VIDA Y MUERTE EN EL PABELLON DE CARIDAD
CHARLES BUKOWSKI
La ambulancia estaba llena pero me encontraron un sitio arriba de todo y allá
nos fuimos. Había estado vomitando sangre en grandes cantidades y me
preocupaba el que pudiese vomitar sobre la gente que iba abajo. Viajábamos
oyendo la sirena. Sonaba como muy lejos, como si el sonido no lo produjese nuestra
propia ambulancia. Íbamos camino al hospital del condado, todos nosotros,
los pobres. Los casos de beneficencia. Teníamos todos males distintos
y muchos no volverían. Lo único que teníamos en común
era el ser pobres y el no haber tenido grandes oportunidades. Allí estábamos
hacinados. Nunca había pensado que en una ambulancia pudiese caber tanta
gente.
-Dios mío, oh Dios mío -oí decir a una mujer negra debajo-,
¡Jamás pensé que pudiera sucederme esto a MI! ¡Jamás
creí que pudiese pasar algo así, señor...!
Yo no compartía tales sentimientos. Llevaba cierto tiempo jugando con
la muerte. No puedo decir que fuésemos grandes amigos, pero nos conocíamos
bien. Aquella noche se me había acercado un poco mas y un poco mas deprisa.
Había habido advertencias: dolores como espadas aguijoneándome
el estomago, que yo había ignorado. Me consideraba un tipo duro y el
dolor era para mí sólo como la mala suerte: lo ignoraba. Simplemente,
bañaba el dolor con whisky y seguía entregado a lo mío.
Lo mío era beber y emborracharme. La culpa era del whisky; debería
haber seguido fiel al vino.
La sangre de vomito no es del color rojo brillante de la que sale, por ejemplo,
de un corte en el dedo. La sangre de vomito es oscura, de un púrpura
casi negro, y apestosa, huele peor que la Mierda. Aquel fluido vivificante olía
peor que una mierda de cerveza.
Sentí que llegaba otro espasmo de vómito. Era la misma sensación
que cuando se vómito comida, y después de echar la sangre uno
se sentía mejor, pero era simple ilusión... cada vomitada te acercaba
cada vez mas a Papá Muerte.
-Oh Dios mío, nunca pensé...
Vino la sangre y la retuve en la boca. No sabía qué hacer. Desde
allá arriba, desde la hilera superior, habría regado a todos los
compañeros que iban abajo. Retuve la sangre en la boca e intenté
pensar lo que podía hacer. La ambulancia dobló una esquina y la
sangre empezó a escapárseme por las comisuras de la boca. En fin,
un hombre a de mantener el decoro hasta cuando agoniza. Procuré serenarme,
cerré los ojos y tragué otra vez la sangre. Era repugnante. Pero
había resuelto el problema. Mi única esperanza era llegar pronto
a algún sitio donde pudiera liberarme de la próxima.
En realidad, no pensaba en absoluto en morir; mi único pensamiento era:
qué terrible inconveniente, ya no controlo lo que pasa. Te reducen las
posibilidades y te arrastran de un lado a otro. Por fin llego la ambulancia
a su destino y allí me vi en una mesa donde me hacían preguntas:
¿cuál era mi religión? ¿dónde había
nacido? ¿debía dinero al condado por anteriores viajes a su hospital?
¿vivían mis padres? ¿casado? En fin, todo lo que sabéis.
Hablan a un hombre como si dispusiese de todas sus facultades. Ni siquiera se
les ocurre que puedas estar agonizando. Y no se dan, ni mucho menos, prisa.
Esto produce un efecto calmante, pero no es ése su motivo: simplemente
están aburridos y no le preocupa si tu te mueres, vuelas o tiras pedo.
No, mas bien prefieren que no te tires un pedo.
Luego me vi en un ascensor y se abrió la puerta a lo que parecía
una bodega oscura. Allí me llevaron. Me metieron en una cama y se fueron.
E inmediatamente apareció un ayudante brotado de la nada que me dio una
pildorita blanca.
