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| Al papa Ratzinger le desagrada la pobreza
Eduardo Pérsico |
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En la visita que el Papa Ratzinger hiciera a Brasil en mayo del 2007, entre las apariciones novedosas sobresalió una, inquietante y sustantiva; los llamados ‘Heraldos del Evangelio’ que quizá merecieran renglones autorizados del espectáculo insólito. Estos Heraldos tan célibes como fanáticos de la abstinencia sexual, según dicen, escoltaron al Santo Padre durante toda su estadía y desfilaron vistiendo uniformes de color marrón, decorados con una ostensible cruz sobre el pecho. Los mismos se enorgullecen de sacrificar ‘ad infinitum’ la naturaleza corporal y así quedar mejor preparados ‘para luchar contra las sectas evangélicas’
br> Esa heroica decisión militante, digamos que para los ajenos a la interna del catolicismo pero igual atentos a cualquier connotación autoritaria o fascista, eso hoy atentaría contra la imagen de la institución Iglesia Católica Apostólica y Romana. Y más aún cuando estos católicos militantes descalifican sin autoridad, - ojo chicos, autoridad viene de autor, de cosa propia- a las demás vocaciones religiosas existentes y otras multiplicadas últimamente. Tal vez sería bueno mencionar a esas congregaciones que estos Heraldos desprecian como ‘sectas’, cuáles serían esas en especial y si no era una secta la concurrida por los esenios, con Jesús y sus amigos devenidos en apóstoles. Porque estos iluminadores del camino recto que debemos transitar los seres humanos, como todos los fundamentalistas comunes y corrientes, exhiben una soberbia intelectual y un perfil de ignorancia feroz contra lo desconocido, como les resulta la Fé Electrónica presente a toda hora en los televisores del mundo. Aunque estos renovados Heraldos de la Fé, según su discurso, llegan resueltos a ejercer la más dura acción directa contra cualquiera, como pregonaron sus antecesores varios que entraron y salieron de escena sin perpetuar, - históricamente hablando- nada memorable. Como todo fanático, estos se consideran el referente principal de un universo inmedible, en donde la tierra es una brizna de átomo, pero igual dale que va; y en cuanto esa divertida movida secular aconteció dentro de Brasil, no pocos le propician resonancia en el próximo carnaval cuando ellos, cruz en mano, desfilen junto a otras comparsas y ‘escolas do zamba’ en el sambódromo de Río… br> Así las cosas y los desafueros papales por inculcar la enseñanza religiosa en la escuela estatal de Brasil, el presidente Lula secamente le quitó el aire reafirmando la condición laica de su país, al tiempo que Frei Betto, fraile domínico, teólogo de la liberación brasilera y varias veces preso político en su país, apuntó a que la iglesia católica debería ser más universal, empezando por aceptar que se ordenen en el clero hombres y mujeres casados, y por qué desde ningún punto de vista, el Vaticano entiende que hace muchos años no hay más dictadura en Brasil , un país que justamente se arroga la virtud de ser uno de los más altamente pluralista en los cultural y religioso; y pretender instalar en ese territorio los designios de unos cruzados medievales no era lo más oportuno. Igualmente, no fue sólo la comitiva del Papa la que ocasionara el inusitado fracaso de la misión vaticana en Brasil y en la Conferencia Episcopal Latinoamericana y del Caribe, sino la errónea visión que el mismo Papa, el alemán Ratzinger, demostrara conocer de cuanto acontece hoy dentro de América Latina. No pocas frases elegidas en cada arenga lo ubicaron como si el hombre tocara de oído: en principio, en un mapa hoy más agitado política y económicamente de cuánto entienden los curas católicos que aquí actúan, con obvios destinatarios el Papa denostó igualmente al peligro que representaban lo gobiernos autoritarios en la región; al marxismo; al capitalismo; y acusó a esas tendencias dominantes de “falsificar el concepto de la realidad y la amputación de la realidad fundamental y decisiva, que es Dios”. Naturalmente, que sin la ayuda de un hermeneuta, - esos tipos que descifran los textos sagrados como si nada- sería muy temerario desentrañar semejante andanada verbal, previa eso sí, a que Ratzinger enarbolara “solamente quien reconoce a Dios conoce la realidad y responde a ella de modo adecuado y realmente