Reflejos
El humo de aquellos cigarrillos a medio consumir, que aún descansaban en los ceniceros de aquella mesa redonda, llenaba la habitación, pequeña y en penumbra, amueblada con lo justo para poder confundirla con un salóncomedor. A su alrededor cuatro mujeres, cogidas las unas a las otras de la mano murmuraban en voz alta.
Por un momento se miraron mutuamente y, titubeantes, soltaron sus manos. Una de ellas, quizá la más osada de todas, habló:
¿Preparadas?
Y esa pregunta se clavó en los corazones de las demás como un puñal afilado.
Sí.
Sí.
Sí.
Tres síes que desencadenaron lo que debía suceder. La portavoz, la que había hecho la pregunta, cogió la caja de cerillas que tenía enfrente y con parsimoniosa lentitud, calificable de ceremoniosa, la encendió. La llama rojiza de fósforo iluminó aquel corrillo de jóvenes y una mano diestra la acercó hasta el quemador de incienso que habían colocado en el centro de la estrella de cinco puntas dibujada con mano temblorosa y tiza blanca directamente sobre la madera de aquella mesa.
Un ¡PUF! maloliente, y un golpe de humo tan denso que casi hubieran podido cortarlo, las rodeó, invadiendo el ambiente malsano de tabaco y de paso sus pulmones.
Una de ellas, quizá por la impresión que aquella pequeña explosión le había causado, o quizá porque el humo era más denso de lo que parecía en un principio, fue a parar al suelo. De ella surgieron las primeras palabras de aquella extraña ceremonia.
¿Qué mierda había ahí dentro? preguntó mientras, entre estertores, intentaba expulsar parte de aquel insidioso humo de sus pulmones. Es vomitivo.
Sus tres compañeras, de mejor suerte, reían sin saber muy bien si aquella hilaridad creciente estaba producida por lo cómico de la situación o por algún tipo de efecto narcótico que poseyera el humo que habían inhalado. Angela, la muchacha que había ido a parar al suelo, se levantó, se apartó el pelo de los ojos y colocó la silla, donde había estado sentada, en su posición natural.
No me hace ninguna gracia aclaró. ¿Se puede saber de dónde has sacado toda esta mierda? continuó después de haber cogido el quemador de incienso y haberlo estado observando unos segundos.
De una tenducha escondida en un callejón y que vende todo tipo de chismes esotéricos le respondió Beatriz mientras intentaba controlar su risa. ¿Podría alguien encender la luz? añadió después.
Una de ellas, la que se había sentado a su derecha se levantó de su sitio y accionó el interruptor. Esa sencilla acción vivificó la escena que se estaba produciendo en aquella habitación.
¿Y se puede saber qué había dentro? Por que no creo que ese olor se me pueda olvidar fácilmente.
Pues no lo sé contestó directamente Beatriz, más tranquila y serena. Después se levantó de su silla y estiró los brazos completamente, toda aquella improvisada sesión esotérica la había dejado entumecida y se preguntaba si no tendría parte de culpa aquel humo denso y maloliente. Sus tres compañeras hicieron lo mismo, caminando por la habitación. El tipo de la tienda, uno de esos con cara de moro y acento raro, no me quiso responder con que había hecho los polvos. Según él era parte de sus extensos e intransferibles conocimientos arcanos.
¿Y aún así se lo compraste? se extrañó Carmen, que siempre había creído que su amiga era un poco más responsable en sus acciones. ¿Sin saber con que estaba hecho?
Tú debes haber creído que esos lugares son como los supermercados, donde cada producto tiene su etiqueta con los ingredientes, su fecha de caducidad y el sello de sanidad en un costado le contestó con sarcasmo. Sus tres compañeras sonrieron mientras abandonaban la pequeña habitación que les había servido para sus experimentos. El tío se hacía el loco cada vez que mencionaba el tema de los ingredientes.
¿El loco? preguntó Diana, la única de ellas que aún no había abierto la boca.
Si, bueno, se ponía de esa manera que se ponen todos los hombres cuando tocas algún tema delicado. Me hablaba de otra cosa o giraba la cabeza y me enseñaba otro de sus utensilios. Casi empecé a creer que me había equivocado de frase y le había propuesto matrimonio.