-Tome esto -dijo. Tragué la píldora, me entregó un vaso
de agua y desapareció. Era lo mas amable que me había sucedido
en bastante tiempo. Me recosté y examiné los alrededores. Había
ocho o diez camas, ocupadas todas por norteamericanos varones. Todos teníamos
una jarrita metálica de agua y un vaso en la mesilla de noche. Las sabanas
parecían limpias. Estaba muy oscuro aquello y hacia frió, y la
sensación era la del sótano de una casa de apartamentos. Había
una bombillita sin pantalla. Junto a mi había un hombre corpulento, viejo,
de cincuenta y tantos. Miraba fijamente hacia arriba, hablaba hacia el techo.
-... y era tan buen chico, un chico tan limpio y tan agradable, necesitaba el
trabajo, decía que necesitaba el trabajo, y dije: "me agradas mucho,
muchacho. Necesitamos un buen cocinero, un cocinero honrado, y sé distinguir
una cara honrada, muchacho, sé conocer a la gente, trabajaras conmigo
y con mi mujer y tendrás aquí un buen puesto para toda la vida,
muchacho...". y el dijo: "De acuerdo, señor", y parecía
feliz de conseguir aquel trabajo y yo dije: "Martha, tenemos ahora un buen
chico, un chico listo y limpio, no hará como los otros sucios hijos de
puta". En fin, salí e hice una buena compra de pollos, una compra
excelente. Martha puede hacer grandes cosas con un pollo, tiene toques mágicos
con los pollos. Salí y compré veinte pollos para el fin de semana.
Íbamos a tener un fin de semana excelente. Íbamos a echar al Col.
Sanders del negocio. Un buen fin de semana como aquel puedes sacar doscientos
billetes de beneficio limpio. El muchacho nos ayudo incluso a preparar y cortar
los pollos. Lo hizo en sus horas libres. Martha y yo no teníamos hijos.
Estábamos tomándole cariño al muchacho. En fin, Martha
preparó los pollos en la parte de atrás, los preparó todos...
teníamos pollos preparados de diecinueve maneras distintas, nos salian
pollos hasta por el culo. Lo unico que tenia que hacer el muchacho era cocinar
el otro material, las hamburguesas, los filetes, etc. Los pollos estaban listos.
Y tuvimos un gran fin de semana, desde luego. Noche del viernes, sábado
y domingo. El muchacho era buen trabajador, y muy simpático, además.
Daba gusto tenerle allí. Y hacia aquellas bromas tan divertidas. A mí
me llamaba Col. Sanders y yo le llamaba hijo. Col. Sanders e Hijo, eso éramos.
Cuando cerramos el sábado por la noche, estábamos muy cansados
pero muy contentos. Habíamos vendido todos los pollos. El local se había
llenado, la gente esperando, nunca había pasado una cosa así.
Cerré las puertas y saqué una botella de whisky y nos sentamos
allí, cansados y felices, a echar un buen trago. El chico lavó
todos los platos y fregó el suelo. "bien, Col. Sanders, ¿a
que hora vengo mañana?" dijo, sonriendo. Le dije que a las seis
y media y cogió su gorra y se fue. "es un chico magnifico, Martha",
dije, y luego fui a la caja a contar las ganancias. ¡La caja estaba VACIA!
Sí, lo que dije: " ¡La caja estaba VACIA!". Y la caja
de puros con el beneficio de los otros dos días, también la había
encontrado, un chico tan majo y tan limpio... no lo entiendo...le dije que podría
tener puesto de trabajo para toda la vida, eso le dije... veinte pollos... Martha
realmente sabe lo que es un pollo... y aquel muchacho, aquel cabron de mierda,
se escapo con todo el dinero, aquel muchacho...
Luego se puso a gemir. He oído llorar a mucha gente, pero no había
oído llorar a nadie así. Se incorporó forzando las ligaduras
que le ataban a la cama y empezó a gritar. Parecía que iba a lograr
romper las ligaduras. Toda la cama rechinaba, la pared nos lanzaba de rebote
el chillido. El hombre sufría terriblemente. No era un grito breve. Era
un grito largo, largo y seguía y seguía. Por fin cesó.
