"Un requiem para Henry Chinaski", por Enrique Ferrari
I
Puse el BMW en marcha. Los
caballos habían estado corriendo para mí
toda la tarde. Y ni siquiera había tenido que usar alguno de mis
alocados
sistemas, tan sólo me acrecaba a la ventanilla y elegía un
ganador. A veces
-no muy a menudo- sucede, el mundo o dios o los caballos o el
destino se
vuelven locos y acertás siete carreras de nueve. Es milagroso.
Como una
cerveza fría. Milagroso y perfecto. Milagroso y perfecto como
una cerveza
fría. Salí del estacionamiento y en la primer semáforo subí a
la autopista,
camino a casa. El BMW se deslizaba suavemente sobre aquella misma
autopista
que me había visto arrastrar Volks destrozados durante años,
buscando pozos
para que las luces se encendieran, peleando para meter los
cambios. En el
bolsillo trasero de mi pantalón, sobre el asiento mullido
tapizado en cuero
negro, cuatrocientos veintisiete dólares sonreían y sonreían.
Y sonreían.
Cuando llegué a casa Sarah le
daba de comer a los gatos que se
amontonaban, saltaban un poco, se empujaban y se restregaban
contra su pierna
con la gracia de cinco borrachos bailando una polka. Sarah me
recibió con una
sonrisa, nos besamos y le mostré los billetes. Descorchamos un
vino portugués.
- Más tarde quizá tome una o dos
cervezas -le dije. Brindamos.
Le conté lo bien que
aquella tarde me había ido.
- Y sólo me encontré con Brok,
un negro de la Oficina de Correos que
una vez casi me acuchilla por un problema con una chica; Annie,
creo que se
llamaba.
- ¿Y qué te dijo? -preguntó
Sarah.
- Me pidió un autógrafo para su
hija . Le pregunté el nombre y escribí
en el borde del programa de Brok, entre la tercer y la cuarta
carrera,
"Deliciosa Ruthie: tu papi no te merece. Con amor,
Chinaski." Y le hice un
dibujo de mí mismo brindando con una enorme botella con forma de
pene.
"Siempre el mismo bromista", dijo Brok. Es
curioso, esta vez no mostró
ninguna intención de acuchillarme.
Ya estaba, ya lo había hecho de
nuevo. No había una sonrisa en el
rostro de Sarah. Yo no podía entenderlo.
- ¿Y cual había sido el problema
aquella vez? Una tal Annie, me
dijiste... -dijo , pensando ya en otra cosa.
Entonces comprendí: estaba
molesta por lo que ella creía una falta de
respeto para con Brok y su dulce hijita lectora de Chinaski.
Mucho más
molesta que interesada en mi historia o cualquier otra que yo
pudiera contar
y casi cualquier cosa que yo dijera conduciría a una
pelea, tenía que
andarme con cuidado. Hasta estaba más molesta que celosa.
II
Annie se había volteado a casi
todo el personal masculino de la Oficina
de Correos y a poco menos de la mitad del personal femenino.
Hasta yo la
había probado un par de veces. Pero un día me pidió diez
dólares por una
mamada y yo decliné la oferta. Estaría sin un peso o demasiado
seco -estaba
con Betty en aquella época y a penas daba a basto con ella- o
sencillamente
sin ganas. Pero entonces sucedió.
- Es buena cuando es gratis pero
cuando necesita unos dólares empiezan
los problemas, basurita blanca -dijo Brok y me mostró la fría
hoja de su
sevillana. Yo pensé: "mierda, no me la va a clavar acá
mismo. Y en cualquier
caso tengo casi cincuenta años, el juego ya duró demasiado de
todas formas".
- Chinaski -dije secamente, y
seguí ordenando la correspondencia.
- ¿Qué? -estaba realmente
furioso.
- Chinaski. Ni blanquito ni
ninguna otra mierda, me llamo Chinaski.
Me sonrió con su enorme boca
llena de dientes amarillos mientras
guardaba muy lentamente su sevillana. Y su sonrisa decía:
"me gustaría saber
como vas a hacer para llegar vivo hasta tu auto. El camino al
estacionamiento
es largo y oscuro".
Ese día pedí permiso para salir
antes alegando enfermedad y no fui a
trabajar los cuatro siguientes.
- Mi estomago no está bien, -le
decía a la doctora que me mandaban
diariamente, después de meterme vestido entre las frazadas y
esconder las
botellas bajo la cama y a Betty en el placard- y ni bien me
levanto empiezan
esos horribles mareos.
- Muy bien, muy bien -decía ella
sabiendo que yo le mentía, oliendo mi
aliento a vino, estoy seguro- ¿Y mañana va a ir a trabajar?
- No se, no lo puedo saber. Si
estoy bien, sí. Si no me voy a quedar
acá.
- ¿Puede firmarme este papel para
demostrar que vine y usted estaba en
casa?
- Por supuesto, por supuesto
-decía yo.
Pese a todo no me echaron aquella
vez. Y cuando volví al trabajo me
enteré que, en cambio, si lo habían echado a Brok, por amenazar
a un
supervisor. Pero si yo le contaba esto a Sarah ella iba a pensar
que yo
trataba de justificarme por la dedicatoria que le había escrito
a la pequeña
Ruthie y eso, seguramente, derivaría en una discución; sin duda
ella prefería
que se tratara de otra de mis bravuconadas. Por lo tanto le di lo
que estaba
esperando: el borracho sucio e intratable ataca de nuevo.