»Lo único que me repetía una y otra vez era que no me preocupara, que si seguía correctamente las instrucciones que me había escrito conseguiría ver el verdadero reflejo de mi alma.
Por lo menos suena interesante dijo Carmen
Pues si te suena bien con mi acento del sur, tendrías que haber escuchado como pronunciaba esa misma frase él. Parecía que me hipnotizase con sus palabras. Si hasta se me eriza el pelo con sólo recordarlo... mirar.
Beatriz extendió su brazo y levantó el jersey de angora que lo cubría, mostrando su vello. Sus compañeras lo miraron, sin darle mucha importancia, mientras comenzaban a descender las escaleras que daban acceso a aquella segunda planta.
Durante la cena, siguieron hablando del hombre extraño, de lo apestoso de aquel producto y de muchas cosas más; unas más interesantes que la otras. Fueron navegando por un mar de temas que fluían por el río de sus pensamientos, cambiando de unos a otros tan rápido como la casualidad imponía. Hablaron de hombres, de lo extraños que eran todos, de eso cambiaron al amor; seguido, una charla sobre la bioquímica de este, leída en algún artículo de alguna revista; y hablando de revistas, el divorcio de la princesa de moda también cayó en sus garras. Infidelidad, venganzas posibles para esta y deseos que a todas les gustaría cumplir. Después, estrellas fugaces, la estructura del universo y la existencia de Dios dieron paso al último tema para el que sus labios encontraron palabras, los chicos.
Entonces, las luces del salón de aquella gran casa se apagaron, con ellas dentro de sacos de dormir, donde habían improvisado sus camas por esa noche.
Camisones o pijamas, las cubrían.
Buenas noches, se desearon.
Y a dormir.
Ya hacía un buen rato que la hora de las brujas había pasado de largo por aquella parte del hemisferio norte. Y en una enorme casa, tres muchachas, todas jóvenes dormían plácidamente. La última, la que cerraba aquel cuarteto acababa de despertarse hacía unos instantes. Un insidioso calambre en la zona abdominal era la causa. Malhumorada, como siempre que la interrumpían el sueño, salió de su saco de dormir y medio dormida, a tientas, guiándose más por el instinto que por el conocer aquella casa, atravesó el salón hacia las escaleras.
¿Hum...? escuchó mientras su pie chocaba con algo rígido. Miró hacia abajo y, entre las sombras que proyectaba aquella oscura casa en la noche, creyó distinguir la silueta de una de sus amigas que se revolvía dentro de su improvisado lecho. No hizo mucho caso a la queja y, cada vez más despejada, continuó su avance.
Subió las escaleras repitiéndose una y otra vez, como una letanía agónica, que no debería haberse bebido ese último gran vaso de cola. Y ahora lo estaba pagando.
Caminó por el pasillo del segundo piso y, cuando hubo llegado a la puerta que buscaba, se dejó caer sobre ella con el hombro mientras con la mano libre giraba el recargado picaporte que la mantenía cerrada. Encendió la luz y entró dentro de aquel lavabo de ensueño. Entornó los ojos, evitando que aquel foco de luz repentina la deslumbrase, y adormecida aún, hizo lo que había venido a hacer.
Más descansada, y desvelada por todo aquel trajín, se fijó en una cosa curiosa que sucedía enfrente de ella. Allí, puesto estratégicamente detrás de la puerta, estaba colgado un enorme espejo, rodeado por un marco de madera que, aunque no era su especialidad, creía reconocer como roble. Se acercó hasta él, con los ojos bien abiertos, sorprendida por lo que podía observar. Alucinada, con la misma cara que si hubiese visto un extraterrestre llamando a su puerta, movió la mano de arriba abajo haciendo patente lo que veía.
Empezaba a dudar que estuviese despierta. Aquello aún debía ser un sueño, extraño e inusual, pero un sueño al fin y al cabo. Porque lo que no podía ser de ninguna manera es que las imágenes que le llegaban de aquel espejo tuviesen ese retraso que ella percibía. Su mente, vagamente científica, intentaba negarlo, pero sus ojos, que hasta entonces no la habían fallado nunca, no le dejaban duda de ello.