Los ochos o diez norteamericanos varones, enfermos, tumbados en nuestras camas,
saboreamos el silencio.
Luego empezó a hablar otra vez.
-Era tan buen muchacho, me gustaba su aspecto. Le dije que podría tener
un puesto de trabajo para toda la vida. Hacia aquellas bromas tan divertidas,
era agradable tenerle allí. Salí y compré aquellos veinte
pollos. Veinte pollos. Un fin de semana bueno puedes sacar doscientos. Teníamos
veinte pollos. El chico me llamaba Col. Sanders...
Me incliné hacia un lado y vomité en el suelo una bocanada de
sangre...
Al día siguiente apareció una enfermera que me cogió y
me acompaño hasta una litera de ruedas. Yo aún vomitaba sangre
y estaba muy débil. Me llevó en la litera al ascensor.
El técnico se situó detrás de su maquina. Me punzaron en
el vientre y me dijeron que esperase allí. Me sentía muy débil.
-estoy demasiado débil para aguantarme de pie -dije.
-Vamos, vamos, estese ahí -dijo el técnico.
-No creo que pueda -dije.
-Aguante.
Poco a poco, fui dándome cuenta que empezaba a caerme de espaldas.
-Me caigo -dije.
-No se caiga -dijo él.
-Estese quieto -dijo la enfermera.
Me caí de espaldas.
Tenía la sensación de estar hecho de goma. No sentí nada
la tocar el suelo. Me sentía muy ligero. Probablemente lo estuviese.
-¡Maldita sea! -dijo el técnico.
La enfermera me ayudó a levantarme y me aguantó contra la maquina
con aquella aguja en la barriga.
-No puedo sostenerme -dije-, creo que estoy agonizando. No puedo sostenerme,
lo siento pero no puedo sostenerme.
-Aguante firme -dijo el técnico-. Aguante usted ahí.
-Aguante ahí -dijo la enfermera.
Sentí de nuevo que caía. Caí.
-Lo siento -dije.
-¡Hombre, por dios, qué hace usted! -gritó el técnico-.
¡Ya he estropeado dos películas! ¡Y esas malditas películas
cuestan dinero!
-Lo siento -dije.
.Llévatelo de aquí -dijo el técnico.
La enfermera me ayudó a levantarme y me colocó otra vez en la
litera. Tarareando me arrastró otra vez hasta el ascensor.
Me sacaron de aquel sótano y me pusieron en una sala grande, muy grande.
Había allí unas cuarenta personas agonizando. Los cables de los
timbres estaban desconectados y había grande puertas de madera, unas
puertas muy gruesas de madera, reforzadas con tiras metalizas a ambos lados,
que nos separaban de las enfermeras y de los médicos. Habían puesto
biombos alrededor de mi cama y me pidieron que utilizase la chata pero a mi
no me gustaba la chata, ni para vomitar sangre ni, menos aún, para cagar.
Si alguien inventase alguna vez una chata cómoda y practica, enfermeras
y médicos le odiarían por toda la eternidad y hasta después.
Llevaba tiempo con ganas de cagar, pero sin suerte. Por supuesto, lo único
que me daban era leche y tenía el estómago destrozado, tanto que
apenas podía mandar nada al ojo del culo. Una enfermera me había
ofrecido un poco de carne asada de buey, con zanahorias semicocidas y patatas
semimachacadas. Lo rechacé. Sabía que lo único que querían
era disponer de otra cama libre. De todos modos, aún seguía con
ganas de cagar. Extraño. Era mi segunda o tercera noche allí.
Estaba muy débil. Conseguí descorrer una cortina y salir de la
cama. Llegué hasta el cagadero y me senté. Hice fuerzas allí
sentado, descansé, volví a hacer fuerza. Por fin me levanté.
Nada. Solo un remolinito de sangre. Entonces se inició un tiovivo en
mi cabeza y me apoyé contra la pared con una mano y vomité una
bocanada de sangre. Tiré la cadena y salí. Cuando iba por la mitad
del camino tuve otra arcada. Caí. Luego, en el suelo, vomité otra
bocanada de sangre. No sabía que hubiese tanta sangre dentro de la gente.
