Venganza

Jorge se levantó despacio de su cama. Estaba feliz, ese día que amanecía nuevo por su ventana, abierta de par en par para oler los aromas de la mañana, era su día. Inspiró profundamente mientras desde la privilegiada posición que le otorgaba su piso observaba aquella ciudad de inmigrantes que cada día le saludaba. La melancolía del resto del año se esfumó con la brisa de la mañana, perfumada por la suave fragancia, que las rosas de ese día, esparcían por doquier.

Ese olor, y sobre todo los fríos colores de esa mañana le hicieron recordar. Giró la cabeza con entusiasmo y encontró lo que había ido a buscar con su mirada. Encima de aquella mesa de madera prensada, suavemente barnizada con un tono pastel que no sabría definir, descansaba, en su cama de porcelana y cubierta hasta medio cuerpo con una sábana de agua, una flor de color intenso y pasión desatada. Se alejó de la ventana después de cerrarla y se colocó enfrente de ella, por encima de sus pétalos carmín, inspirando con profundidad toda su esencia. Era intensa, dulce y casi empalagosa. Un perfume que se quedaba impregnado en el cerebro hasta que el tiempo, como a todo lo que existía en la superficie de aquel planeta, lo hacía desaparecer…

Acarició sus pétalos, suaves como piel de ante recién curada y sonrió. Aquella flor era un regalo muy especial. Era para Ella. Y no podría rechazarlo. Al fin y al cabo, hoy era su día...

Se vistió rápido.

Se arregló paciente.

Y recorrió los veinte minutos que normalmente separaban el portal de su casa de la universidad donde él cursaba sus estudios de Informática, en una de las aulas más apartadas y escondidas de toda la facultad de ciencias, en solo diez. Estaba lleno de vigor, la adrenalina le recorría las venas y le hacía sentirse superior, más fuerte, poderoso, pero sobre todo muy excitado, casi podría decirse que caliente; incluso comenzó a notar la tensión sexual en su entrepierna.

Se paró unos instantes a medio camino y mientras miraba al cielo, azul como nunca lo había visto antes, comenzó a pensar en cascadas de agua fría, helada, que le recorrían la espalda a la vez que apretaba las púas naturales de la rosa que llevaba, como un bebé, entre sus manos.

Por fin pudo descasar, había controlado sus más bajos instintos, y para sí mismo se repitió que aquello no podía volver a suceder; ¿qué iba a pensar Ella si, al acercarse, le veía la bandera a media asta? Lo más fácil era que pensase que era un vicioso, o un salido y no quisiese hablar con él ni aceptar su regalo, ese tan bonito que llevaba con cariño en las manos para evitar que se estropease.

Agachó la vista para observar aquel fruto de la naturaleza y observó con estupor el tinte rojo que cubría sus manos, el tallo de la flor y parte del suelo que pisaba. Abrió, con una mueca de dolor en la cara, las manos, sintiendo a la vez como las finas cuchillas que la flor utilizaba como protección para que no se la comieran, salían de su interior, dejando llagas abiertas por donde resbalaban con muchísima lentitud, gotas de su propia vida.

Después de observar las heridas durante un minuto se encogió de hombros y caminó de nuevo, senda arriba por en medio de la montaña que separaba la universidad de su ciudad. No le importaban las heridas, era duro, y el dolor no lo amedrentaba... Por lo menos hoy, durante su día.

Llegó hasta la universidad, y atravesó los pasillos raudo, al encuentro de la que a partir de entonces sería su amada, al tiempo que de sus manos heridas salía un rastro que nadie acertó a descubrir, ni a seguir.

Caminó hasta su clase, dispuesto a conseguir lo que nunca habría tenido el valor de pedir, pero un día es un día y aquel era su día.

Atravesó la puerta y la mayor sorpresa de su vida golpeó sus ojos. Una sorpresa que hizo detener su corazón. Una sorpresa tan grande que le mantuvo paralizado en aquella posición observando la escena, que transcurría dolorosa, ardiente como un hierro al rojo en la piel de su pecho, que parecía a punto de estallar por culpa del ritmo asonante que había tomado su corazón.

Vio los labios de Ella, que tanto le habían apetecido, que tanto había deseado, unidos fogosamente a los de un extraño que no conocía. Comenzó a odiar. A la flor que con tanto mimo había cuidado, a las esperanzas que se había formado, a aquel que disfrutaba de la fruta carnosa de sus labios, y a ella, que había traicionada el amor que los unía en su día.