Se pellizcó en el brazo, aunque sonaba muy típico, y cambió su gesto de asombro a uno de dolor puntual. Y otra vez se producía aquel extraño fenómeno. Su reflejo, vestida con un camisón idéntico al que ella tenía, con la misma mancha, casi imperceptible, de lejía que su madre la había hecho por descuido un día, la imitaba, en los gestos, en los movimientos, en todo lo que puede imitar un reflejo; pero con unas décimas de segundo de retraso.
Se sentó en la taza del water y se frotó los ojos mientras pensaba que podía estar provocando toda esa alucinación. ¿Sería culpa de esa mierda que había inhalado de lleno? Seguramente sí. De lo que ya no estaba tan segura es que los efectos fuesen temporales. Quizá a partir de ese momento vería ese retraso en cada espejo en que se observase. No es que fuera una gran pérdida, de acuerdo, pero la inquietaba, y la ponía muy nerviosa. Incluso ya empezaban a recorrerla los primeros escalofríos por la médula.
Miró su reflejo, que seguía parpadeando con unas milésimas de retraso, y a cada segundo que pasaba con la vista fija en aquel espejo notaba más diferencias entre la imagen idealizada que tenía de sí misma y lo que sus ojos la mostraban.
Por curiosidad, por ese mismo instinto que nos hace entrar en una habitación donde hemos escuchado un ruido extraño, o acercarnos a una extraña luz que surge del bosque durante una acampada, se colocó delante de aquella anomalía y extendió su mano para tocarla.
En el mismo momento que las yemas de sus dedos tocaron la fría superficie del cristal y dejaron sus grasientas huellas dactilares en él, su replicante, aquella imagen que no hacía lo que se suponía era lógico, dio un paso más hacia la locura de su dueña.
Ella quedó en blanco mientras observaba todo lo que sucedía enfrente de ella. Su imagen, seria, con su propia mueca fría y temible, había dejado de responderla. Una mano, que compartía el frío tacto de aquel espejo, salió de él, húmeda, como recién sacada de una mala lavadora donde no ha funcionado del todo el centrifugado y la agarró con fuerza. Angela, sorprendida, reaccionó lo más rápidamente que pudo y comenzó a estirar con fuerza, mientras jadeaba e intentaba gritar.
Pero aquella férrea mano, aquella masa de músculos que no se parecía en nada a la suya, era como una presa de acero accionada por un motor diesel, cada vez la presión que ejercía sobre su muñeca era mayor, y el dolor se hacía cada vez más insoportable. Hasta que por fin pudo gritar. No fue de terror, el propio miedo le impedía gritar por ese motivo; fue un aullido desesperado de sufrimiento, de que los huesos de su muñeca no eran capaces de soportar más aquellos niveles de presión.
Desesperada, ahogó sus gritos en una tos nerviosa, mientras agarraba con su mano libre aquella extraña presa que la sujetaba. Su tacto, ahora que podía apreciarlo con claridad, era repugnante, viscoso en tal grado que casi la era imposible mantener su agarre sobre ella. Con furia, con miedo, y con la única arma que ahora la funcionaba, el instinto de supervivencia que todo humano lleva en su interior, apoyó sus dos piernas contra la pared y estiró. Con rabia, con la determinación de querer salir de allí lo más rápidamente posible, hasta que la articulación de su hombro saltó con un amargo chasquido.
Volvió a gritar.
En ese momento, mientras el eco de su segundo alarido rebotaba aún por las paredes de toda la casa, su reflejo actuó. Estiró con fuerza y absorbió su cuerpo hasta el interior de aquel mundo paralelo que todos vemos en un espejo.
Y su último grito se apagó.
Beatriz, Carmen y Diana, subieron alarmadas hasta el segundo piso de aquel caserón, alarmadas por dos sucesivos gritos que habían surgido de allí.
