fuera, y acabará con todos nosotros, si no hacemos algo por impedirlo", me contestó y yo todavía sin atreverme a mirarle a los ojos le contesté: "Tengo sueño, mañana hablaremos, si te parece bien".

El no me contestó, pero en aquel silencio, y en el hielo que se formo entre nosotros al entrar en la habitación, sin él, descubrí el dolor que habían causado esas palabras en él.

Una vez dentro, pensamientos de soledad, que me aislaban todavía más de él, consiguieron que ese miedo que corría por mis venas se hiciese cada vez más tremendo, que doliese más intentar extraerlo de mi corazón. Y guiada por él llamé por teléfono a la única persona, en la que en un momento como aquél, yo podía confiar; la única que acudiría a mí sin rechistar, sin que se lo tuviese que pedir dos veces. Una persona, que en años anteriores, había sido mi pareja, guiada por una admiración interpretada falsamente como amor. Por suerte nuestra relación acabó como había empezado, repentinamente, y por mutuo acuerdo; y en aquellos momentos recordé, no sé el porqué, ni si habría algo más en aquellos recuerdos que la simple necesidad de ayuda, sus últimas palabras: "Si alguna vez tienes problemas, que por cualquier motivo te veas incapaz de resolver por ti misma, llámame, y estaré allí donde estés, lo más rápido que pueda viajar un ser humano"; fueron palabras sinceras, que quedaron grabadas en mi memoria, junto a su dulce recuerdo, el cual había aparcado lejos de mi hoy cotidiano, supongo que a la zaga de algún problema parecido a aquel.

"Miguel, necesito tu ayuda"

"En seguida estoy allí", me contestó, y ambos colgamos el teléfono. Él iba a cumplir su promesa, y yo desencadenaría una reacción en cadena que arruinaría mi vida. Al volver el rostro, hacia la puerta, instintivamente, guiada por ese sexto sentido que todos los humanos poseemos, y que nos alerta cuando alguien penetra nuestro espacio vital, más o menos extenso, según la situación; y en ella, con un rostro, el último que vi en él y que recordaré siempre, de profunda tristeza, apagado y escondido en la media sombra que la puerta proyectaba sobre él. Se fue, y yo, sin saber que hacer, como moverme en aquella situación, lloré, como un pobre crío al que han atrapado justo cuando estaba a punto de cometer su travesura, de impotencia aumentada por el miedo, el pánico que la situación de Jose provocaba en mí.

Poco después escuche el duro retumbar de la puerta de la calle. Él se había marchado, y por la ventana del salón pude ver su silueta, recortada por la luz de las farolas, dirigiéndose lentamente, con caminar pesado y hazaroso, hacia —esto me lo mostró mi instinto— el lugar donde se habían producido aquellos dos extraños asesinatos. Aquellas imágenes, mezcladas con las historias que acababa de contarme Jose, crearon en mi imaginación, excitada y febril, de escritora al fin y al cabo, un porqué de todo aquello. Y el pensar en ello me asustó más, no quería perderlo.

Aún no sé como corrí al igual que el viento, ayudada por la misma fuerza que permite a una madre levantar un coche para salvar a su hijo, hasta el eje central de la Autónoma, allí, el terror en su estado más puro, me paralizó. Jose estaba justo en el centro de la zona de césped, justo debajo de aquel Haya maldita, y a su alrededor, un COLOR, que no podría describir, pero que diferenciaba muy bien, le rodeaba. No pude hacer más que gritar.

Jose, al oírme volvió su rostro, confundido en una extraña sonrisa, de nerviosismo, de miedo y felicidad al mismo tiempo. Con dificultad, como si aquel conocimiento que recibía, a cambio de su vida, de la juventud que desaparecía por instantes de su rostro, inhibiese el resto de sus facultades, articuló unas pocas palabras: "Lo siento, pero al oírte hablar con Miguel, la idea de la sabiduría absoluta me pareció tentadora, más que seguir viviendo".

"¡Líbrate de eso!, no quiero perderte, has sido la única persona que me ha hecho feliz de verdad, y sin ti, me da lo mismo quien habite en este estúpido planeta, mi único mundo eres tú".

"Bonitas palabras", bromeó, "pero lamento que lleguen tan tarde. Cuando este ser comienza su transferencia es imposible separarlo por medios físicos, y yo no quiero desprenderme de él, justo en este momento en el que conoceré el origen de nuestro universo, es un conocimiento que no puedo rechazar".

"Un conocimiento que te matará".

"Pero me hará mejor persona".

"Y nos matará después a todos los demás"; estas últimas palabras que pronuncié y que llegaron a sus oídos debieron provocar en él una especie de reacción alérgica a aquel ser, porque el aura de COLOR que le rodeaba, se tornó más intensa, tanto que incluso yo, que hasta ahora solo podía percibir por la vista, comencé a notar los pensamientos que transmitía. Y la sed de conocimientos también se apoderó de mí.

"Lo siento", dijo Jose, "no había pensado en vosotros, pero quizá no todo esté perdido, sígueme". Había recuperado el control, quizá solo por unos instantes, los justos como para que su lento caminar, tímido reflejo del que había sido antes, durante su "juventud", le llevasen a los Marcos, no sin antes haber conectado los generadores independientes que los alimentaban.

Los encendió.

E introdujo su cuerpo en el túnel, atravesándolo por la mitad.

"Ahora debes desconectarlos", dijo mientras dirigía hacia mí su cálida mirada.

"Pero entonces te perderé, y yo no quiero perderte"

"No te preocupes, SÉ que nos volveremos a encontrar, un día u otro, pero mientras tanto debemos alejar este ser de la humanidad. No está preparada para conocer todos los secretos que guarda este universo que nos cobija, y tampoco puedo permitir que por esos conocimientos los seres humanos perezcan, aún les quedan tareas importantes que hacer, demasiado importantes como para dejarlas en otras manos. Han sido elegidos, lo SÉ, y cumplirán su misión perfectamente, esto también lo sé. Ahora debes desconectarlos, por favor".

Y yo los desconecté.

Acabo estas últimas líneas de mi diario, que dejaré, aquí encima de los ordenadores que controlan los marcos, antes de comenzar el viaje, del que no conozco el destino, pero que deseo me lleve junto a Jose. Desde que se fue no ha pasado otra idea que el reunirme con él, como vaticinó, allí, en medio de los dos Marcos. Ahora, quien SABE que esa profecía se cumplirá soy yo, y dejo estas líneas, para cumplir mi sueño de escritora, y para que si, algún día, regreso con él, recordemos juntos esta historia, de dos mitades de la misma alma que emprendieron, por separado, el mismo viaje.

Me quedan tres minutos para disfrutar de este mundo al que una vez llamé estúpido, antes de que el cronómetro corte la energía eléctrica. Ya no quiero escribir más.

Extracto del diario personal de María Muñoz.

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