Editorial

El pasado miércoles 1 de diciembre, durante el inicio de la conferencia de la Organización Mundial del Comercio, fueron arrestados en Seattle alrededor de 400 manifestantes. En el segundo día de la conferencia más de 3000 miembros de distintos cuerpos de seguridad mantuvieron de hecho a la ciudad bajo estado de sitio. Ese día, 300 manifestantes que procuraban entrar a la zona céntrica de Seattle fueron también detenidos. Todos los detenidos fueron recluídos en una base naval.
El bloqueo policíaco-militar del centro de ciudad se sumó al toque de queda, de las 7:00pm a las 7:30am, declarado el martes por el alcalde de Seattle. Ambas medidas se mantuvieron vigentes hasta el viernes, último día de la conferencia.
Las fuerzas de seguridad norteamericanas recurrieron a todas las formas de violencia imaginables para dispersar a los manifestantes. Granadas, gases lacrimógenos, balas de goma, personal armado y un helicóptero de ataque fueron utilizados contra aquellos que habían formado una cadena humana con el objeto de bloquear el acceso de los delegados al centro de convenciones donde tuvo lugar la conferencia.
Los manifestantes que intentaron impedir la conferencia estaban compuestos por una gama de organizaciones que incluía a algunos grupos de izquierda, organizaciones no gubernamentales (ONGs), ecologistas, sindicatos y organizaciones de derecha (del estilo de las que protestan contra el trabajo infantil). Todas ellas, mostraron su hostilidad hacia las injusticias sociales del capitalismo y la dominación de la sociedad por las corporaciones multinacionales. Sin embargo, se limitaron a exigir reformas cosméticas que "mejoren la calidad de vida".
En particular, los grupos de izquierda y las ONGs se encolumnaron detrás del discurso que desde Le Mond Diplomatic sostiene Ignacio Ramonet. De acuerdo con este "intelectual", bastaría con que las multinacionales paguen más impuestos y que los ciudadanos tengan mayor control sobre el uso de estos para que el mundo se transforme en un paraíso en el que no habrían más injusticias. De acuerdo con nuestro punto de vista, quienes sostienen estas posiciones utópicas objetivamente colaboran a mantener el sistema capitalista, ayudando a generar ilusiones sobre que dicho sistema es mejorable y a ocultar que las penurias que sufre la humanidad son inherentes a él; por lo que estas sólo terminarán cuando aquel sea destruido y reemplazado por otro en el cual la explotación del hombre por el hombre sea abolida.
El hecho de que el propio presidente Clinton saliera a decir que apoyaba los reclamos de los manifestantes y que sólo se oponía a los métodos de resistencia civil usados por estos es una muestra más de que dichas demandas eran inocuas para el sistema capitalista. Sin embargo, la violencia utilizada por las fuerzas represivas para disolver la protesta indica que el capital, en su actual etapa imperialista, por una cuestión de supervivencia está incapacitado para otorgar concesiones, por más limitadas que sean, por lo cual recurre cada vez más seguida al uso de la violencia. Después de la experiencia de Seattle, quienes esperan mejorar el mundo con la ayuda de las concesiones de ciertos gobernantes progresistas, deberán entender que de estos sólo pueden esperar palos y que para luchar contra el capital el único método válido es la acción directa de las masas.


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