La primera en despertar había sido Carmen que, adormecida, había mirado a su alrededor para intentar volver al mundo real, cogiendo un punto de referencia. Aún no había conseguido acabar de despertar, cuando un segundo grito, esta vez mucho más intenso que el primero, consiguió que su cuerpo se pusiera alerta y que sus dos compañeras despertaran.
¿Que demonios...? preguntó Beatriz, mientras se frotaba un ojo y con el otro miraba a su alrededor. Vio como Diana la imitaba, más o menos en los gestos, y como Carmen sin explicar nada, salía de su saco de dormir y corría hacia las escaleras. Observó el resto de los sacos vacíos y enseguida pudo asociar las ideas. Un saco vacío, una amiga asustada que corría, y un grito que la había despertado. Sin pensárselo mucho más salió tras de ella.
Una vez arriba, Carmen comenzó a golpear la puerta del lavabo insistentemente, pero nadie parecía responder de su interior. Empujó la puerta con el hombro, intentado inútilmente romper el cerrojo que la mantenía sellada.
¡Joder! exclamó. ¿Angela, estás bien? ¡Responde de una puta vez!
Pasaron unos cuantos segundos en los que se hubiese podido escuchar el volar de una mosca si hubiese habido alguna. Unos segundos en los que la adrenalina de las tres subió hasta su límite máximo. Unos cuantos segundos que se acabaron cuando una voz rota pero aún así, familiar, cruzó la puerta.
Tranquilas, estoy bien. Creí ver una araña.
¿Una araña, toda esta mierda por sólo una araña? ¡Joder! exclamó Beatriz mientras suspiraba de alivio.
Lo siento. Podéis volver a la cama, yo iré en cuanto acabe aquí dentro se disculpó.
Y el resto de sus amigas, todavía intranquilas por aquel susto, volvieron a sus sacos. La idea que circulaba por la cabeza de todas era que, a la mañana siguiente alguien tendría que responder unas cuantas preguntas.
Ninguna de las tres pudo dormir bien aquella noche. El exceso de adrenalina en la sangre las hizo volverse una y otra vez sobre sus cuerpos sin que el sueño, que tanto anhelaban para relajarse después de aquel tremendo susto, llegase al fin.
La excepción era la causante de todo aquel alboroto. Angela había bajado del lavabo unos minutos después de que todas volviesen a sus sacos y se había acostado y dormido más rápidamente aún. Sin responder a sus preguntas, sin ni siquiera volver a pedir perdón por el lío que había organizado. Estaba claro que para ella todo aquello no había sido más que un malentendido. Y para ellas debería haberlo sido también. Pero algo intangible de aquel grito les decía, como un sexto sentido aflojando en un mar de dudas, que había algo más detrás. El tiempo fue pasando con sus pensamientos rondando por la sala, y el sol, siguiendo al inexorable paso del tiempo y a ese orden que nos han impuesto, donde el día sucede a la noche, apareció, casi sin que se dieran cuenta, a través de las ventanas de aquella habitación.
El olor a pan tostado recién hecho fue lo único que consiguió despertar al Reflejo. Eso y una extraña sensación que tenía en la parte media del vientre, como un vacío que debía llenar a toda prisa. Somnolienta y cansada, sensaciones que jamás había experimentado, se encaminó titubeante hacía la procedencia del olor.
Entró en una cocina, donde tres mujeres, tres humanas, estaban preparando todo aquello que la incitaba a moverse. Descolocada, hizo lo primero que se le ocurrió, cogió una silla y descansó su cuerpo.
Vaya, por fin te has dignado a despertar... dijo Carmen El Reflejo ignoró aquellas palabras, como si no fuesen dirigidas a ella, mientras miraba atónita todo lo que la rodeaba. De repente, un objeto blando, blanco y ligero golpeó en su cabeza y calló enfrente de ella, justo encima de la mesa donde estaba apoyada. Curiosa, cogió aquella bola de papel de cocina y la observó. El tacto era agradable, de un modo que no era capaz de describir y, como por instinto, por ese mismo instinto que hace sonreír a un bebé cuando sus manos cogen algo nuevo, sonrió al tenerlo entre sus dedos.
Guiada por un extraño reflejo, giró la cabeza hacia el lugar de donde procedió aquel singular ataque.
