OJOS ATERRADORES


Carlos se guardó el teléfono en el abrigo del uniforme y se apresuró, con el arma bien apretada en la mano. Era una noche cerrada y fría, y el barrio antiguo, desde siempre mal iluminado, se hallaba en penumbra. Carlos se pegó a una esquina y la dobló con cautela. Era la primera vez, en los ocho años que llevaba en el cuerpo de policía, que sus superiores habían mostrado tanto interés en capturar a un delincuente, y nunca, hasta aquel momento, le habían advertido tantas veces de lo peligroso que podía resultar.
El barrio antiguo, un refugio de indigentes y maleantes desde hacía mucho tiempo, estaba bastante vacío; lo que era una bendición. Las paredes mostraban decenas de pintadas, algunas de ellas obscenas, rozando la pornografía.
En esto, Carlos oyó gritos y cuando se acercó al lugar de donde procedían, temiendo lo peor, comprobó con alivio que tan sólo se trataba de un joven drogado hasta las cejas. Tirado en el suelo, no paraba de chillar frases incoherentes. El policía se aproximó con el arma por delante. Una de las primeras cosas que enseñaba el cuerpo era a no tener piedad con los adictos a las nuevas drogas sintéticas. Solía costar caro; y los ideales de democracia y derechos humanos de finales del siglo veinte hacía mucho tiempo que pasaron de moda. Si se levantara, moriría. Pero no lo hizo, sumergido en un mundo irreal que le daba la felicidad que no quería proporcionarle el auténtico.
Fue entonces cuando lo sintió. Una presencia aterradora. Siniestra. Tuvo que reprimir un escalofrío; y olvidando por completo al joven se volvió despacio.
Fuera lo que fuese se había esfumado tan repentinamente como surgió. Carlos avanzó unos pasos y extrajo de su gabardina un detector de rastros, un aparato tan pequeño e incomprensible para él como útil. Tras ponerse las gafas, pudo observar los rastros de calor que acababan de ser dejados. Efectivamente, con el sigilo propio de un gato, alguien había pasado a muy poca distancia de su espalda. Era el hombre que sus superiores le ordenaron capturar a toda costa. Coreado por los gritos del drogadicto, que no obtenían respuesta, caminó siguiendo las huellas.
Pronto, el rastro se hizo más nítido y Carlos recurrió a toda su experiencia y su entrenamiento para no ser visto. Finalmente, escondido tras otra esquina, contempló a su presa, agachada sobre un cuerpo que se debatía débilmente. Como debía tratarse de un traficante o algo peor, ni se le pasó por la cabeza auxiliarle; pero aquel era un buen momento para atrapar al extraño delincuente.
De improviso, tras quitarse las gafas, corrió hacia los hombres, apuntando al agresor. Este se alzó y se volvió, y Carlos se detuvo, con el arma apuntando hacia su corazón.
- ¡Policía, alto!
Y mientras el aludido avanzaba, Carlos tuvo la desgracia de toparse con sus ojos. Eran ojos de felino, enormes y brillantes; aterradores. La luz que desprendían mantenía su rostro en penumbra. El policía le dio el alto, pero con nula autoridad, logrando a duras penas reprimir sus temblores. Y de pronto, su oponente quebró el cuerpo y se le echó encima a despecho de que Carlos, que le apuntaba de cerca, logró disparar tres veces. Cayeron al suelo y lucharon a puñetazos por el control del arma durante unos instantes. Al fin, se impuso la técnica y Carlos le apuntó y empezó a dispararle, y siguió haciéndolo cuando su terrible adversario se alzó y huyó. Carlos se quedó de pie, jadeando, y reparó en que tenía un corte profundo en la mejilla. Había vaciado el cargador de veinte balas y el delincuente había logrado escapar.
Cuando recuperó el aliento, examinó al agredido y comprobó horrorizado que estaba muerto y que habían empezado a devorarlo. Carlos cargó de nuevo su pistola, impresionado, y se fue de allí. Se dieron casos de canibalismo durante los peores años de la tercera guerra mundial, pero siempre había creído que eso había terminado ya. Después de unos instantes, llamó a sus superiores y les informó del hallazgo del cadáver, de su enfrentamiento con el sospechoso, de su herida y de que se disponía a proseguir la búsqueda. La respuesta fue que no saliera del barrio antiguo y que enviarían una patrulla para ayudarle; que siguiera buscándole pero que les tuviese informados. Y cortaron la comunicación.
Mientras volvía a activar el detector de rastros, le resultó divertido darse cuenta de la pincelada de miedo que advirtió en las voces de sus superiores; pero pronto comenzó a preguntarse qué tipo de droga era capaz de producir unos efectos externos tan espectaculares.
Durante media hora estuvo siguiendo el rastro de su atacante, cada vez menos claro, hasta que, sorprendentemente, lo perdió. Carlos empezaba a cansarse y los ojos le ardían de tanto usar el detector. Se preguntaba por qué no venían ya sus compañeros, y al hablar con sus jefes, le comentaron que estaban peinando otras zonas del barrio antiguo, que permaneciese localizable. Pero el policía sólo deseaba dormir.
Con paso cansino, buscó un rato más las huellas y al fin, decidió descansar. Se guardó las gafas y se frotó los ojos irritados. Luego, caminó buscando un lugar iluminado, y llegó a una plaza en la que se alzaba un farol de estilo antiguo, como todo el barrio.
Pasó junto al espejo de un escaparate, en penumbra, y se detuvo al ver algo extraño. Se ajustó el sombrero y al volverse para mirar su imagen sintió que se le venía el mundo abajo. Lo único normal que reflejaba la imagen era el farol, su sombrero y su gabardina.
Sus ojos eran ojos de felino, enormes y brillantes.
Aterradores.



Juan Cuquejo Mira(Mackay).


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