- No me acuerdo, -dije- creo que
Annie y Brok salían y yo, estando
curda, un día quise violarla en las escaleras. O algo así, no
sé.
Ahora sí, todo estaba donde
debía estar: Hank, el viejo borracho
estúpido. Como todas las mujeres Sarah era a veces un poco
incomprensible.
III
Terminamos la botella de vino y
nos pasamos a la cerveza. Tomamos
algunas Heineken y Sarah preparó un par de sandwiches de atún,
cantando y
silbando bajito. Una hermosa mujer, una gran compañera para la
bebida,
también me cuidaba y casi nunca jugaba a enfrentarse como todas
las otras.
Una buena mujer después de tantas malas mujeres. Y además, pese
a mis años y
el alcohol, estaba el sexo. Pensé en eso. Tal vez el sexo fuera
una forma de
comunicación más profunda y más dramática que las demás,
más compleja. O tal
vez más torpe. Yo pensé en sexo, sencillamente. Y en Sarah. Era
espléndido
haberla encontrado, casi siempre.
- Voy arriba -anuncié.
- Yo me quedo un rato más y
después me voy a acostar.- dijo ella. La
besé, saqué dos packs de seis Heineken de la heladera y subí.
Al ruedo, otra
vez.
Me senté frente a la computadora.
¿Dónde estarían mis viejas máquinas
de escribir, pesadas como muertos, descentradas, con los tipos
gastados y las
eses o las erres que saltaban impidiéndome escribir hasta mi
propio nombre?
Me tomo otras dos cervezas empezar. Comencé con unn poema:
"Un requiem para
Henry Chinaski".
Sólo un puñado
de
historias sucias
en medio
de una gran
borrachera,
en algún
cuarto de una
pensión barata,
oyendo a Mahler
en una
radio vieja
El poema seguía y seguía, al
final alcanzó los cuarenta versos.
Continué bebiendo y escribiendo hasta las tres y media. Entonces
me detuve,
conté las páginas, fui al baño y después a acostarme.
IV
Me despertó el ulular de una
ambulancia. Había cables y médicos por
todos lados. Sarah estaba sentada a mi lado y yo en una camilla.
Algo no
andaba bien.
En el sanatorio todos me trataban
de manera excelente, incluso dos
deliciosas pajaritas con apretados uniformes de enfermera me
trajeron dos
libros míos , de poesía, de la primer época, cuando todavía
trabajaba en la
Oficina de Correos, para que se los firmase.
- Usted es el más grande desde
Dylan Thomas -dijo una.
Firme los libros y no incluí
ninguna grosería ni chiste de mal gusto en
los autógrafos. Una había traído "Mozart en la
higuera" y la otra "La letrina
del bar es mi capilla". Ninguna de las dos había nacido
cuando esos libros
fueron publicados. ¿Cuántos años tendrían? ¿Y cuantos la
dulce hija de Brok?
Hacia la tarde ya me sentía mejor
y, pese a que me dolían algunos
lugares indebidos y a que fue la primera sin bebida desde 1988,
pasé una
buena noche. Sarah durmió a mi lado.
- Mañana o pasado podrá irse a
casa -dijo un doctor de lentes gruesos y
barba negra y tupida. Se equivocaba.
A la mañana siguiente me trajeron un desayuno
horrible que no tomé. Le
pedí a Sarah que fuera a bañarse y cambiarse, como se negó
tuve que golpear
bajo.
- Hay que darle de comer a los
gatos -dije.
Se fue. Una de mis enfermeras vino
a buscarme y me llevó a otra
habitación donde me hicieron alguna clase de estudio. Fue
bastante rápido, al
menos. Volvimos a mi cuarto, la enfermerita me ayudó a acostar,
dijo que el
médico vendría en un rato y que la llamara si necesitaba algo.
- De momento descanse, y si me
precisa sólo tiene que apretar ese
botón, Señor Chinaski -dijo y se fue. Tenía un bonito culo y
lo movía
tentadoramente. Yo era el mismo tipo al que casi habían dejado
morir por no
tener crédito de sangre, en un Hospital de Caridad, treinta y
nueve años
antes. Ahora me decían Señor.
V
Cerca de una hora después
volvieron mi enfermerita y el Doctor
Barbanegra. Este revisó los resultados de los estudios, me
ascultó y me hizo
algunas preguntas.
- ¿Usted bebe? -mi enfermera
sonrió. Era obvio que él no me había leído.
- Sí, menos que antes.
- ¿Toma sus viatminas?
- Sí. Sarah, mi esposa, se ocupa.
- ¿Carnes rojas?
- Nada. Y nada de sal.
Llenó una tarjeta amarilla con
mis datos, repitió que al día siguiente
me iría a casa y se fue, junto con mi enfermera de culo
cimbreante.
Pase un rato mirando el techo,
pensando en la jornada de hipódromo que
me estaba perdiendo y en lo bien que me vendría una
cerveza helada. Entonces
sentí una fuerte opresión en el pecho, pensé por última vez:
"Bueno, Jane,
tuvimos que esperar casi tres décadas pero al fin vamos a poder
volver a
emborracharnos juntos". Después mi corazón se paró y ya
no respiré más.
Enrique Ferrari
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