Menos mal, empezaba a creer que te habías muerto ahí sentada la dijo Carmen mientras untaba con mantequilla dos rebanadas de pan recién salidas del tostador. Otra de las Tres muchachas, a la que todas llamaban Diana, se sentó enfrente de ella y la cogió la mano. Su tacto fue mucho más agradable que el que había experimentado con el papel.
¿Estás bien? le preguntó Diana Ella, el Reflejo, dudó un momento si debía articular palabra o simplemente hacer un gesto de asentimiento, y respondió:
Sí, y siento haberos molestado anoche.
Las tres amigas sonrieron.
Beatriz se acercó al Reflejo y la tendió las dos tostadas enfrente de sus narices.
Toma, anda... le dijo.
El Reflejo, tímidamente cogió una y empezó a comérsela, llenando así aquel vacío que tenía en el estómago.
Gracias dijo.
De nada, aunque ahora sería un buen momento para que nos explicaras qué pasó ayer.
No sucedió nada le contestó vi una araña y me asusté.
Joder, y tú a nosotras la recriminó Beatriz, que hasta el momento había permanecido un poco al margen. No puedes llegar ni a imaginarte el grito de terror que diste.
Déjalo estar dijo Carmen, todo ha acabado ya y lo mejor es recordarlo como una anécdota divertida. Ahora propongo que hagamos lo que habíamos venido hacer desde un principio. Acompañar a Beatriz durante este fin de semana que sus padres no están en casa y pasarlo bien.
Todas asintieron con la cabeza.
Vale, parece que todas estamos de acuerdo por fin dijo Beatriz Ahora, ¿qué se os ocurre que podamos hacer?
No te preocupes, siempre podemos improvisar le respondió Diana
Las tres amigas rieron, y por la mente del Reflejo empezó a cruzar un plan que le sirviese para sus propósitos. Otras como ella estaban encerradas detrás de aquella barrera que los humanos llamaban espejo, y esperaban su liberación. La única lástima era que sólo disponía de cuatro cuerpos que habitar.
¿Sabes una cosa curiosa? le preguntó Beatriz.
¿Qué? preguntó el Reflejo.
Que hubiese jurado que eras diestra...
El Reflejo la miró de arriba abajo, y después observó como su mano izquierda era la que sostenía la tostada que se estaba comiendo. Ni siquiera ella misma había caído en la cuenta de aquel cambio. Hasta ahora. Hasta que una de las tres amigas se lo comentó.
Sí, muy curioso...
Ya tenía a la primera voluntaria para hacer el viaje al otro lado.
¿Para qué querías volver aquí? preguntó Beatriz mientras observaba al Reflejo juguetear con el quemador de incienso que había encima de la mesa.
Simple curiosidad. Quiero ver que es lo que esconde este trasto ahora que estoy un poco más despejada.
El Reflejo cogió el quemador firmemente y lo abrió. En su interior había un cúmulo de polvo grisáceo, que desprendía aquel desagradable olor, y unos restos en las paredes que a Beatriz le resultaban familiares.
Déjame ver... comentó mientras cogía el quemador. Con el dedo índice de su mano derecha cogió un poco de esos restos y se lo acercó a la nariz. No hay duda, esto son restos de pólvora quemada.
O sea, que el artilugio que trajiste estaba diseñado para hacer que nos tragáramos el polvo.
Eso parece confirmó Beatriz, lo que no entiendo es la utilidad de esto, no parece ninguna clase de alucinógeno. Seguramente sería un timo.
El Reflejo jugueteó con sus dedos entre aquel polvo grisáceo y su tacto, aceitoso, casi como si aquella substancia fuese líquida, se le quedó grabado en la mente. Sonrió y poniendo la mano como un cuenco, sacó un poco del polvo de su recipiente.
No creo que fuese un timo replicó el Reflejo, y a renglón seguido sopló el contenido de su mano, directamente al rostro de Beatriz
Joder, ¿es que te has vuelto imbécil? espetó, mientras evitaba que el desayuno de esa mañana volviese al exterior siguiendo el mismo camino por donde había entrado. El olor de aquel polvo era vomitivo, como el de un cadáver en descomposición; su tacto, grasiento. Intentó limpiarse la cara con sus ropas, pero fue un esfuerzo inútil, aquello se había quedado enganchado a su piel, como el aceite, que nunca hay manera de sacárselo de encima si no es usando jabón.
