Me fascinaba ese pozo en medio del bosque. Los viejos del lugar, decian que durante la Guerra Civil, muchos habían huido por él. Era un tunel que atravesaba todo el valle de norte a Sur. Y yo miraba una de sus entradas, decidida a recorrerlo. Enfoqué con mi linterna su interior y vi unas viejas escaleras de madera carcomida, que se perdían en la oscuridad. Puse un pie comprobando el estado del primer escalón, luego otro, y otro... Uno a uno, fuí descendiendo con precaución, hasta pisar el suelo del viejo pasadizo. Las paredes eran de roca, y el lugar en el que me encontraba, se bifurcaba en dos túneles. A mi derecha, uno estrecho que desembocaría en el centro del pueblo. A mi izquierda, uno más ancho, que descendía hacía las profundidades. Titubeé un instante, y me decidí por el de mi izquierda. Enfoqué el suelo, de arena muy fina, y empecé la marcha. Las paredes se iban ensanchando a medida que avanzaba. La oscuridad era absoluta. A lo lejos, divisé una ténue luz. Otra entrada, pensé para mis adentros. Efectivamente, cuando llegué, otro pozo ascendía sobre mi cabeza, filtrando la luz del exterior. Aspiré un aire más puro y menos enmohecido, y seguí adelante. Ahora, el tunel se había convertido en un minúsculo pasadizo que me obligaba a ir de cuclillas. Algo rozó mi nuca, y un escalofrio recorrió todo mi cuerpo. Un murcíelago... otro... Mi piel se erizó, y el miedo empezó a hacer mella en mí. -Debo proseguir- me dije sobreponiéndome. Avancé más deprisa, hasta llegar a un pasadizo más amplio. Ahora podía ponerme de pié.Unos pasos más adelante, unas escaleras de piedra descendían un poco más. Las bajé sigilosa, ya que estaban muy resvaladizas. Mi sorpresa fue mayor al descubrir ante mis ojos, una puerta metálica, con inscripciones desconocidas en un idioma que no entendía. Intenté empujarla, pero no cedió. Busqué un picaporte, y en su lugar, hallé una mano tallada en ella. La estudié con detenimiento, y me decidí. Apreté esa mano de marmol, y la puerta se abrió muy despacio. Una extraña luz amarillente, lo envolvía todo. No sabía si entrar o regresar por donde había venido, pero una excursión tan larga y arriesgada, bien merecía una respuesta. Sino entraba, me preguntaría el resto de mi vida, que habría encontrado tras esa puerta. Entré sin vacilar, y la puerta se cerró detrás de mí. Mis pasos eran inseguros, y el miedo me invadía. Pero aspiré hondo, y seguí avanzando. La luz se intensificaba a medida que me sumergía en esa dimensión que desconocía. Varios espejos, me devolvieron mi imagen, un tanto desvirtuada. La habitación, por llamarla de algún modo, estaba absolutamente vacia, a no ser por los espejos insertados en las paredes. En el centro había una especie de lago muy pequeño, lleno de reflejos de múltiples colores que centelleaban sin ninguna explicación aparente. Me acerqué a él y me miré en sus aguas. Mi cara se reflejó por unos instantes, pero el agua quieta y plácida, empezó a formar remolinos y cuando volvió a quedarse tranquila, una cara me miraba debajo de sus aguas. -¿Quién eres?- me preguntó la voz. Miraba atónita y muy asustada ese rostro cambiante. Un fuego muy intenso, salía de sus ojos. Su sonrisa apenada y melancolica, me trasmitía mucha tristeza. Una densa barba cubría sus mejillas. Quería retroceder, salir corriendo de allí, pero algo me retenía contra mi voluntad. Y oí, sin poder dar crédito a mis aoidos, mi nombre saliendo de mi garganta. La imagen del lago, me respondió. - Yo soy el Tejedor de Sueños. Conozco todos tus sueños, tus deseos mejor guardados, tus esperanzas más ocultas. Sumérgete en mis aguas, y los haré realidad.- Miré el pequeño lago y a su morador. Algo me alertaba de que no lo hiciese, de que saliese de allí lo más rápido posible. Pero mi cuerpo no obedecía, estába clavada en ese suelo de marmol, mirándo al viejo del lago, al Tejedor de Sueños. - Hazme compañía, y te enseñaré un mundo desconocido por tí, te daré cuanto me pidas, pero ven a mí.- Nadie la volvió a ver jamás. Algunos viejos del lugar, cuentan una leyenda sobre la muchacha que desapareció en el bosque. Dicen que se perdió y la encontraron a pocos metros de la salida del pozo, aquel que tiene unos pasadizos que atraviesan el valle. Cuando la encontraron, su cara estába muy pálida, sus ojos, parecían espejos amarillentos, y su sonrisa era infinitamente triste. PÁLPITO
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