Solté otra bocanada.
-Oye hijo de la gran puta -aulló un viejo desde su cama-, cállate
de una vez, aquí no hay quien duerma.
-Perdona, compadre -dije, y luego me desmayé...
la enfermera se puso furiosa.
-Pedazo de cabrón -decía-, te dije que no descorrieras las cortinas.
¡Este mierda me va a joder la noche!
-Oye, coño apestosa -le dije-, tu tenias que estar en una casa de putas
en Tijuana.
Me alzó la cabeza, cogiéndome del pelo y me abofeteó.
-¡Retira eso! -dijo-. ¡Retira eso!
-Florence Nightingale -dije-, te amo.
Me soltó la cabeza y salió de la habitación. Era una dama
con auténtico espíritu y auténtico fuego; eso me gustó.
Me revolqué en mi propia sangre, manchando la bata. Eso la enseñaría.
Florence Nightingale volvió con otra sádica y me pusieron en una
silla y la arrastraron hacia mi cama.
-¡Basta ya de ruidos! -dijo el viejo. Tenía razón.
Volvieron a meterme en la cama y Florence volvió a cerrar la cortinilla.
-Ahora, hijoputa -dijo-, no salgas de ahí porque si no la próxima
vez te joderé.
-Chúpamela -dije-, chúpamela antes de irte.
Se apoyó en la cabecera y me miró a la cara. Tengo una cara muy
trágica. Atrae a algunas mujeres.
La enfermera tenía unos ojos grandes y apasionados y los clavó
en los míos. Levanté la sábana y me alcé la bata.
Me escupió en la cara. Luego se fue...
Luego apareció la enfermera jefe.
-Señor Bukowsky -dijo-, no podemos darle a usted sangre. No tiene usted
crédito de sangre. -Sonrió. Venía a comunicarme que iban
a dejar que me muriera.
-De acuerdo -dije.
-¿Quiere usted ver al sacerdote?
-¿Para qué?
-En su ficha de ingreso dice que es usted católico.
-Lo puse por poner algo.
-¿Por qué?
-Lo fui. Si pongo "ninguna religión" siempre hacen un montón
de preguntas.
-Está usted ingresado como católico, señor Bukowsky.
-Oiga, me resulta difícil hablar. Me estoy muriendo. De acuerdo, de acuerdo.
Soy católico, si ése es su gusto.
-No podemos administrarle nada de sangre, señor Bukowsky.
-Escuche, mi padre trabaja para el condado. Creo que tienen un programa de sangre.
Museo del Condado de Los Ángeles. Se llama señor Henry Bukowsky.
Me odia.
-Comprobaremos eso...
algo pasó con mis papeles mientras yo estaba arriba. No vi a un medico
hasta el cuarto dia, y por entonces descubrieron que mi padre, que me odiaba,
era un buen tipo que tenía un trabajo y que tenía un hijo borracho
agonizante sin trabajo y el buen tipo habia dado sangre para el programa de
sangre, así que congieron una botella y me la sirvieron. Trece pintas
de sangre y trece de glucosa sin parar. La enfermera se quedó sin sitio
donde clavar la aguja...
Cuando desperté estaba a mí lado el sacerdote.
-Padre -dije-, váyase, por favor. Puedo morir sin esto.
-¿Quieres que me vaya, hijo mío?
-Sí, padre.
-¿Has perdido la fe?
-Sí, he perdido la fe.
-el que fue católico siempre es católico, hijo mío.
-Cuentos, padre.
Un viejo de la cama de al lado dijo:
-Padre, yo hablaré con usted. Hable usted conmigo, padre.
El sacerdote se acercó a él. Yo esperaba la muerte, sabes perfectamente
que no fallecí entonces, porque si no no estaría contándote
esto...
Aportado por Camilo Espinosa
Esta pagina ha sido perpetrada por Sergi Puertas
Accede a la pagina indice de Bukowski en castellano en: http://www.oocities.org/SunsetStrip/5855/
Accede a mi pagina personal en http://www.deabruak.com/sergi
Esta pagina se lee mejor navegando con vino barato en el cuerpo