Entonces, sintió un golpe tremendo en la espalda y cayó, incapaz de mantener su consciencia, al suelo, como un saco lleno de piedras.
El Reflejo dejó la silla que había utilizado de arma en el suelo y sin perder un momento, agarró el cuerpo de Beatriz por los pies y lo arrastró como pudo hasta el lavabo. Cerró la puerta con cerrojo y descansó un momento para recuperar el resuello. No estaba acostumbrado aún a aquel cuerpo tan débil, y pagaba caros los esfuerzos que acababa de efectuar.
Cuando hubo descansado lo suficiente, acercó el cuerpo, todavía inconsciente, de Beatriz al espejo. Despacio, con mucha delicadeza, cogió su mano y la fue acercando lentamente hasta la superficie del cristal hasta que, como lo hizo Angela aquella misma noche, sus dedos tocaron su propio reflejo.
En ese mismo momento una mano, con su piel hecha de espejo, cogió la de Beatriz y como si su cuerpo fuese tan ligero como una pluma, lo arrastró hacia su interior, mientras una luz, blanca y mortecina, hacía opaco el espejo y deslumbraba al Reflejo.
Cuando se desvaneció, ella se encontraba sola en el lavabo, sentada en el suelo, y mirando su imagen reflejada en el espejo.
Se levantó del suelo y limpió con abundante agua y jabón los restos de aquel polvo blanco que se habían quedado enganchados en su mano. Después se sentó en el trono de aquel reducido palacio, a esperar pacientemente el resultado de su acción mientras acababa de secarse las manos con una toalla.
No habían transcurrido ni treinta segundos cuando, la luz blanca volvió a inundar la estancia. Ella entornó los ojos lo suficiente como para que no la deslumbrara y pudo ver como una silueta negra, recortada contra ella, salía del espejo.
Cuando se desvaneció, enfrente de ella estaba el Reflejo de Beatriz, de rodillas en un principio y tumbada boca abajo después. El Reflejo de Angela se acercó a ella, con una de las toallas grandes y la cubrió, después de haberla ayudado a darse la vuelta.
No te preocupes, te recuperarás enseguida la tranquilizó. A lo que no creo que te acostumbres tan rápidamente es a usar un cuerpo tan imperfecto como estos.
Son bonitos susurró con las pocas fuerzas que había recuperado. El Reflejo de Angela observó a su compañera durante unos instantes. Después miró su propio reflejo en el espejo.
Quizá te lo parezca, pero son enclenques, tienen muy poca fuerza. Quizá si hubiesen usado la masa de estos dos bultos inútiles tendrían un poco más de músculo replicó mientras se tocaba despectivamente los pechos. Después se volvió hacia su compañera y preguntó: ¿Te vas encontrando mejor ya?
Sí, mucho mejor. No creo que tarde en ponerme en pie.
Me alegro, porque nos queda mucho que hacer si queremos traer al resto de los nuestros hasta aquí.
¿Que habéis estado haciendo allá arriba? preguntó Carmen Los dos Reflejos bajaron las escaleras lentamente, como si nada hubiese sucedido, hasta colocarse al lado de la muchacha, que las esperaba curiosa al final. El Reflejo de Angela llevaba en su mano el quemador de incienso.
Nada en particular respondió el Reflejo de Angela
Ya, claro dijo sin demasiado convencimiento. ¿Y se puede saber por qué habéis bajado esa mierda?, me pone muy nerviosa tenerla cerca.
Ya te lo explicaré un poco más tarde. Por cierto, ¿dónde está Diana?
Pues no lo sé respondió extrañada y arqueando las cejas. Hace unos minutos cogió tu juego de llaves de la casa y salió fuera, sin decirme ni donde iba ni cuando volvería.
Los dos Reflejos sonrieron al unísono. Se miraron y como si les uniese una especie de conciencia colectiva comenzaron a ejecutar su plan sin que les hiciese falta más que cruzar unas simples miradas.