La flor resbaló entre sus dedos y calló al suelo, justo en medio del pequeño charco de sangre que sus heridas habían formado a sus pies. Agonizante, como a quien le quitan todas las esperanzas, al que le quitan cualquier deseo de vivir, avanzó por en medio de los pupitres y ocupó su lugar mientras se preguntaba como podía haberle hecho eso durante su día.

Pasaron las horas, y sus heridas, quizá por el sudor o el esfuerzo de escribir garabatos sin sentido con el bolígrafo en medio de hojas que acababan siendo rosadas, quizá porque eran la propia esencia del dolor que lo llenaba y no quería dejar pasar, no habían cicatrizado aún.

Llegó el intermedio, los diez minutos de descanso que todo el mundo aprovechó para intoxicar un poco más sus pulmones, y él seguía mascullando en voz alta esa misma pregunta, ¿cómo podía haberle hecho eso durante su día?

Ella se acercó a él, con voz dulce, como siempre y como si nada hubiese sucedido durante aquel, su día, dijo:

—Jorge, necesito los apuntes de algoritmos de la semana pasada...

Él la miró con una sonrisa en los labios y una mirada de furia en los ojos. Ella no pareció darse cuenta de ello y se mantuvo expectante ante una respuesta de él.

Era una zorra, una putita que sabía utilizar sus armas para conseguir lo que quería. Utilizaba su sexo, su cuerpo y las hormonas que desprendía para que incautos como él, o como el otro pobre muchacho que había visto en sus brazos comiesen en su mano. Ella, la misma que ahora, le pedía unos insignificantes apuntes, había jugado sus cartas y se había marcado un buen farol haciéndole creer que había algo entre los dos. Por suerte, él había descubierto su juego y evitaría que estropease el día de nadie más, protegería al mundo de aquella bruja con cuerpo de diosa. Aquel muchacho al había besado tendría que darle las gracias por lo que estaba a punto de hacer.

—¿Has escuchado lo que te he dicho? —insistió impaciente Ella. La muy zorra, encima le metía prisa.

—Tranquila —dijo lo más sereno que pudo—, ahora mismo te los dejo.

A renglón seguido cogió el bolígrafo que tenía cerca de su mano derecha y describiendo un gran arco, desde su lateral hasta el cuello de la muchacha lo hundió con saña. La sangre de su yugular le salpicó por completo mientras ella comenzaba a agitarse, aterrorizada y se llevaba la mano al cuello. Retiró aquella improvisada arma de la garganta de Ella, en el mismo momento que la inmovilizaba saltando sobre su bonito cuerpo y clavando sus dos rodillas en el estómago.

Ella gritaba, con el poco aire que conseguía eludir aquel enorme agujero de piel y carne desgarrada con violencia, y que llegaba hasta sus cuerdas vocales. Con miedo, con la vejiga suelta debido al esfuerzo y una mancha creciente en el vestido que llevaba, intentaba lograr dos cosas imposibles; con una mano mantenía alejado a aquel loco, con los ojos inyectados en sangre y furia atada con firmeza a sus brazos; con la otra intentaba sobrevivir, evitando desangrarse. Forcejó con ahínco, hasta que por debilidad, le dejó hacer. Resignada rezó para que aquel no fuese su último día.

Allí, en aquella extraña situación, él encima y ella debajo, con un río de sangre inundando su cuerpo y su boca, pintando su cara y embadurnando su pelo, asestó varias puñaladas más a la joven. En las costillas, en la cabeza, reventando sus globos oculares, que hicieron un cómico "pluf" cuando fueron perforados por la punta de aquel bolígrafo. Violó, con la misma pasión que sentía al darla aquella lección, su abdomen varias veces. Después, cuando no encontró más espacio para seguir introduciendo y sacando aquella improvisada arma, golpeó con saña en cualquier parte de su cuerpo que fuese fácilmente accesible desde aquella posición.

Hasta que cansado, con el brazo medio dormido por el esfuerzo de hacer penetrar aquel trozo de plástico, pequeño y frágil en el interior de un cuerpo humano, volvió a sentarse en su pupitre.

Escupió un poco de sangre que le había salpicado. Se secó con su propia camisa el sudor enfermizo y rosado que le resbalaba por el rostro y arregló todo el desorden que, sin querer, había organizado en su pupitre. A su alrededor se escucharon gritos de terror. No le interesaron lo más mínimo, ya había dado la lección que necesitaba aquella pequeña zorra y ahora, las clases, podían continuar…

Aunque antes, claro, tendría que asearse un poco.

FIN

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