Esperanza


        de Manuel Acuña

        I

        Mi alma, la pobre mártir
        De mis ensueños dulces y queridos,
        La viajera del cielo, que caminas
        Con la luz de un delirio ante los ojos
        No encontrando a tu paso más que abrojos
        Ni sintiendo en tu frente más que espinas,
        Sacude y deja el luto
        Con que la sombra del dolor te envuelve,
        Y olvidando el gemir de tus cantares
        Deja la tumba y a la vida vuelve.

        II

        Depón y arroja el duelo
        De tu tristeza funeral y yerta.
        Y ante la luz que asoma por el cielo
        En su rayo de amor y de consuelo
        Saluda al porvenir que te despierta.

        III

        Transforma en sol la luna
        De tus noches eternas y sombrías;
        Renueva las sonrisas que en la cuna
        Para hablar con los ángeles tenías;
        Y abrigando otra vez bajo tu cielo,
        De tus horas de niña la confianza,
        Dile tu último adiós a los dolores,
        Y engalana de nuevo con tus flores
        Las ruinas del altar de tu esperanza.

        IV

        Ya es hora de que altivas
        Tus alas surquen el azul como antes;
        Ya es hora de que vivas,
        Ya es hora de que cantes;
        Ya es hora de que enciendas en el ara
        La blanca luz de las antorchas muertas,
        Y de que abras tu tiempo a la que viene
        En nombre del amor ante sus puertas.

        V

        Bajo el espeso y pálido nublado
        Que enluta de tu frente la agonía,
        Aun te es dado que sueñes, y aun te es dado
        Vivir para tus sueños todavía...
        Te lo dice su voz, la de aquel ángel
        Cuya memoria celestial y blanca
        Es el solo entre todos tus recuerdos
        Que ni quejas ni lágrimas te arranca...
        Su voz dulce y bendita
        Que cuando tu dolor aun era niño,
        Bajaba entre tus cánticos de muerte,
        Mensajera de amor a prometerte
        La redención augusta del cariño...

        VI

        Y yo la he visto, ¡mi alma! desgarrando
        Del manto de la bruma el negro broche
        Y encendiendo a la luz de su mirada
        Esas dulces estrellas de la noche
        Que anuncian la alborada...
        Yo he sentido el perfume voluptuoso
        Del crespón virginal que le envolvía,
        Y he sentido sus besos, y he sentido
        Que al acercarse a mí se estremecía...

        VII

        ¡Sí, mi pobre cadáver, desenvuelve
        Los pliegues del sudario que te cubre,
        Levántate, y no caves
        Tu propia tumba en un dolor eterno!...
        La vuelta de las aves
        Te anuncia ya que terminó el invierno;
        Saluda al sol querido
        Que en el levante de tu amor asoma,
        Y ya que tu paloma vuelve al nido,
        Reconstrúyele el nido a tu paloma.

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