humano”. Un trabalenguas tan peregrino como el conjugar al capitalismo y al marxismo como dos concepciones herejes y materialistas capaces de “falsificar el concepto de la realidad”. Un renglón bastante ‘sartriano’ y si no lo es, igual de inentendible para una persona común, digamos como yo y mis amigos, parecidos a mí. Aunque tal cual sucede en estos eventos nutridos de personalidades, el propósito sea palabrear diciendo lo menos posible, y a esa intríngulis le apuntaron los estadísticos que midieron las presencias reales en cada lugar que visitara el SantoPadre, y el resultado del conteo no fue el esperado por los organizadores: luego de cuanto expresara el Papa en sus discursos, a su aparición final sólo fue un tercio del gentío esperado. br> Sin abundar, de verdad certeras fueron las opiniones de Joao Stédile, un lider del Movimiento Sin Tierra en Brasil, quien no dudó en decir que el papa Ratzinger llegó a la Conferencia del Episcopado a extender un certificado de defunción a la ‘iglesia de los pobres’, tan publicitada desde el Concilio Vaticano II, y a liquidar de una vez aquella posición de preferir a los más necesitados y ayudarlos en una sociedad injusta y mal repartida. Hoy la dirigencia del catolicismo despliega las teorías y actitudes del fundamentalismo más cerril, y entre esas iniciativas mal fundamentadas el retorno a dar las misas en latín es hacer de ellas de nuevo algo selecto, para iniciados, y de paso anunciarle al pobrerío, ‘señores, hasta aquí llegamos’… Según Stédile, entre varias razones objetivas obedecen a que “Ratzinger es blanco, alemán y un intelectual europeo que no tiene la mínima cultura que lo relacione con América Latina. Y la diferencia consiste en que nosotros comprendemos las dificultades que él tiene para entender a los problemas del pueblo latinoamericano”. Una benevolencia más que no sólo este dirigente campesino sino la prensa en general y le demostró al Papa, quien no pocas veces se salió del cauce – o le saltó la cadena- al arremeter sin red con delicadas afirmaciones doctrinales, referidas casi siempre a las uniones entre hombres y mujeres, la familia según ellos y una teatral fijación contra el aborto, un tópico en el que argumenta sin contemplar ningún aspecto social o humano, o que le mereciera alentar un debate integral y serio sobre esa consecuencia natural que los católicos, liviana y cínicamente califican como perversa, y que más soportan las mujeres del pobrerío. En este sensible tema el Vaticano, livianamente, despacha al por mayor sus arengas y denostaciones de púlpito sin aceptar un tratamiento serio del problema, con un debate estadístico, civilizado y científico que subsane las causas y hable menos de las consecuencias. Porque claro, atacar el efecto sin mencionar la causa es un antiguo recurso dialéctico del Poder, y durante siglos los intereses de la iglesia católica y sus representes del Vaticano vienen navegando con soltura y viento a favor dentro de esa corriente, sin que jamás sus jerarquías analicen críticamente a la realidad económica y política que hundiera en las hambrunas a gigantescos sectores de la humanidad. La última experiencia del imperialismo neoliberal donde también participan seriamente los organismos económicos de la institución Iglesia Católica, leáse petróleo, siguen dejando consecuencias siniestras. Pero repitiendo los libretos tradicionales, la solución de esos males para la doctrina religiosa consiste en arengar, pontificar y recitar catecismos a favor de los necesitados. Apenas eso, algo tan evidente y notorio que no sólo descubren los “intelectuales alejados de Dios”, - leímos por ahí- sino cualquier observador atento de la realidad cotidiana. br> Sin temores y ante esa realidad inmanejable con discursos, amenazas de Los Heraldos de la Fé, excomuniones y castigos seculares, el Vaticano estableció con claridad en Brasil que ante ‘‘la ausencia de Dios” ellos han optado por desandar el escaso camino que recorriera el Concilio II, asumiendo sin complejos ser formal y metódicamente ‘la iglesia de los poderosos’. Y retornar a la Edad Media que tácitamente propusiera monseñor Lefebvre, el arzobispo francés que despreciara las reformas conciliares, tal vez sea una mera cuestión de tiempo; ese imbatible enigma que no transcurre para los jerarcas religiosos. br> |
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