El Reflejo de Beatriz rodeó sin prisas a Carmen Cuando se puso a su espalda, en un movimiento rápido y furtivo, como de caza, la inmovilizó los brazos.
¡Hey!, espetó asustada Carmen dejad de hacer tonterías anda.
Sin que le diese tiempo a acabar la frase, la fuerza que ejercía el Reflejo sobre ella, la obligó a girarse. Enfrente, el otro Reflejo, el que había usurpado el cuerpo de Angela, tenía preparado algo extraño en su mano. Aunque asustada, Carmen pudo intuir que el polvo blanco que ella sostenía en su mano procedía del interior del quemador.
Vale ya. Como broma ha sido muy divertida, pero empieza a pasarse de castaño a oscuro, ¿vale?
Los dos Reflejos no respondieron. Entonces, al límite de lo que su mente podía tomar como un juego, comenzó a forcejar con su presora. Se retorció, lanzó golpes e hizo todo lo que se le ocurrió para intentar liberarse de aquella presa. Fue inútil, Beatriz era demasiado fuerte para ella.
En ese mismo momento, el Reflejo de Angela sopló el contenido de su mano al rostro de Carmen Este le cubrió la cara, se le introdujo en los ojos y en los pulmones, y con él su vomitivo olor a podredumbre.
Después, un puñetazo del Reflejo de Angela, directo a la nariz de Carmen, hizo que la noche llegase antes para ella.
Diana abrió la puerta de la casa y fue a encontrarse con un hecho curioso que sucedía dentro. Las que creía sus amigas Angela y Beatriz arrastraban el cuerpo inerte de su tercera compañera por las escaleras. Cuando entró, las dos, que en realidad eran sus reflejos, se detuvieron y una, la que había usurpado el lugar de Beatriz, secó el sudor de sus manos con la ropa y se acercó a ella.
¿A que jugáis? preguntó intrigada.
A médicos y enfermeras respondió el Reflejo de Beatriz cuando estuvo a su lado. Acto seguido, la dejó inconsciente con un golpe directo en su barbilla.
Y la luz se apagó por completo para Diana
Cuatro muchachas entraron en la tienda de Amed. Cuatro muchachas jóvenes que parecían ser muy amigas. Las miró de arriba abajo una y otra vez, hasta que un residuo de memoria le golpeó de lleno. Una de las muchachas, la más alta y corpulenta de las cuatro ya había estado en su tienda. Esa vez le había conseguido encasquetar por más dinero del que valía en realidad, un puñado de polvos blancos que le habían mandado por equivocación, y de los que todavía le quedaba un saco lleno en la trastienda.
¿En que puedo ayudarlas, señoritas? comentó amablemente.
Ellas, haciendo un corro y riendo como lo hacen las adolescentes cuando todas creen pensar en lo mismo, se acercaron al mostrador.
Verá, no sé si se acordará de mí... dijo una de las muchachas.
Por supuesto que sí, ¿cómo podría olvidarme de un rostro tan bello?
Esto..., gracias dijo mientras se ruborizaba. Pues verá, yo venía a ver si le quedaban más polvos como los que me vendió la otra vez.
El Tendero, la miró directamente a los ojos, y después de pensarlo por unos segundos, para hacerse más el interesante, respondió:
Creo que sí, espere que lo miro en la trastienda.
El Tendero fue a un cuarto que se separaba del resto de la tienda por una cortina de terciopelo negro, y después de un par de minutos salió con otro quemador de incienso cargado de aquellos pestilentes polvos.
Lo dejó encima del mostrador, y la muchacha, curiosa, lo abrió. El contenido parecía ser el correcto. La muchacha metió la mano dentro de él y sacó un poco de aquella aceitosa substancia con su mano.
Debió de irles muy bien para que quieran repetir con lo mismo dijo el Tendero. Si quieren probar con nuevas sensaciones, puedo enseñarles otros artefactos de mi propia facturación.
No hace falta. Esto funciona de maravilla le interrumpió.
Y acto seguido espolvoreó su cara con aquella extraña substancia.
¿Fin?
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